Anastasio Jaguar

Anastasio Jaguar

Breve Biografía de ANASTASIO MÁRTIR AQUINO (1792-1833):

Único Prócer salvadoreño verdadero en siglo XIX. Nativo de Santiago Nonualco, La Paz. De raza nonualca pura. Se levantó en armas contra Estado salvadoreño mal gobernado por criollos y algunos serviles ladinos, descendientes, éstos, de aquéllos con mujeres mestizas de criollo o chapetón y amerindia; pues esclavitud inclemente contra: indígenas, negros, zambos y mulatos, era insoportable para el Prócer Aquino. Fue asesinado por el Estado salvadoreño en julio de 1833, —después calumniado hasta lo indecible, tratando de minusvalorar sus hazañas; así como hoy calumnian a Don Hugo Rafael Chávez Frías y, ayer, al aún vivo: Doctor Don Fidel Castro Ruz.

En honor a tan egregio ANASTASIO AQUINO, este blog se llama:

“A N A S T A S I O A Q U Í S Í”

sábado, 6 de agosto de 2011

La máquina de hacer billetes

        LA MÁQUINA DE HACER BILLETES
                         Por Ramón F Chávez Cañas
                    De: “Historias escondidas de Tecoluca”
           
Era lluviosa madrugada septembrina en ¿1959?. La lluvia caía tenue. El encapotado firmamento estaba oscuro por los cuatro puntos cardinales. 03:00am. Chacho Chabelo, montando su manso caballo trotón, se hacía acompañar de tres peones arrieros para emprender la marcha hacia el tiangue de ciudad San Vicente. Arrearían dos docenas de animales cornudos con intención de estar, al amanecer de ese domingo, haciendo su ingreso por el rumbo sur de la ciudad vicentina, para bordear el hospital Santa Gertrudis; pasar frente a entrada principal del estadio Centenario y enfilar por las afueras del barrio El Santuario para llegar, evitando pasar por el Centro Histórico de la ciudad, hasta su destino final: el tiangue municipal vicentino, localizado al poniente del, y contiguo al cementerio general de tal ciudad.

Mientras tanto, allá en el sureño Pueblito, don Mamerto Chammico, otro comerciante en ganado vacuno, socio mayor del Chacho Chabelo, se quedaba en su camita para disfrutar su quinto sueñito arrullado por el leve cernido de la débil lluvia atemporalada de esa madrugada. Cuando fueron las 05:00am, mientras la orquesta sinfónica con sus melodiosos trinos arrullaba oídos de madrugadores desde numerosos árboles en patios y traspatios de las familias: Parras-Martínez, Espinosa-Aguilar, Molina-Ventura, Orantes-Chávez, y Chávez-Cañas; Mamerto Chammico bostezaba y se desperezaba, disponiéndose a tomar el baño para luego desayunarse; ponerse catrín con sus botas federicas y sus finos pantalones de tela caqui  MacArthur dos cabos; con  camisa presidente paz, con chumpa negra de legítimo cuero argentino y caro sombrero stetson, para después, cubriendo todo su cuerpo, incluyendo la cabeza, con capa de hule natural, a 06:00am  tomar el autobús con rumbo al tiangue descrito. Por supuesto: iba “aperjumado” a la perfección con lavanda inglesa.
         
           Don Mamerto Chammico, por ser socio mayor en aporte de capital económico, podía darse el lujo de amanecer durmiendo; mientras Chacho Chabelo, cubierto por otra capa similar, pero roída por el tiempo y uso, caminaba montado para dirigir el arreo supervisando a tres peatones empleados durante tres horas y doce kilómetros del recorrido helado; sin embargo, obtenía un hermoso premio no logrado por su asociado: en la marcha ascendente lenta hacia el norte, podía contemplar celajes del oriente y numerosas lucitas enquistadas, cuales diamantes genuinos, en serranías al otro lado del Mediano Lempa:Berlín, Tecapán, Alegría, Santiago de María, etc. etc.; también, a la altura del cantón San Diego, ya en municipio vicentino, podía acariciar con la vista la inmensa planicie costera con Océano Pacífico al fondo y, a su izquierda, el caudaloso Bajo Lempa. Desde luego: esa madrugada no contempló nada.

En cercanías del vicentino balneario Amapulapa, o cruce de vía férrea con Cuesta de Monteros, lugar donde fue asesinado, en nombre de la ley, el heroico Anastasio Aquino o, El Indio Aquino, el catrín oloroso encaramado en  autobús América, sobrepasó raudo a los arrieros, quienes iban embadurnados de fango en sus extremidades inferiores, pues la carretera aún no era pavimentada. Tal catrín sólo sacó una mano para decirles adiós a sus enlodados trabajadores. Se bajó del autobús frente a catedral vicentina. De inmediato se dirigió, buscando guarecerse de pertinaz llovizna, a la fresquería de doña Mercedes Santana, donde sorbió sabroso fresco licuado: jocotes de corona. Mientras saboreaba tan delicioso néctar y admiraba el enjambre de colegialas del colegio Eucarístico dirigiéndose a catedral para oír misa oficiada por el obispo Tamagás, allá, en periferia citadina, Chabelo lidiaba con 24 reses rumbo al tiangue.
         
           Siempre esperando que la llovizna amainara y con el parque central Antonio José Cañas (prócer) casi desierto, estaba don Mamerto embelesado contemplando la gigantesca torre-reloj de 04 carátulas con seis pisos o niveles, cuando apareció cierto joven hombre de similar edad a la de él (¿30 años?), portando al hombro un costal nuevo de yute o henequén. Dentro de él, algunos objetos algo voluminosos y livianos. De inmediato, el desconocido se dirigió al señor Chammico, diciéndole:
              Muy buenos días, señor caballero, ¿quiere darme la hora?
             Pero señor, ahí tiene al frente las inmensas agujas de la torre. ¡Compruebe allí la hora! contestó el ganadero, quien siempre se la llevaba de listo.         
    —No caballero. Ese reloj está parado. Marca las tres de la madrugada o de la tarde, replicó el desconocido.
              Falta un cuarto para las ocho, dijo el mal humorado botudo mirando su reloj pulsera.
             Dígame, amigo: ¿dónde queda la terminal de autobuses con rumbo a ciudad San Miguel?

       Así se inició una larga plática, al parecer interesante para el joven ganadero tecoluquense quien, por medio de  gestos faciales y ademanes, se miraba entusiasmado. Ambos, ya alegres camaradas, formando pareja abandonaron la fresquería. Guareciéndose de pertinaz  llovizna caminaron bajo  techos de portales exteriores y aleros de casas hasta llegar al hospedaje Pensión Vicentina, donde el desconocido tomó en alquiler la habitación más aislada. Don Leoncio Amaya,  propietario, les atendió con suma amabilidad. Ya a solas, el extraño se expresó:
     —Mire, don Mamerto: la maquinita traída por mí en este costal, es una maravilla. Yo la compré en Barranquilla, Colombia. Allá en Santa Ana, mi ciudad natal, le hice arreglos convenientes para poder imprimir impecables billetes de a cien colones salvadoreños.
     —Entonces, ¿por qué usted anda por estas lejanas dimensiones sin tener alguna necesidad?
     —Vea, —replicó el extraño—, hace tres noches, saliendo del Teatro Nacional santaneco junto con mi novia y después de haber visto a Pedro Infante en “Nosotros Los Pobres”, unos patanes se atrevieron a tocarle las nalgas a mi prometida. Me indigné y arremetí con los puños en contra de los tres abusivos; pero, por desventaja numérica, no pude cobrármelas. Luego de dejar a mi novia en casa de sus padres, me encaminé a la mía. Sustrayendo a hurtadillas la Colt 45 de mi padre, me dirigí en búsqueda de los rufianes. ¡Cabal!, —continuó narrándole el desconocido—, les encontré en una cervecería aledaña a la catedral de aquella ciudad. Al instante me reconocieron. Uno de ellos, el más fornido, se levantó de inmediato con idea de agredirme; pero yo, tratando de mantener  serenidad, caminé en retroceso buscando el callejón paralelo a la parte no terminada de la iglesia. Ahí, a medio callejón, esperé la agresión. El malandrín andaba enchumpado, con  chumpa de cuero negro similar a la portada por usted. No recuerdo las palabras insultantes dirigidas a mí. Sólo recuerdo haberle visto brillar, en su mano derecha, un objeto metálico y, de inmediato, chasqueé la pistola Colt 45.  A 10mtrs distantes, le acerté el único plomazo disparado. Creo habérselo colocado en el pecho porque el maleante voló 03mtrs  hacia atrás para luego caer exánime. Como autómata, antes de llegar los cómplices quedados en la cervecería, me retiré con todas las fuerzas dadas por mis piernas. Fui a dormir a la cima del cerro Tecana. Al día siguiente me enteré de quién se trataba: era el hijo mayor de un prominente “prudista”; ahijado del coronel José María Lemus. La SIC1 del coronel criminal, Chele Medrano, me persigue. No tuve más remedio: sólo empacar esta mi querida maquinita y salir de huidas tratando de alcanzar, en menor tiempo, las fronteras con Honduras-Nicaragua, pues el viejo Anastasio Somoza García no tragaba ni a Osorio ni a Lemus ni a Medrano; tampoco el actual Somoza Debaile. Esta máquina podría trabajar en Nicaragua; no obstante, debería cambiársele todo el sistema de impresión, de manera especial los colores. He creído, —terminó diciendo el forastero—, mejor venderla aquí, pues también necesito  dinero para alcanzar mi destino. Por la urgencia mía la venderé hasta en ¢10,000ºº.
      —Pero ¢10,000ºº (US $4,000ºº de aquel entonces) es mucho dinero para este pobrecito comerciante en ganado, —replicó aquél y continúo—: póngase en un precio más bonito para poder hacerle una oferta formal; pero antes, hágame una demostración de lo afirmado.

     El presunto santaneco ya había extraído del costal y colocado sobre la mesita rústica de la habitación, un artefacto de lámina galvanizada casi cortada a perfección, soldada y remachada. Asimismo, varios recipientes de vidrio conteniendo diferentes tonos espesos de sustancias coloreadas y aceitosas, más tres resmas de papel blanco finísimo con dimensiones similares a las del papel moneda salvadoreño. Hizo varias extrañas mezclas, luego untó algunas placas metálicas similares a linotipos. Enseguida colocó la primera resma al interior del aparato. Accionó una manivela. De inmediato salió, por una fisura frontal,  un impecable billete de ¢100ºº.
     —Vaya— le dijo—a cambiarlos a donde usted desee.
     
     Don Mamerto, con ojos desorbitados, examinó la impecable especie. Pronto, tan feliz cual macho cabrío embriagado por ingesta de bayas de café arábigo allá en Abisinia, partió de inmediato hasta el almacén de don Benedicto Saca, donde mercó un par de calcetines baratos, recibiendo ¢99ºº como cambio. No muy bien convencido, pidió más demostraciones, volviendo a cambiar los nítidos billetes de a cien, en diferentes establecimientos comerciales, entre los cuales estaban: ferretería El Chichimeco, zapatería Tonsa y el puesto de doña Mercedes Serrano de Alférez en mercado municipal. Convencido de la veracidad, el ganadero ofreció ¢5,000ºº por tal artefacto; sin embargo, después de algunos regateos, el negocio se consolidó en ¢7,000ºº. Como no tuviese esa cantidad en el bolsillo, Chammico se dirigió hasta el tiangue (10:00am); pero el Chacho sólo había vendido cuatro reses, con su equivalente a ¢2,000ºº. El catrín sombrerudo echó manos de esa cantidad. Sin dar alguna explicación al respecto, partió raudo de regreso hasta el hospedaje ya mencionado.
Mire señor: por el temporal las ventas en el tiangue están muy malas, —dijo el futuro millonario al desconocido y prosiguió—: yo puedo ir hasta mi cercano Pueblito para traer el resto; pero prométame, bajo palabra de honor, no salir a ofrecer este negocio a nadie más. Tenga, como señal de trato, estos ¢2,000ºº. Dentro de dos o tres horas estaré de regreso con el resto del dinero.

      El desconocido aceptó la proposición poniendo también su condición: no hacer bulla, por su desgracia como prófugo de la justicia. El futuro Rockefeler partió, tal cual alma llevada por el diablo, hasta su Pueblito natal, contratando para tal efecto el taxi más a la mano. No regateó, como era su costumbre, la tarifa del taxista. Durante 30mins aproximados del trayecto, mientras el taxista hacía malabarismos para sortear  baches y lodazales, el futuro potentado bajaba a las once mil vírgenes y a todas las ánimas benditas del purgatorio. Al final, se apercolló de San Lorenzo Abad y mártir (patrono del Pueblito) a quien, con la mente, le habló así: “Mirá San Lorencito: vos nunca has desamparado a ninguno de tus fieles; vos sos muy milagroso. Te pido, por caridad, me ayudés a conseguir, al nomás llegar, las cinco mil maracandacas restantes. Yo, en cambio, te prometo una lujosa carroza cuando llegue el día de tu víspera. Una carroza mejor que las fabricadas para ti por el Chivo Pacas, por encargo de ‘biata’ Carlota y del cura Echeverría. Carroza bien iluminada y bien `aperjumada´. ¡Palabra que sí!”

     Reflexionando sobre lo prometido al santo y haciendo cálculos de los diez meses y medio faltantes para llegar al otro nueve de agosto, día de la víspera, estaba, cuando el automotor hizo su ingreso por la calle larga y empedrada al norte del Pueblito y a alturas del taller de herrería del Chele José Salinas; de la cantina y rocola de Simona Gálvez; del lupanar, disfrazado con  títulos escritos con horrores ortográficos : “barbería y hojalatería” de un tal rufián más conocido por el apodo de “Primo-hermano”. En estos momentos, el futuro potentado volvió a su realidad, ordenando al contratado taxista llevarlo, en forma sucesiva, hacia varias direcciones. Se entrevistó con su cuñada, doña Amalia Chávez de Morales; mas ésta, sólo pudo ofrecerle otros ¢2,000ºº; pero con la condición de su activa participación en la ganga. Ambos, doña Amalia y Chammico se fueron, siempre en el taxi, hasta barrio El Calvario para exponer a don Nicolás Cañas Merino, el negocio del siglo, para de esa manera obtener  ¢3,000ºº restantes. Cañas Merino fue interesado por palabras de doña Amalia, su ahijada de bodas. Don Nicolás también pidió participar, de manera proporcional a lo invertido, en el magno negocio. Don Mamerto no permitió ser acompañado hasta San Vicente, por los dos nuevos socios, debido a su palabra empeñada de no hacer bulla,  dejándoles esperando en aquel Pueblito recostado sobre faldas sudorientales del coloso volcán Chinchontepec, y arrullado por frescas brisas provenientes desde cercana Mar del Sur u Océano Pacífico. En el viaje de retorno a ciudad del hospedaje, sin sentir brincos por mala carretera y mala amortiguación del viejo taxi, volvió, Chammico, siempre con la mente, a comunicarse con el santo: “¡Gracias santío patrono!, ¡mil veces gracias!; pero ahora necesito un milagrito más: no permitás que ese santaneco haya ido, o vaya a ir, con el negocito a otra parte”.

     A 01:00pm, don Mamerto estaba de regreso en la pensión vicentina; pero, don Leoncio le entregó un sobre lacrado dejado por el forastero. Al abrirlo, aquél se enteró de la partida hacia Cojutepeque del tal comerciante. La nota decía así: “Don Mamerto: no pude esperarlo más por las obvias razones  conocidas y porque el cuartel de Policía Nacional local está frente a frente de esta pensión; lo esperaré hasta 04:00pm en  hotel París de Cojutepeque; si usted llega después de esa hora ya no habrá ningún trato. Yo le dejaré, en manos de doña Rebeca, dueña de dicho hotel, sus ¢2,000ºº, pues mi máquina vale mucho más”.
  
      Don Mamerto Chanmico se desconcertó. Su color moreno oscuro se perdió para transformarse en morado aberenjenado. Sólo le blanqueaban los ojos y la fina dentadura, la cual rechinaba de manera continua; pero en esos precisos momentos llegaba, desde el tiangue, el Chacho Chabelo con la totalidad del dinero obtenido por la venta del resto del ganado. Al instante, el aspirante a nuevo rico ordenó a Chabelo volver hasta el Pueblito para entregar a doña Amalia Chávez de Morales y a don Nicolás Cañas Merino, las respectivas aportaciones. Contrató al microbús rápido “Romero Express” para viaje directo hasta ciudad Cojutepeque. Durante esa otra media hora de marcha, pero sobre carretera asfaltada, el casi frustrado nuevo oligarca volvió a conversar con el santo patrono: “No permitas que esa gallinita de los huevitos de oro se vaya de mis manos; si lo permitís, vos también te fregás, porque no tendrás tu carroza chiva, ni tu alborada como nunca se te ha dado”.

     En efecto, el extraño le aguardaba en el mencionado hotel. Después de haber recontado y reexaminado con lupa, uno a uno, cada billete pagado, le entregó la máquina con todos sus accesorios y con un manual mimeografiado  donde se explicaba a detalle el manejo de tal artefacto. Le cobró ¢500ºº más por otras dos resmas de papel adicional. Mamerto Chammico volvió a encaramarse en  Romero Express, ordenando a don Daniel,  —propietario de la rápida con línea San Salvador-San Vicente y viceversa—, ser transportado hasta su Pueblito; —Pueblito que, en dorada Era precolombina, había sido capital del reino  Nonualco; conocido por todos los historiadores criollos, como Tehuacán de las Granadas—. De regreso, Daniel Romero trató de entablar conversación con él, pero éste le suplicó dejarlo dormir, pues la noche anterior se había desvelado con una su hijita enferma. Chammico había mentido. Romero aceptó la mentira. Mamerto volvió a entablar conversación mental con el mismísimo santo: “¡Ahora sí, San Lorencito! Ahora sí te creo  muy milagroso. Cumpliré al pie de la letra con mis promesas. Al fin y al cabo faltan casi once meses para tu fiesta; en todo ese largo lapso yo habré multiplicado mi fortuna. Primero compraré la hacienda Santa Amalia, pues los Molina Cañas la venden en ¢200,000ºº, pero con la papa en  mano podrán dejar en menos. En seguida compraré la hacienda El Jiote, porque don Rubén Sánchez Clímaco la está rematando a causa de los problemas tenidos con sus hijos, en especial con: Cuto David, Rubencito y Rosa María. Al mismo tiempo, le mercaré los dos aviones al mister Kleinton, pagándole por adelantado, para que me enseñe a pilotearlos, para así poder yo, en persona, fumigar mis futuras algodoneras. También le tiraré una cantada a  Coralia Molina Alférez, ¡quién quita quiera venderme las haciendas Los Tigüilotes y La Bolsa! Si de aquí a la fecha de tu festividad, —terminó de hablarle con la mente al santo—, estoy ajustado en lo económico por tanta compra, vos te podés esperar hasta el año siguiente ¿verdad San Lorencito?”

    A 05:00pm, cuando el cielo había escampado y Febo se quería despedir por el poniente, don Mamerto se bajaba del vehículo expreso, pagando ¢300ºº cobrados por medio día de trabajo del hombre con su automotor; pero doña Amalia y don Nicolás, casi al instante se hicieron presentes para reclamar la falta de palabra del ambicioso Mamerto. Ambos, casi al unísono le dijeron:
¡Caramba, Mamerto, nunca pensamos que tú fueses así! ¡Nunca imaginamos tu desmedida ambición sin importar tu palabra empeñada! ¡¡Grosero!! ¡Qué te haga buen provecho!

    Mamerto Chammico, con sonrisita algo nerviosa; pero más triunfalista, les contestó:
     — ¡Este mundo es de los más vivos! ¡Yo no les debo nada a ustedes, pues con Chacho Chabelo les envié sus respectivos dineros! ¡Si por las pocas horas que yo tuve ese pisto en mis manos debo pagar algún interés, háganmelo saber y santas pascuas!

     Al instante de haberse marchado ambos reclamantes, Chammico se dirigió a doña Morena, su esposa, en los términos siguientes:
     —Morenita: váyase, junto con las dos niñitas, a  casa de su padre. Lleve suficientes biberones y pañales para la tiernita, porque no sé cuantas horas estaré ocupado durante esta noche. Cuando termine este trabajito, yo llegaré a recogerlas.
    — ¿De qué se trata Mamerto? —preguntó la ingenua señora ignorante al respecto.
Es una agradable sorpresa; pero no puedo adelantarle más porque entonces ya no sería sorpresa —, respondió el esposo con una sonrisa de cusuco a flor de comisuras orales.

     En efecto, doña Morena tomó en sus brazos a la lactante y a la otra pequeña la tomó de una manita. Con el bolso de ropa, incluyendo los biberones con sus respectivas pachas, terciado al hombro, emprendió, a eso de 06:00pm, el camino de 50mtrs hasta casa de don Ramón, su padre.
     Ya a solas, Chammico se dirigió hasta el expendio de aguardiente de Benedicto Mira y/o Juana Bonilla, donde compró un litro de licor envasado para celebrar a solas la inminencia del rotundo triunfo. También compró suficiente gas keroseno y cuatro camisas para repuestos de la lámpara Cóleman que le alumbraría en tan delicada operación monetaria. De regreso a casa, aseguró con dobles trancas internas  puertas y ventanas exteriores; luego fue a instalarse en la habitación más recóndita de la casa. Quitó los dobles amarres al costal de henequén. Con un temblor fino en ambas manos se dispuso a extraer la extraña  mágica máquina; asimismo, los implementos para su manejo. Leyó y releyó el instructivo; pero por el temblor fino de ambas manos, poca concentración creyó tener. Dispuso tomar el primer trago de aguardiente. Al instante las orejas volviéronse calientes. Por arte de embrujo, los temblores desaparecieron  y calma interior pareció reinar en él. Siguió al pie de la letra las instrucciones dadas por el burdo manual. Al estar seguro de no fallar, colocó la primera resma del papel blanco finísimo, consistente en 500 pliegos con  dimensiones exactas al papel moneda salvadoreño; 500 pliegos que, de acuerdo a cálculos hechos de antemano por él, representarían la no despreciable suma de ¢50,000ºº. Más los otros mil pliegos comprados al forastero allá en hotel París por la suma de ¢500ºº adicionales, le harían una cantidad triplicada; pero tenía un nuevo futuro problema, pensaba: ¿Cómo haría él para adquirir más materias primas (tintas, planchas, papel especial, etc.) cuando la dotación comprada por ¢7,000ºº se agotara? ¡Bueno!, — reflexionaba para sus adentros—: ¡realicemos lo presente, después ya veremos qué más hacer!

     ¡Manos a la obra! Accionó la manivela. Veloz se dirigió hasta la hendidura frontal del artefacto para recibir su primer flamante billete; pero, por la tal hendidura frontal sólo apareció una pequeña resma de ocho a diez papeles aceitados y anegados con una mezcolanza de tintas matizadas, similares o mejores a cuadros de impresionistas franceses del siglo pasado (XIX). Atribuyó este primer fracaso a su nula experiencia al respecto. Para no malgastar el resto del precioso papel, a prisa se dirigió a la tienda del falso chinito Andrés Avelino Hernández,  donde compró varios pliegos de papel bond base veinte. Con un corta plumas muy bien afilado, se dispuso a cortar dicho papel en dimensiones ya narradas. Esta faena le consumió dos horas más. A eso de 10:00pm, volvió a la carga, pero con papel hechizo. Cuando fueron 03:00am del día siguiente, ya medio borracho, sacó del cuarto de las herramientas una almádana pesada de 6kgrs. Bajo un torrencial aguacero, con rayos, centellas y truenos, se dirigió, cargando en hombros la máquina con sus accesorios, al centro del traspatio. Allí, solitario, prorrumpió en melancólico llanto, emprendiendo enseguida la destrucción, a puro almadanazo limpio, del infernal codicioso artefacto. Siempre medio borracho, pero responsable, a eso de 04:00hrs, cuando gallos empezaban conciertos de tenores; cuando contraltos sensontles se aprestaban para cantar en segunda; cuando  sopranos amarillas chiltotes, con clarinetistas clarineros, junto con  destempladas bullangueras guacalchías; cuando palomas alas blancas y palomas chaparreras, unidas a mansos torogoces, afinaban sus flautas y violoncelos; cuando burros, cerdos, vacas y bueyes, ponían en tiempo sus contrabajos y sus tubas para saludar al nuevo día entonando el himno de la alegría, don Mamerto tocaba las puertas del suegro para recoger a su preciosa familia. El suegro estaba disgustado por esa extraña conducta del yerno; mas, al abrirle la puerta, empuñando en su diestra el arma corta  .38 de seis pulgadas, y al alumbrarlo con su lámpara de cinco pilas, la súbita estupefacción del suegro rompió el límite al contemplar a don Mamerto  lleno de pinturas extrañas, tanto en sus ropas como en su cara; no digamos en sus manos y antebrazos. El suegro lo espetó así:
     —¡¡Caramba carajito!! ¿Qué marranadas son éstas? ¿Qué te está pasando, papo? ¡Más bien pareces el diablo en las loterías de cartones!
    Chammico, cruzando el índice derecho sobre sus labios, parecía pedirle silencio. El suegro le comprendió al instante.
     Medio borracho como estaba, obedeció a su suegro. Sin que nadie despertara, éste lo condujo hasta el baño; le proporcionó mascón de alambre fino y paste vegetal sin uso; asimismo, abundante jabón detergente para un aseo personal enérgico. Se fue, el suegro, hasta casa del yerno para procurarle ropa limpia. Éste le suplicó guardar el secreto a Morenita y acompañarlo, antes del alba, para ir, hasta la quebrada El Burro, a terminar de destruir y a sepultar bajo nueve cuartas, la infernal máquina.
     Así se hizo. A 07:00am del día lunes, estaba Chammico, medio bolo goma, recogiendo a sus tres preciosas mujercitas, y bromeando con su suegro, tal cual si nada hubiese pasado.
1-SIC = Sección de Investigaciones Criminales.                               

              FIN
            15 de agosto en 1995                       

miércoles, 3 de agosto de 2011

Herejías, 12ª entrega

         H   E   R   E   J   Í   A   S    

               Por Ramón F Chávez Cañas

                   Duodécima entrega

 

LXVII

También se le describe/ violador de menores
pues la dulce doncella, / purísima criatura,
era menor de edad, /—nos dice el señor cura—.
“Se haga tu voluntad”, /... lo dijo con temores.

San Joaquín, Santa Ana, / ni siquiera rumores
oyeron del arcángel, / ni por la cerradura.
¡Debieron enterarse, / pues niñita inmadura
debió ser respetada/ por sionistas traidores!

Desde las Cochinchinas/ hasta la Patagonia;
desde ignota Oceanía, / hasta Lacedemonia,
había solteritas/ por los cuatro confines,

de dieciocho a cuarenta, / vergel abundantísimo.
No explican el porqué, / Poder Elevadísimo,
violó celestial ley/ para obtener sus fines.

 

LXVIII

Difaman a José/ llamándole egoísta
pues él nunca avisó/  del peligro inminente
a los otros papás, / ni al resto de la gente;
pues sicarios de Herodes/ no estaban a la vista.

Más culpable fue arcángel, / ¿fue un arcángel racista?
Él debió haber sabido, / pues era inteligente,
 de inmediata masacre/ de almácigo inocente.
¿Por qué a los otros padres/ Gabriel no dio una pista?

Todo lo escrito ahí/ resulta irrazonable.
Todo lo dicho aquí/ fue bien documentado
con juicios de Verdad, / jamás lo imaginable.

Así se reconfirma/ gran patraña semita
para causar terror/ al humilde iletrado,
presentando a su dios/ con mente troglodita.

 

LXIX

María es vuestra Virgen: / ¡débesele respeto!;
Jesús, tu Gran Jesús: /ganó tu adoración;
tus cuatro Evangelistas/ y san Pedro o Simón,
fueron gente de bien/ y no de parapeto.

Tanto santas y santos/ con pensamiento neto,
sirvieron a su credo/ con sana inspiración;
llegaron a suplicios/ y hasta  extremaunción
haciendo sacrificios/ o enfrentándose al reto;

pero los vividores/ o zánganos del mundo
contados por millardos, / ayer y ora se escudan
tras esas mentes sanas/ para seguir robando.

Por eso al cristianismo/ lo han vuelto nauseabundo.
Desde sumo pontífice, / todos ellos no exudan
amor de Catacumbas: / el mal está reinando.

 

LXX

A través de milenios, / escasos pensadores,
—antes de nuestros tiempos/ y durante los mismos—
analizan a fondo/ perversos fanatismos
de los tëoesclavistas*, / falsos adoradores.

De ellos, el dios dinero, —lo afirman sin temores—,
es el único dios. / Entonces, esclavismos
de hombres y de mujeres/ junto con los racismos,
aumentan capitales/ de falsos redentores.

No hay tal idolatría/ a ídolos de arcilla;
ni tales fetichismos, / ni la “oración del puro”.
Todo esto es un resumen/ de torva picardía.

Objetivos serán/ tener riqueza inmensa
explotando al más débil, / hurtándole futuro
porque en cielos, el pobre, / tendrá su recompensa.

 

LXXI

En el libro de Números/ de  biblia no sagrada:
treinta y algún capítulo, / treinta y varios versículos,
se ofrecen al Señor/ —tal deidad sin testículos—
treinta mil virgos hímenes/ de gente derrotada.

Es otra ingratitud/ del Moisés con espada:
ofrendar a su dios, / quien no tiene adminículo
para fornicación. / Es absurdo y ridículo
escribir y aceptar/ sucia barrabasada.

— ¿A los falos de quiénes/ irían a parar
virginales vaginas/ de niñas “medianitas”?
— ¡Al de Eleazar y mafia, / no se puede dudar!

Contubernio de Eleazar, / vil sumo sacerdote,
con malvado Moisés, / furrier de israelitas,
fue este salvaje crimen/ con leyes del garrote.

 

LXXII

Tanto estudio teosófico/ no tiene fundamentos
pues parten de mentiras/ creadas por los astutos.
Nuestro Dios es Inmenso, / carente de estatutos.
Sólo el estafador/ inventa documentos.

Tampoco nuestro Dios/ te exige emolumentos;
sólo te pedirá/ respetar a los brutos
porque ellos son hermanos/ carentes de atributos
para estar en tu Tierra/ felices y contentos.

Dios te exige Verdad/ y Respeto a tu prójimo.
Y tu sagrado prójimo, / tu vecino más próximo:
árbol, res o carnívoro; / en fin, todo lo creado.

Si este precepto cumples/ tienes a Teología
cogida por tus manos/ sin tanta teosofía
de castigo o de premio/ por gorrón inventado.
*Teoesclavistas = esclavizadores de Dios.
CONTINUARÁ 

lunes, 1 de agosto de 2011

Herejías, 11ª entrega

               H  E  R  E  J  Í  A  S

                   Por Ramón F Chávez Cañas

                      Undécima entrega 
LXI
Judíos con cristianos, / y también musulmanes,
adoran sólo a un dios, / pues son monoteístas.
Este dios es varón, / patrono de machistas
y  mujercitas son/  Evitas alacranes.

Millardos o más veces/ nuestra Tierra en imanes
ha circundado al Sol/ sobre amplísimas pistas
y en cincuenta centurias/ estos materialistas
desfiguran a Dios/ para lograr sus planes.

Ni Sara, ni María, / ni Judit y ni Ester
tienen algún valor/ para imbécil Moisés
ni para estafador, / mal llamado Jacobo.

Moisés las repartía /cual garduña sexual;
—en el libro de Números/ lo podrán encontrar—.
Moisés no fue patriarca/ fue sanguinario lobo.
LXII
En cambio, pueblos griegos, / con su Peloponeso;
con su monte el Olimpo, / más bello Partenón;
pueblos contemporáneos/ con las tribus de Sión,
están eternizados/ por cultura y progreso.

Desde sabio Pitágoras, / con su brillante seso,
pasando por Demócrito, / Sócrates y Platón;
por inmenso Aristóteles/ y estoico Zenón,
legaron al planeta/ Verdad sin retroceso.

En sus serios tratados/ sobre la Cosa Pública
ellos contribuyeron/ a escribir la República
y a defender su honor:/ Maratón es testigo.

También en las Termópilas/ del valiente Leonidas
y en las obras de Homero, / profundas y sentidas,
se encuentra gran Verdad, /por eso aquí lo digo.

 LXIII

Mujercitas helénicas /y de Roma Imperial
tuvieron su valor, / observemos altares;
estudiemos historia/ de esos magnos lugares
y veremos a diosas/ en cumbre colosal.

Atenea o Minerva, / Venus, diosa Vestal;
Diana, Pomona y Ceres, / más cien diosas de Lares;
Bacante, Flora, Parca/ e Hygia, sin pesares,
eran diosas magníficas/ del reino celestial.

Si agregamos a Musas, /al mismo tiempo a Ninfas:
diosas de los pöetas, / y de los mares, linfas,
veremos a machismos/ haberse eliminado.

Diosas y dioses cultos/ vivían en palacios
sin discriminación/ de los judíos reacios,
pues a mujer hebrea/ llueve sobre mojado.

 LXIV

No debe ser escándalo/ que tu Virgen María,
María Magdalena, / Sara, Ester y Judit
ocupen divos tronos/ en celeste cenit
en contra de la biblia, / texto de picardía.

Entonces, con orgullo, / el cristiano tendría
una gama de diosas/ ayudando al Rabí;
diosas especialistas/ en edenes y aquí,
donde impera la fe, / tal fe en la tontería.

Dioses reyes de aguas, / de fuegos y tormenta;
diosas reinas de flores/ y belleza sin cuenta
eran especialistas, / cada cual en su rama;

auxiliares de Zeus/ o Júpiter Romano;
mas, no de aquel Iahvé, / soberbio y soberano.
Nuestra cultura actual, / ¡por Dios!, así reclama.

 LXV

¡Ni en universidades, / donde impera otro clima,

ni en alguna academia/ de Ciencias o del Arte,
se miraban mujeres/ portando el estandarte
de la Sabiduría, / portado por Diotima48!

—Cuando se versifica/ sobre esto se lastima
la musa de este poeta, / de este planeta, parte—.
Ingenio femenino/ desde ahora comparte
ese Don del Saber, /y así se legitima.

Doctoras, ingenieras, / arquitectas y juezas,
ejercen sus carreras/ con nítidas destrezas
dándole gran mentís/ al bíblico machismo.

Cuando hombres y mujeres/ de este planeta Tierra
con sus sabidurías/ acaben con la guerra,
entonces se hundirá/ hebraico fanatismo.

 LXVI

En los cuatro Evangelios/ Jehová es un canalla,
porque escoge a María, /novia de un carpintero:
del humilde José, / joven y pobre obrero.
Y es más grande el abuso, /pues dios lo hace pantalla.

El Aedo* aunque hiera, /Aedo jamás calla:
infamia es imposible/ para el Dios Verdadero.
Dios respeta a sus hijos/ del último al primero;
le respeta el color, / su impotencia y su talla.

El Amo Universal/ no abusa de ventajas;
ÉL, en su Inmensidad, / no reparte migajas.
Por eso escrito hebreo/  mienten con picardía.

— ¿Cuál fue tal picardía/ de esos hijos de Sión?
—Mentirle al mundo nuestro/ con la falsa razón:
 48DIOTIMA: al parecer, única filósofa griega, citada por Platón en sus Diálogos sobre el amor.
los premios o castigos/ nos llegarán un día.          *Poeta 
CONTINUA

 *C O N T I N U A R  Á

viernes, 29 de julio de 2011

El árbitro de fútbol


            EL ÁRBITRO DE FÚTBOL
                 Por Ramón F Chávez Cañas
        De: “Historias escondidas de Tecoluca”            

Allá por 1970 y todavía (1995), Súper Altagracia era y es uno de los negocios mayoristas (granos básico y abarrotería) más importantes en la casi cuatro-centenaria ciudad de Austria y Lorenzana (San Vicente). Entre numerosos empleados de mostrador, bodegas, oficina y vendedores en ruta a minoristas, estaba Don Santos. Éste era hombre en la segunda juventud, tal vez no llegaba aún a cuarenta años; pero su constitución física y anímica, rivalizaban con las de muchachos mucho menores. Hombre de estatura mediana, tez morena clara, pero con macro huellas de un acné severo ya lejano; nariz aguileña, manchas faciales de un bienteveo (vitiligo) mínimo; de estampa semi atlética; su inteligencia para hacer el bien: indescriptible. Fue el empleado máximo en confianza para los dueños del negocio. Don Carlos Joaquín Cornejo Merino, su patrono, le había confiado dos furgonetas de manufactura italiana marca Vespa para el desempeño más eficiente en sus labores. Don Santos tenía bajo su responsabilidad venta al mayoreo de dulces y golosinas elaborados por Confitería Americana de San Salvador, de la cual  Súper Altagracia es el concesionario departamental. Mientras Don Santos se rebuscaba en municipios y ciudades de: Guadalupe, Verapaz, Tepetitán, y San Cayetano Ixtepeque, Don Carlos Joaquín supervisaba el aprovisionamiento de la otra máquina vacía, la cual estaba destinada para cubrir la ruta sur, hasta ciudad Tecoluca con sus inmensos e interminables cantones y caseríos. Regresaba con la primera furgoneta vacía. Después de dar el informe económico respectivo a doña Altagracia, esposa de don Carlos Joaquín, tomaba el otro automotor cargado  y partía raudo con más entusiasmo rumbo al sur. Al día siguiente emprendía nueva ruta: Apastepeque, San Lorenzo, Santo Domingo, San Esteban Catarina y San Sebastián. En  última jornada semanal cubría: Santa Clara, San Ildefonso, Villa Dolores, todos los cantones y caseríos pertenecientes a tales municipios. Recibía, además de respetos afectuosos patronales, una buena recompensa económica porcentual, excluyendo, por supuesto, el jugoso sueldo y viáticos fijos. Sus ventas se multiplicaban en forma geométrica. Esto le permitía adquirir prendas de vestir y perfumería de óptimas calidades; asimismo asistir, por las noches y días festivos, a las funciones cinematográficas o eventos balompédicos en el estadio Centenario vicentino. Su novia era la señorita Milita Henríquez Villalobos (enfermera)  con quien, al parecer, nunca llegaron a un acuerdo formal para las nupcias.
                                           *****        
        Desde hacía tres años, la hija mayor de sus patronos estaba casada con un joven doctor en medicina originario de Tecoluca, en el mismo departamento vicentino. Este reciente matrimonio, residente en una de las dos ciudades más importantes en departamento  La Libertad, visitaba cada mes a respectivas familias. Los viernes dormían en ciudad Tecoluca. Los sábados, ya bien entrada la tarde, estaban haciendo su ingreso a las amplias habitaciones interiores del Súper Altagracia en donde, casi siempre, encontraban a don Santos haciendo cuentas económicas con los señores Cornejo-Martínez, dueños del súper y suegros del joven galeno, se repite.
        
          Al amanecer del domingo, don Santos se hacía presente para entablar, con el joven médico (30 años), conversaciones de diversos tópicos. Charlaban profundos sobre la política electorera y económica de aquella actualidad; también del arte y la cultura universal, pues don Santos tenía arraigado el vicio de la lectura formal. En uno de esos tantos domingos, el confitero ya no platicaba de las cosas cotidianas de la ciudad, ni de la república, ni del arte, ni de la ciencia. De repente empezó a platicar de fútbol y de las reglas internacionales gobernantes en este deporte. Aun cuando el doctor procuraba desviar la plática hacia otros tópicos de palpitante actualidad: el frustrado cuartelazo en contra del tiranuelo apodado Tapón, y la señora vergueada recibida por don José Napoleón Duarte Fuentes al fracasar dicha intentona; el dulcero volvía, con más vehemencia, al tema de las reglas internacionales del balompié. El galeno medio se acostumbró a estas pláticas. Cada cuatro semanas, cuando éste, su esposa y sus dos pequeñas nenas llegaban de visita al tantas veces mencionado supermercado, ya él mismo se iba preparando para seguir conociendo al detalle aquellas viejas reglas descartadas por FIFA y las nuevas adoptadas por la misma. El “motorista de Vespas” explicaba al galeno los grandes avances obtenidos por él en el difícil campo del arbitraje. También le mostraba cronómetro y silbato reglamentarios; asimismo, uniformes e insignias requeridas por tan afamada institución futbolística internacional, sección salvadoreña, pues él era, —decía—, uno de los más aventajados alumnos en tales cursillos. El joven académico disimulaba su fastidio. Para ello, hacía preguntas y repreguntas al respecto. El fanático futuro árbitro de fútbol se vestía con su indumentaria negra; se armaba del cronómetro y silbato ya mencionados para responder, en el simulado terreno de los hechos, a  diversas preguntas de su solitario oyente. Hacía gestos y ademanes; miraba y remiraba el cronómetro; soplaba el gorgorito y extraía de su bolsa de pecho la tarjeta roja o amarilla, según la imaginaria circunstancia. Luego se despedía con la parsimonia de siempre, diciendo: “¡Caramba, cómo pasa el tiempo! Se me ha hecho tarde. ¡Me voy para las clases de la subfederación…Acompáñeme, doctor!” Esto ocurría a eso del mediodía.
         
           Después de dos o tres horas escuchándole, el togado, ya a solas, pedía su primera cerveza negra, danesa, Carlsberg, fría a la perfección, con boquitas de camarón del mero Río Lempa, o  pepescas plateadas pescadas en laguna  Apastepeque; cocinados con maestría por la señora Pilar Cornejo, cocinera estrella de los señores dueños del súper.
                                          @@@@@
          Dos años después (1974), en uno de tantos domingos, el fiel oyente ya esperaba al flamante profesor de arbitraje. Éste no llegó. Aquél indagó al respecto con sus suegros; pero ellos no pudieron darle alguna explicación lógica. Al mes siguiente, a eso de 08:00hrs en ese día de guardar, ahí, tan puntual cual reloj suizo, estaba el famoso árbitro. El “matasanos” lo saludó y abrazó con cristiana fraternidad; pero, al inquirir éste sobre el tema, recibió la siguiente decepcionante respuesta:
        —¡¡Cállese, doctor!!...¡No me vuelva a hablar, en el resto de mis días, sobre tal actividad!
        —¿¿Por qué?? —preguntó, impaciente, el académico.
        —¡¡No se imagina, doctor, las alas de cucaracha en las cuales me he visto por culpa de ese maldito arbitraje!!
        — ¡¿Cómo es eso?! —repreguntó su interlocutor.
        —¡¡¡Cállese, doctor!!!... ¡¡Por poco me matan!!...—dijo, con cierta asfixia, don Santos.
        — ¡Explíquese!... ¡Explíquese!—, enfatizó, más impaciente, el matasanos.
        — ¡Figúrese usted! —habló, temblando, don Santos y prosiguió—: Hace un mes me encomendaron arbitrar un encuentro entre el equipo Tehuacán de Tecoluca y el equipo Halcones de San Cayetano Ixtepeque… Era un encuentro muy importante, pues al vencer, uno de ellos ascendería a Clase B de  Liga Mayor salvadoreña. Me asignaron para jueces auxiliares: al Manuelito Argueta Henríquez, más conocido por Meme Argueta o “Zapatilla”, y al Negro “Siete Cabezas”. Por cierto: Meme Argueta, aun siendo vicentino, es pariente muy cercano con usted y con los Chávez-Henríquez de Tecoluca. No obstante, —  perdóneme si lo ofenda—, Meme Argueta Henríquez, su tío, es un alcoholista consuetudinario empedernido, quien casi nunca llegaba a las clases; cuando llegaba, no ponía atención alguna, porque si no estaba borracho, andaba sudando la gran cruda; pero, por la amistad con la mayoría de los “pecenistas” federativos departamentales y, sin tener la preparación ni la seriedad, ni la serenidad requerida para tales menesteres, me lo nombraron un auxiliar.
         
           —Pero,¡¡usted pudo recusarlo!! ¿Por qué no lo hizo?—interrumpió su devoto oyente, sin poder ocultar la indignación causada por oír tal desaguisado,  despreciando, al mismo tiempo, el cercano parentesco con el tal Zapatilla.
        —Por la sencilla razón del cercano parentesco del Zapatilla con Milita, mi novia, pues son primos hermanos por parte del apellido Henríquez; asimismo con usted y con la poderosa familia Chávez-Henríquez, tecoluquense, en cuyos terrenos estaban las canchas en donde se llevaría a cabo tal encuentro, —contestó el “referí”, quien continuó—: El tal “Zapatilla”, quizá por estar más viejo, pues es diez o quince años mayor que yo, se quedaba rezagado en cada veloz jugada. Además, como andaba bolo-goma, hacía señales equivocadas, las cuales me obligaban a suspender el encuentro para sancionar la o las faltas no existentes. A estas alturas, ambas barras estaban indignadas y trataron de lincharlo; mas, los numerosos parientes del Meme Argueta Henríquez, aun siendo decentes “pescados” y él un mafioso pecenista, invadieron la cancha para evacuarlo hasta el poblado. Meme “Zapatilla” fue sacado, chineado, por cuatro o seis de sus palancones sobrinos; mientras atrás, adelante y a ambos lados, era escoltado por tres docenas de sus robustos parientes. “Zapatilla” Argueta Henríquez pataleaba y protestaba, alegando ser él un profesional del arbitraje y que, a quien debiérase retirársele de la cancha, era al juez central o sea: a este su servidor. De inmediato, el comisionado de  subfederación vicentina nombró un sustituto emergente: “Jachitas”. Continuó el evento; pero, —siguió narrando el decepcionado árbitro, después de varios sorbos de una soda a base de cola y de haber dado profundos suspiros para oxigenarse—, a la altura del minuto 68 (2ndo tiempo), me sentí obligado a marcar un tiro de doce pasos en contra del equipo local. El portero, a quien le llamaban “El Chacho Edgar” lo atajó con maestría; sin embargo, el “Negro Siete Cabezas” apreció lo contrario, alegando haber visto cuando el Chacho Edgar se había movido antes del disparo. Hubo un fuerte abucheo en mi contra; pero la pena máxima se repitió, rompiéndose el empate. El abucheo desapareció para dar paso a la agresión física en mi contra. Cuando tomé el esférico para dirigirme al centro de la cancha, mi estupefacción fue súbita al contemplar a la inmensa masa fanática local quien, con palos, piedras, machetes desenvainados y con insultos soeces en mi contra, se dirigía, como tromba, a mi encuentro. No se imagina, doctor, —prosiguió el frustrado árbitro, quien ponía toda la mímica a su desventurado relato—, el gran “culillo” sentido por mí, pues hasta la guardia nacional local se me venía encima. Y los idiotas del “Jachitas” y del Negro “Siete Cabezas”, asimismo el comisionado  de la maldita Subfederación vicentina, un tal Nicolás “Pato” Bayona, se quedaron paralizados. Sólo tuve un remedio: echar a andar mis propias piernas para correr desesperado tratando de alcanzar el cañaveral aledaño al poniente de la cancha. No le explico, porque no sentí, cuándo y cómo con el pecho me llevé aquella alambrada llena de púas; tampoco le explico cómo pude atravesar el cañaveral de don José Ovidio Chávez, hermano suyo,¿verdad?, y el otro cañaveral de doña Carmen Chávez viuda de Orantes, también tía suya, ¿verdad?, el cual colinda con aquella profunda quebrada llamada El Burro. Mientras corría para salvar mi pellejo, sólo escuchaba los gritos insultantes de la fanática multitud; gritos cada vez más lejanos. Vine a enterarme de mi real situación cuando, jadeante, llegué al fondo de la profunda quebrada. Ahí, arrodillado, rendí gracias a mi Dios por haber permitido, a honorables señores Chávez, no haber rozado todavía esos inmensos, altos y cerrados cañaverales, pues era enero, mes de plena zafra. No quiero fastidiarlo más con mi relato, —continuó el pulcro juez con una voz pausada y entrecortada—, pero es mera verdad. La quebrada estaba oscura. Mortecinos rayos solares, a penas alcanzaban a verse tangenciales a enormes verdes copas de árboles: conacastes, copinoles y cedros. Helado viento enerino empezaba a calarme; yo, sólo con la maldita pantaloneta negra; con la desgraciada camisa mangas cortas, también negra, y con incómodos zapatos de tacos, empezaba a tiritar. La oscuridad avanzaba… El frío y mi desesperación, también.  Melancólicos cantos de guaces, desde altas copas de  árboles cercanos y lejanos; tenebroso cantar de lechuzas, tecolotes y búhos, muy abundantes, por cierto; infernales violines de zancudos y  ensordecedor croar de ranas y sapos en charcas aledañas a la poza de una presa, aumentaban mi zozobra. Luego, pensaba, con el llanto casi a flote de mis párpados: Volver a ciudad Tecoluca, significaría entregarme a mis injustos ajusticiadores… Permanecer ahí, sería servir de comida o bebida a miríadas de zancudos, jejenes y tábanos. En estas meditaciones estaba cuando, a lo lejos, en dirección a  Zacatecoluca o Virola, escuché inconfundible ruido de una locomotora aproximándose. Consulté mi fosforescente reloj pulsera, pues el malvado cronómetro futbolero e infernal silbato, quedaron prendidos en la alambrada filuda o en espesos  cañaverales. Eran las 05:45mins de la tarde; mas, en el fondo del profundo barranco parecía medianoche, porque en enero siempre anochece más temprano. Corrí quebrada arriba hasta el famoso puente ferroviario también llamado El Burro, para de ahí, pensaba yo, llegar hasta la próxima estación del ferrocarril: Tehuacán, el mismo nombrecito del equipito futbolístico local, y abordar el tren de pasajeros proveniente del Oriente del país. Mi gran esfuerzo físico y anímico fue en vano, porque cuando con suma dificultad ascendía por aquellos abruptos acantilados, el gusano metálico pasaba raudo sin fijarse en mí. Escuché el sordo pito de aire comprimido anunciando la próxima parada. Escuché la parada y el arranque casi instantáneo del Caballo de Hierro Fumador; asimismo, el más triste pitazo de despedida. ¡Me dejó el tren! Agotado, gané la superficie del terreno. Caminando sobre la vía férrea, llegué hasta la mencionada estación. En esos momentos, don Héctor Brito, jefe de la tal oficina, se disponía a cerrarla con llave y a montar su caballo, pues él vivía en el pueblo causante de mi actual desgracia; Pueblito distante 02kms al sur de dicha estación. Me aproximé para identificarme con él. “¡Ah!”, me dijo con cierto desprecio: “Vos sos el árbitro a quien acaban de apedrear, ¿verdad?; vos sos el árbitro vendido a los de Ixtepeque, ¿verdad?... ¡¿Cuánto te pagaron, vos?!”... y prosiguió: “Yo soy el presidente del Club Deportivo Tehuacán. Mañana presentaré una demanda en contra de tu mal arbitraje. Al mismo tiempo, pediremos se te suspenda de por vida”… “¡Señor!, yo tengo mi conciencia tranquila”, le repliqué con algún temor, pues había observado en su pretina la concha en nácar de una pistola automática. Proseguí: “Yo sólo apliqué las leyes internacionales vigentes”…. “¡Mirá!”, me dijo con tono sereno, “no temblés. Yo no soy ningún fanático criminal; pero no te puedo llevar al Pueblito, porque el diablo siempre es  diablo y pudiera ser… ¿Ya cenaste?… Tomá estos tres pesos y vete a comprar popusas… Tal vez doña Lucrecia aún tenga”… “¡No señor!”, le respondí y continué: “Dinero suficiente siempre cargo en mis bolsillos, incluso en esta indumentaria de árbitro. Quiero pedirle un único gran favor: hágame compañía hasta la casa de don Ramón Chávez padre. Él es el papá de mi gran amigo: el doctor Ramón Chávez hijo, casado con la hija mayor de mis patronos”… “¡Ah!”, volvió a exclamar el señor Brito; pero con diferente tono de voz y  con expresión facial de regocijo: “Si usted es amigo de los señores Chávez Cañas, será también amigo mío. Móntese en ancas y lo llevaré hasta la casa de don Moncho padre… Pero, si usted prefiere”, dijo, después de diez segundos de reflexión, “yo puedo dejarlo durmiendo al interior de esta oficina. Mañana, en primer tren, usted puede partir para San Vicente… No vaya a ser el mismo diablo y nos miren fanáticos recalcitrantes, tales cuales: Atila Cañas, Ramón “Cara de Nudo” Grande, El Chío Cañas, el Huesuda Chacón o los hermanos Capirucho… Entonces, yo no podría hacer nada, nada, a favor suyo. ¿Me explico?”.
         
          — ¡Cabal! —continuó don Santos narrándole al doctor—, el señor Brito fue en procura de mi cena; luego colgó hamaca de mezcal; me entregó manta de algodón y otra de lana chapina, pues el viento soplaba frío. Hasta las ideas parecían congelarse. Me dejó bajo llave. Esa noche no dormí ni un segundo. Primero: a causa del dolor de las heridas en mi pecho por púas del alambrado y  fuerte picazón corporal de ajuates silvestres. Segundo: rumiando mi fracaso como árbitro, pues era el primer partido de cierta importancia encomendado a mí, porque mis metas serían llegar a arbitrar en Liga Mayor A, para después incursionar en ámbito internacional. Y, tercero: dudaba que una turba, dirigida por Brito, llegase a medianoche para lincharme; sin embargo, le agradecía, a la vez, su benevolente gesto de caridad cristiana. Al día siguiente, después de agradecer con el alma al jefe de la estación, monté el primer tren. En seguida me presenté a la subfederación de marras para interponer mi renuncia con carácter irrevocable. Para colmar mis males, allí estaban los sinvergüenzas del “Jachitas” y del Meme “Zapatilla” Argueta Henríquez, quienes ya habían cobrado sus emolumentos y quienes se burlaron de mí llamándome árbitro maleta. Debí salir, otra vez, a la carrera, porque también ellos trataron de agredirme. Por eso, mi querido doctor, —terminó de hablar el dulcero con cierto deje de melancolía—, le ruego, le suplico, le ordeno, ¡le exijo!: no mencionarme, nunca, jamás, nada relacionado con esa porquería llamada fútbol. Mejor volvamos a conversar, como en aquellos mejores tiempos, de: Guiseppe Verdi, con sus óperas estrellas: Nabucco, Oberto, Aída, Baile de Máscaras,  Rigoleto, Otelo, Simón Bocanegra,  La Traviata,  Juana de Arco, Alzira, Ernani, Fuerza del Destino, y muchas otras. De César Vallejo con sus inhumanos “Poemas Humanos”, y con su” Trilce”, difícil de entender. De los Tres Pablo: Picasso, Casals, y Neruda. De Francisco Morazán con su célebre Batalla de Perulapán. De la corrompida política gubernamental llevada a cabo por su coterráneo presidente salvadoreño,  coronel Molina. Asimismo, de la crisis económica e intelectual, endémicas en nuestro país.
                                             F I N
                         30 de agosto en 1995                            

miércoles, 27 de julio de 2011

Herejías, 10ima entrega

        H  E  R  E  J  Í  A  S
           Por Ramón F Chávez Cañas
                 Décima entrega

LV
 Pronto La Educación/ será bien orientada
a conocer Verdades/ del cielo y de la Tierra;
a repudiar clarines/ y tambores de guerra
para vivir la Paz/ que hasta ayer fue negada.

Dios nos rescatará/ la Ciencia conculcada
por hijastros infames, / sucios hijos de perra
porque en todas las Ciencias/ casi siempre se encierra
Bondades y maldad. / Ésta no superada.

Las Pinturas y Músicas; / el Ballet y Poesía,
deleite inmenso causan/ en ÉL, Gran Policía,
ordenador del cosmos/  y de conciencia humana.

De las Filosofías, / Dios es Rector Magnánimo;
a las Ciencias Sociales, / ÉL infunde más ánimo
haciendo así efectiva/ la caridad hermana.

LVI
Las almas inmortales/ jamás han existido.
Son cuentos de camino/ para todo ambicioso;
para todo egoísta/ parodiado de hermoso,
incapaz de soltar/ el plátano cogido45.

Sólo ÉL es Inmortal, / ¡quede bien definido!
Quien se crea su par, / es torvo codicioso,
mejor dicho: ladrón, / embustero asqueroso.
Inmortal sólo es ÉL, / el Ser Enternecido.

Lo mismo Humanidad, / junto a todo lo creado,
desde la inmensidad, / hasta el átomo puro,
gozan de eternidad/ relativa a su estado.

Pero la impunidad/ del bellaco terrestre
con su ensoberbecido/ corazón siempre duro
quiere inmortalizarse... / ¡Ni en pintura rupestre!



6 PLÁTANO COGIDO: el primate, por no aflojar el puño para soltar la fruta, con facilidad es capturado por el humano.


LVII

En los tiempos actuales/ machismo está abolido.
Mujeres esforzándose/ para romper cadenas
de esclavitud perversa, / superando mil penas.
No es ya objeto sexual/ del macho pervertido.

Ese tiempo ha pasado, / pero no es del olvido.
Ella fue ninguneada, / servidora de cenas;
paridora y guardiana/ de niños y de nenas;
casi una musulmana/ con presente perdido.

Y su futuro incierto, / mejor dicho anulado,
pues era programada/ para  macho taimado:
lustrar sucios zapatos/ y aliviarle las gomas46;

parir dieciocho hijos/ y ser abandonada;
sufrir de malos tratos, / sintiéndose humillada,
marchándose a llorar/ rumbo a llanos y lomas.

 

LVIII 

Pero poco a poquito, / patriarcas de estas niñas

les han dado su puesto, —se habla de clase media—.
No obstante, en la de abajo, / pobre hembra no remedia
mal bíblico machismo/ coronado con riñas;

en reclamos injustos, / pues el hombre con tiñas
adquirida en burdeles, / llega haciendo comedia
reclamando a esposa/ por tan sucia tragedia
provocada por él/ al contactar rapiñas.

Tímidas abuelitas/ basadas en la biblia
contra viento y marea/ conservaban familia
por guardar apariencia/ de marido decente.

Sus fiestecitas “rosa”/ fue exhibir en vitrinas
carnitas quinceañeras/ y unas caritas finas
ofrecida al gañán/ de conducta insolente.


47GOMAS: estado poscrapular o cruda, pea, resaca.
 

                       
 LIX
Desde hace medio siglo, / en forma progresiva,
féminas cuzcatlecas/ ya se están liberando
de aquel complejo absurdo: / ¡trenes te están dejando
y vestirás los santos/ junto a Tránsito Oliva!

¡Pobres tatarabuelas/ sin presente en sus vidas
con un corto pasado, / de muñecas, jugando;
con futuro sombrío, / frente al comal torteando
y en décimo parto, / morir envejecidas!

Abuelitas tuvieron/ sólo cinco caminos:
matrimonio precoz/ o vestir sanantonios;
ingresar en conventos/ con inciertos destinos;

hacerse costureras/ y usar planchas de brasas;
un puesto en el mercado, / con calor de demonios
o la prostitución, / muy lejos de sus casas.

LX
Esta fue cruel cultura/  impuesta desde Europa:
cristiana–musulmana, / con ribete judía
vergüenza en nuestra América. / Tal vez, y todavía
faltarán pocos lustros/ para romper cruel copa.

El machismo llegó/ de España, viento en popa,
a desflorar las vírgenes/ nuestras, con cobardía
y a heredarnos la sífilis, / un mal de porquería,
portada por inmunda/ salvajísima tropa.

En nombre de Jesús, /  llamado Salvador,
nos vino sifilítico/ soldado violador
liberado de ergástulas/ donde purgaba crímenes.

Y llegó a nuestras tierras/ donde nativas vírgenes
se bañaban desnudas/ con su clan de aborígenes;
pero vino energúmeno/ para estropear sus hímenes.

 C o n t i n u a r á

lunes, 25 de julio de 2011

Pao: El petate del muerto

Pao: El petate del muerto

Este adiós no maquilla un hasta luego
Este nunca no esconde un ojalá
Estas cenizas no juegan con fuego
Este ciego no mira para atrás

Este notario firma lo que escribo
Esta letra no la protestaré
Estas vísperas son las de después.

A este ruido tan huérfano de padre
No voy a permitir que taladre
Un corazón podrido de latir.

                                                         Joaquín Sabina 

(Últimas palabras a mi padre en el cementerio, el día que se fue)

                          El momento no era conformado solo por el tiempo. Había en ese instante un encuentro con las cosas y su materia, un hálito de dulzura que venía de los recuerdos de objetos como bien podría ser una taza, una toalla o una carta jamás leída. Los hechos conjuntándose unos sobre otros  no diferenciaban el pasado ni el futuro, no era un sueño donde se puede evadir el tiempo. Era el momento supremo, cuando el alma abandona el cuerpo. La velocidad con que ocurre es tan vertiginosa y basta que se siente en el ambiente una presión de vacío. Una fuerza centrífuga que se centra en los ojos hechos de luz y sombras. Es una eclosión de materia  profunda en su último segundo, presagiando el vuelo hacia otro encuentro en un impacto inevitable. El yaciente inerme y pálido ha cerrado sus ojos y crispado sus manos. Los caminos se desandan sin él,  las palabras van perdiendo sus habituales sonidos, su piel se desombra y va quedando mínimo en un desierto  inmenso de silencios. Han venido hasta el, las últimas preguntas de nosotros, los que los rodeamos; no sabemos que lleva en sus costados. ¿A qué horas llegará al sol? ¿Qué edad usará para vivir en la eternidad? ¿Qué quiere que hagamos de su última camisa? Los más dolientes nos miramos… las palabras se adhieren a la nostalgia  del último recuerdo de cuando sonreía. El alma va emergiendo poco a poco, como una oruga de luz saca la cabeza entre las sabanas, sus dientes  brillan y expande un extraño olor a tomillo muy parecido a la canela. Cualquiera esperaría una irrupción  de trompetas doradas, cánticos de ángeles entonando   cantos gregorianos o un réquiem beethoviano ambientando el sublime instante de la ascensión del alma y la aparición del torrente de polvo entre los labios. Quién diría que esta escena  había sido ensayada hace muchos años, los mismos protagonistas;  el mismo argumento de la muerte arguyendo  la precariedad celular y su desgaste. Claro que no basto el anhelo y la fe. Solo el privilegio de nacer fue ganancia, vasallos de un designio nunca se le permitió elegir el día y la hora. Condenado a la incertidumbre helo aquí,  cumpliendo la voluntad de a saber quién. Es mejor el brillo de la razón que las elucubraciones nebulosas de la esperanza, el precio de ser mortal lacera  la memoria de los afligidos y torna anti histórico el cadáver que nació. No es un viaje de fantasía, tampoco es el vuelo de un itinerante que olvidó su fantasma en el baño. Es un habitante del planeta que se va para siempre como cualquier otro de otro país, de otra religión, de otra raza. Pasaron más de setenta años para que suspendiera tu cara la sonrisa y la congoja, para darnos cuenta que un pedazo de hierro dure más que tu carne.   Cómo es posible que los monumentos y las piedras queden intactas en su tránsito por el fuego. Que larga será la vida de una flor  si la midiéramos por el peso del rocío sobre uno de sus pétalos, si el sigilo del gorrión  suspendido en su pistilo la eternice sin que nadie le mida ese  instante tan hermoso de la naturaleza. Así que en este viaje se vale ser una flor en la eternidad para que se impregne la galaxia de  naderías. Soy tu espejo a solas en la oscuridad. Viendo lo indefenso de tu cuerpo no me queda más que llamar al ángel   más grande que está hipando en una desvencijada gruta de peregrinos ex socialistas. Claro que no oír el rumor  de la Quinta Sinfonía es fundamentalmente melancólico,  más si aquella etérea visión de ver el football sin machetes  y juego limpio expuso a riesgos domingueros  tu orquesta oncena. Se valía dudar de tus rodillas dobladas  sobre alfombra de tus arrepentimientos;  pero tu sinceridad fortalecía  tus debilidades  frente a nosotros de vez en cuando acompasado por un tango o un bolero de Leo Marini. Hasta al último momento me enseñaste algo finito, te lo tenías bien escondido para asustarme con tu petate: ese silencio característico que tienes hoy que estás muerto, que no es ausencia de sonido, no más parece la prolongación del tiempo rosando tus pupilas oscuras mientras duermes. Morirse es dormir despacio diría yo, hoy te veo con los ojos cerrados. Circunspecto, tan callado que no hablas, tan inerme que no vas ni vienes, tan muerto en tu cadáver difícil de resucitarte,  tan redondo en tu partida entre una mancha de sinfonías rodeando  tus oídos clausurados. Presiento que después de este tiempo que llevas  calzando ese cadáver exquisito, si te dieran  elegir  levantarte como a Lázaro, no lo harías; no sé por qué; pero heredé de tus necedades  cierta terquedad, y estoy seguro de tu terquedad. También hablo de una antigua lucidez intelectual  que alguna vez adornó tus herejías. Alguna recia desfachatez se cobró algún clavo, dudo que para el escarmiento; más bien diríamos que es para ilustrarnos a nosotros que vivir es una larga y  espera poesía  clásica en versos de pie quebrado. Hoy nos dejamos mutuamente,  cada quien en su afán. Es mejor así, alejados de cualquier verdad es más fácil escapar de la tristeza, ni justos ni beduinos, sólo jactanciosos de una herencia estelar  incapaz de despertar envidias. Del reino, la joya de una corona de huesos en tu frente que a falta de territorios conquistados, quedan los hermosos recuerdos indestructibles porque quedan bien adentro. Sé que respiras despacio y  en secreto donde solo te ven las raíces del tiempo, un pájaro de fuego se ha posado en ese árbol inventado que ayer sembré en el laurel en tu nombre. Ya no respires, la hora se ha llegado y puede ser que alguna lágrima loca nos arruine el vino que reposa en el viejo odre escondido entre las piedras de un rio. Buen viaje Pao. Aunque no necesitas  cumbos viejos para tu viaje, hay te dejo el “Marinero de Ulises en alba del tiempo perdido” para que no te aburras. (Y deje el poemario sobre el ataúd.)
Adiós Pao.                          


                                                   Wilfredo López.