Anastasio Jaguar

Anastasio Jaguar

Breve Biografía de ANASTASIO MÁRTIR AQUINO (1792-1833):

Único Prócer salvadoreño verdadero en siglo XIX. Nativo de Santiago Nonualco, La Paz. De raza nonualca pura. Se levantó en armas contra Estado salvadoreño mal gobernado por criollos y algunos serviles ladinos, descendientes, éstos, de aquéllos con mujeres mestizas de criollo o chapetón y amerindia; pues esclavitud inclemente contra: indígenas, negros, zambos y mulatos, era insoportable para el Prócer Aquino. Fue asesinado por el Estado salvadoreño en julio de 1833, —después calumniado hasta lo indecible, tratando de minusvalorar sus hazañas; así como hoy calumnian a Don Hugo Rafael Chávez Frías y, ayer, al aún vivo: Doctor Don Fidel Castro Ruz.

En honor a tan egregio ANASTASIO AQUINO, este blog se llama:

“A N A S T A S I O A Q U Í S Í”

viernes, 29 de julio de 2011

El árbitro de fútbol


            EL ÁRBITRO DE FÚTBOL
                 Por Ramón F Chávez Cañas
        De: “Historias escondidas de Tecoluca”            

Allá por 1970 y todavía (1995), Súper Altagracia era y es uno de los negocios mayoristas (granos básico y abarrotería) más importantes en la casi cuatro-centenaria ciudad de Austria y Lorenzana (San Vicente). Entre numerosos empleados de mostrador, bodegas, oficina y vendedores en ruta a minoristas, estaba Don Santos. Éste era hombre en la segunda juventud, tal vez no llegaba aún a cuarenta años; pero su constitución física y anímica, rivalizaban con las de muchachos mucho menores. Hombre de estatura mediana, tez morena clara, pero con macro huellas de un acné severo ya lejano; nariz aguileña, manchas faciales de un bienteveo (vitiligo) mínimo; de estampa semi atlética; su inteligencia para hacer el bien: indescriptible. Fue el empleado máximo en confianza para los dueños del negocio. Don Carlos Joaquín Cornejo Merino, su patrono, le había confiado dos furgonetas de manufactura italiana marca Vespa para el desempeño más eficiente en sus labores. Don Santos tenía bajo su responsabilidad venta al mayoreo de dulces y golosinas elaborados por Confitería Americana de San Salvador, de la cual  Súper Altagracia es el concesionario departamental. Mientras Don Santos se rebuscaba en municipios y ciudades de: Guadalupe, Verapaz, Tepetitán, y San Cayetano Ixtepeque, Don Carlos Joaquín supervisaba el aprovisionamiento de la otra máquina vacía, la cual estaba destinada para cubrir la ruta sur, hasta ciudad Tecoluca con sus inmensos e interminables cantones y caseríos. Regresaba con la primera furgoneta vacía. Después de dar el informe económico respectivo a doña Altagracia, esposa de don Carlos Joaquín, tomaba el otro automotor cargado  y partía raudo con más entusiasmo rumbo al sur. Al día siguiente emprendía nueva ruta: Apastepeque, San Lorenzo, Santo Domingo, San Esteban Catarina y San Sebastián. En  última jornada semanal cubría: Santa Clara, San Ildefonso, Villa Dolores, todos los cantones y caseríos pertenecientes a tales municipios. Recibía, además de respetos afectuosos patronales, una buena recompensa económica porcentual, excluyendo, por supuesto, el jugoso sueldo y viáticos fijos. Sus ventas se multiplicaban en forma geométrica. Esto le permitía adquirir prendas de vestir y perfumería de óptimas calidades; asimismo asistir, por las noches y días festivos, a las funciones cinematográficas o eventos balompédicos en el estadio Centenario vicentino. Su novia era la señorita Milita Henríquez Villalobos (enfermera)  con quien, al parecer, nunca llegaron a un acuerdo formal para las nupcias.
                                           *****        
        Desde hacía tres años, la hija mayor de sus patronos estaba casada con un joven doctor en medicina originario de Tecoluca, en el mismo departamento vicentino. Este reciente matrimonio, residente en una de las dos ciudades más importantes en departamento  La Libertad, visitaba cada mes a respectivas familias. Los viernes dormían en ciudad Tecoluca. Los sábados, ya bien entrada la tarde, estaban haciendo su ingreso a las amplias habitaciones interiores del Súper Altagracia en donde, casi siempre, encontraban a don Santos haciendo cuentas económicas con los señores Cornejo-Martínez, dueños del súper y suegros del joven galeno, se repite.
        
          Al amanecer del domingo, don Santos se hacía presente para entablar, con el joven médico (30 años), conversaciones de diversos tópicos. Charlaban profundos sobre la política electorera y económica de aquella actualidad; también del arte y la cultura universal, pues don Santos tenía arraigado el vicio de la lectura formal. En uno de esos tantos domingos, el confitero ya no platicaba de las cosas cotidianas de la ciudad, ni de la república, ni del arte, ni de la ciencia. De repente empezó a platicar de fútbol y de las reglas internacionales gobernantes en este deporte. Aun cuando el doctor procuraba desviar la plática hacia otros tópicos de palpitante actualidad: el frustrado cuartelazo en contra del tiranuelo apodado Tapón, y la señora vergueada recibida por don José Napoleón Duarte Fuentes al fracasar dicha intentona; el dulcero volvía, con más vehemencia, al tema de las reglas internacionales del balompié. El galeno medio se acostumbró a estas pláticas. Cada cuatro semanas, cuando éste, su esposa y sus dos pequeñas nenas llegaban de visita al tantas veces mencionado supermercado, ya él mismo se iba preparando para seguir conociendo al detalle aquellas viejas reglas descartadas por FIFA y las nuevas adoptadas por la misma. El “motorista de Vespas” explicaba al galeno los grandes avances obtenidos por él en el difícil campo del arbitraje. También le mostraba cronómetro y silbato reglamentarios; asimismo, uniformes e insignias requeridas por tan afamada institución futbolística internacional, sección salvadoreña, pues él era, —decía—, uno de los más aventajados alumnos en tales cursillos. El joven académico disimulaba su fastidio. Para ello, hacía preguntas y repreguntas al respecto. El fanático futuro árbitro de fútbol se vestía con su indumentaria negra; se armaba del cronómetro y silbato ya mencionados para responder, en el simulado terreno de los hechos, a  diversas preguntas de su solitario oyente. Hacía gestos y ademanes; miraba y remiraba el cronómetro; soplaba el gorgorito y extraía de su bolsa de pecho la tarjeta roja o amarilla, según la imaginaria circunstancia. Luego se despedía con la parsimonia de siempre, diciendo: “¡Caramba, cómo pasa el tiempo! Se me ha hecho tarde. ¡Me voy para las clases de la subfederación…Acompáñeme, doctor!” Esto ocurría a eso del mediodía.
         
           Después de dos o tres horas escuchándole, el togado, ya a solas, pedía su primera cerveza negra, danesa, Carlsberg, fría a la perfección, con boquitas de camarón del mero Río Lempa, o  pepescas plateadas pescadas en laguna  Apastepeque; cocinados con maestría por la señora Pilar Cornejo, cocinera estrella de los señores dueños del súper.
                                          @@@@@
          Dos años después (1974), en uno de tantos domingos, el fiel oyente ya esperaba al flamante profesor de arbitraje. Éste no llegó. Aquél indagó al respecto con sus suegros; pero ellos no pudieron darle alguna explicación lógica. Al mes siguiente, a eso de 08:00hrs en ese día de guardar, ahí, tan puntual cual reloj suizo, estaba el famoso árbitro. El “matasanos” lo saludó y abrazó con cristiana fraternidad; pero, al inquirir éste sobre el tema, recibió la siguiente decepcionante respuesta:
        —¡¡Cállese, doctor!!...¡No me vuelva a hablar, en el resto de mis días, sobre tal actividad!
        —¿¿Por qué?? —preguntó, impaciente, el académico.
        —¡¡No se imagina, doctor, las alas de cucaracha en las cuales me he visto por culpa de ese maldito arbitraje!!
        — ¡¿Cómo es eso?! —repreguntó su interlocutor.
        —¡¡¡Cállese, doctor!!!... ¡¡Por poco me matan!!...—dijo, con cierta asfixia, don Santos.
        — ¡Explíquese!... ¡Explíquese!—, enfatizó, más impaciente, el matasanos.
        — ¡Figúrese usted! —habló, temblando, don Santos y prosiguió—: Hace un mes me encomendaron arbitrar un encuentro entre el equipo Tehuacán de Tecoluca y el equipo Halcones de San Cayetano Ixtepeque… Era un encuentro muy importante, pues al vencer, uno de ellos ascendería a Clase B de  Liga Mayor salvadoreña. Me asignaron para jueces auxiliares: al Manuelito Argueta Henríquez, más conocido por Meme Argueta o “Zapatilla”, y al Negro “Siete Cabezas”. Por cierto: Meme Argueta, aun siendo vicentino, es pariente muy cercano con usted y con los Chávez-Henríquez de Tecoluca. No obstante, —  perdóneme si lo ofenda—, Meme Argueta Henríquez, su tío, es un alcoholista consuetudinario empedernido, quien casi nunca llegaba a las clases; cuando llegaba, no ponía atención alguna, porque si no estaba borracho, andaba sudando la gran cruda; pero, por la amistad con la mayoría de los “pecenistas” federativos departamentales y, sin tener la preparación ni la seriedad, ni la serenidad requerida para tales menesteres, me lo nombraron un auxiliar.
         
           —Pero,¡¡usted pudo recusarlo!! ¿Por qué no lo hizo?—interrumpió su devoto oyente, sin poder ocultar la indignación causada por oír tal desaguisado,  despreciando, al mismo tiempo, el cercano parentesco con el tal Zapatilla.
        —Por la sencilla razón del cercano parentesco del Zapatilla con Milita, mi novia, pues son primos hermanos por parte del apellido Henríquez; asimismo con usted y con la poderosa familia Chávez-Henríquez, tecoluquense, en cuyos terrenos estaban las canchas en donde se llevaría a cabo tal encuentro, —contestó el “referí”, quien continuó—: El tal “Zapatilla”, quizá por estar más viejo, pues es diez o quince años mayor que yo, se quedaba rezagado en cada veloz jugada. Además, como andaba bolo-goma, hacía señales equivocadas, las cuales me obligaban a suspender el encuentro para sancionar la o las faltas no existentes. A estas alturas, ambas barras estaban indignadas y trataron de lincharlo; mas, los numerosos parientes del Meme Argueta Henríquez, aun siendo decentes “pescados” y él un mafioso pecenista, invadieron la cancha para evacuarlo hasta el poblado. Meme “Zapatilla” fue sacado, chineado, por cuatro o seis de sus palancones sobrinos; mientras atrás, adelante y a ambos lados, era escoltado por tres docenas de sus robustos parientes. “Zapatilla” Argueta Henríquez pataleaba y protestaba, alegando ser él un profesional del arbitraje y que, a quien debiérase retirársele de la cancha, era al juez central o sea: a este su servidor. De inmediato, el comisionado de  subfederación vicentina nombró un sustituto emergente: “Jachitas”. Continuó el evento; pero, —siguió narrando el decepcionado árbitro, después de varios sorbos de una soda a base de cola y de haber dado profundos suspiros para oxigenarse—, a la altura del minuto 68 (2ndo tiempo), me sentí obligado a marcar un tiro de doce pasos en contra del equipo local. El portero, a quien le llamaban “El Chacho Edgar” lo atajó con maestría; sin embargo, el “Negro Siete Cabezas” apreció lo contrario, alegando haber visto cuando el Chacho Edgar se había movido antes del disparo. Hubo un fuerte abucheo en mi contra; pero la pena máxima se repitió, rompiéndose el empate. El abucheo desapareció para dar paso a la agresión física en mi contra. Cuando tomé el esférico para dirigirme al centro de la cancha, mi estupefacción fue súbita al contemplar a la inmensa masa fanática local quien, con palos, piedras, machetes desenvainados y con insultos soeces en mi contra, se dirigía, como tromba, a mi encuentro. No se imagina, doctor, —prosiguió el frustrado árbitro, quien ponía toda la mímica a su desventurado relato—, el gran “culillo” sentido por mí, pues hasta la guardia nacional local se me venía encima. Y los idiotas del “Jachitas” y del Negro “Siete Cabezas”, asimismo el comisionado  de la maldita Subfederación vicentina, un tal Nicolás “Pato” Bayona, se quedaron paralizados. Sólo tuve un remedio: echar a andar mis propias piernas para correr desesperado tratando de alcanzar el cañaveral aledaño al poniente de la cancha. No le explico, porque no sentí, cuándo y cómo con el pecho me llevé aquella alambrada llena de púas; tampoco le explico cómo pude atravesar el cañaveral de don José Ovidio Chávez, hermano suyo,¿verdad?, y el otro cañaveral de doña Carmen Chávez viuda de Orantes, también tía suya, ¿verdad?, el cual colinda con aquella profunda quebrada llamada El Burro. Mientras corría para salvar mi pellejo, sólo escuchaba los gritos insultantes de la fanática multitud; gritos cada vez más lejanos. Vine a enterarme de mi real situación cuando, jadeante, llegué al fondo de la profunda quebrada. Ahí, arrodillado, rendí gracias a mi Dios por haber permitido, a honorables señores Chávez, no haber rozado todavía esos inmensos, altos y cerrados cañaverales, pues era enero, mes de plena zafra. No quiero fastidiarlo más con mi relato, —continuó el pulcro juez con una voz pausada y entrecortada—, pero es mera verdad. La quebrada estaba oscura. Mortecinos rayos solares, a penas alcanzaban a verse tangenciales a enormes verdes copas de árboles: conacastes, copinoles y cedros. Helado viento enerino empezaba a calarme; yo, sólo con la maldita pantaloneta negra; con la desgraciada camisa mangas cortas, también negra, y con incómodos zapatos de tacos, empezaba a tiritar. La oscuridad avanzaba… El frío y mi desesperación, también.  Melancólicos cantos de guaces, desde altas copas de  árboles cercanos y lejanos; tenebroso cantar de lechuzas, tecolotes y búhos, muy abundantes, por cierto; infernales violines de zancudos y  ensordecedor croar de ranas y sapos en charcas aledañas a la poza de una presa, aumentaban mi zozobra. Luego, pensaba, con el llanto casi a flote de mis párpados: Volver a ciudad Tecoluca, significaría entregarme a mis injustos ajusticiadores… Permanecer ahí, sería servir de comida o bebida a miríadas de zancudos, jejenes y tábanos. En estas meditaciones estaba cuando, a lo lejos, en dirección a  Zacatecoluca o Virola, escuché inconfundible ruido de una locomotora aproximándose. Consulté mi fosforescente reloj pulsera, pues el malvado cronómetro futbolero e infernal silbato, quedaron prendidos en la alambrada filuda o en espesos  cañaverales. Eran las 05:45mins de la tarde; mas, en el fondo del profundo barranco parecía medianoche, porque en enero siempre anochece más temprano. Corrí quebrada arriba hasta el famoso puente ferroviario también llamado El Burro, para de ahí, pensaba yo, llegar hasta la próxima estación del ferrocarril: Tehuacán, el mismo nombrecito del equipito futbolístico local, y abordar el tren de pasajeros proveniente del Oriente del país. Mi gran esfuerzo físico y anímico fue en vano, porque cuando con suma dificultad ascendía por aquellos abruptos acantilados, el gusano metálico pasaba raudo sin fijarse en mí. Escuché el sordo pito de aire comprimido anunciando la próxima parada. Escuché la parada y el arranque casi instantáneo del Caballo de Hierro Fumador; asimismo, el más triste pitazo de despedida. ¡Me dejó el tren! Agotado, gané la superficie del terreno. Caminando sobre la vía férrea, llegué hasta la mencionada estación. En esos momentos, don Héctor Brito, jefe de la tal oficina, se disponía a cerrarla con llave y a montar su caballo, pues él vivía en el pueblo causante de mi actual desgracia; Pueblito distante 02kms al sur de dicha estación. Me aproximé para identificarme con él. “¡Ah!”, me dijo con cierto desprecio: “Vos sos el árbitro a quien acaban de apedrear, ¿verdad?; vos sos el árbitro vendido a los de Ixtepeque, ¿verdad?... ¡¿Cuánto te pagaron, vos?!”... y prosiguió: “Yo soy el presidente del Club Deportivo Tehuacán. Mañana presentaré una demanda en contra de tu mal arbitraje. Al mismo tiempo, pediremos se te suspenda de por vida”… “¡Señor!, yo tengo mi conciencia tranquila”, le repliqué con algún temor, pues había observado en su pretina la concha en nácar de una pistola automática. Proseguí: “Yo sólo apliqué las leyes internacionales vigentes”…. “¡Mirá!”, me dijo con tono sereno, “no temblés. Yo no soy ningún fanático criminal; pero no te puedo llevar al Pueblito, porque el diablo siempre es  diablo y pudiera ser… ¿Ya cenaste?… Tomá estos tres pesos y vete a comprar popusas… Tal vez doña Lucrecia aún tenga”… “¡No señor!”, le respondí y continué: “Dinero suficiente siempre cargo en mis bolsillos, incluso en esta indumentaria de árbitro. Quiero pedirle un único gran favor: hágame compañía hasta la casa de don Ramón Chávez padre. Él es el papá de mi gran amigo: el doctor Ramón Chávez hijo, casado con la hija mayor de mis patronos”… “¡Ah!”, volvió a exclamar el señor Brito; pero con diferente tono de voz y  con expresión facial de regocijo: “Si usted es amigo de los señores Chávez Cañas, será también amigo mío. Móntese en ancas y lo llevaré hasta la casa de don Moncho padre… Pero, si usted prefiere”, dijo, después de diez segundos de reflexión, “yo puedo dejarlo durmiendo al interior de esta oficina. Mañana, en primer tren, usted puede partir para San Vicente… No vaya a ser el mismo diablo y nos miren fanáticos recalcitrantes, tales cuales: Atila Cañas, Ramón “Cara de Nudo” Grande, El Chío Cañas, el Huesuda Chacón o los hermanos Capirucho… Entonces, yo no podría hacer nada, nada, a favor suyo. ¿Me explico?”.
         
          — ¡Cabal! —continuó don Santos narrándole al doctor—, el señor Brito fue en procura de mi cena; luego colgó hamaca de mezcal; me entregó manta de algodón y otra de lana chapina, pues el viento soplaba frío. Hasta las ideas parecían congelarse. Me dejó bajo llave. Esa noche no dormí ni un segundo. Primero: a causa del dolor de las heridas en mi pecho por púas del alambrado y  fuerte picazón corporal de ajuates silvestres. Segundo: rumiando mi fracaso como árbitro, pues era el primer partido de cierta importancia encomendado a mí, porque mis metas serían llegar a arbitrar en Liga Mayor A, para después incursionar en ámbito internacional. Y, tercero: dudaba que una turba, dirigida por Brito, llegase a medianoche para lincharme; sin embargo, le agradecía, a la vez, su benevolente gesto de caridad cristiana. Al día siguiente, después de agradecer con el alma al jefe de la estación, monté el primer tren. En seguida me presenté a la subfederación de marras para interponer mi renuncia con carácter irrevocable. Para colmar mis males, allí estaban los sinvergüenzas del “Jachitas” y del Meme “Zapatilla” Argueta Henríquez, quienes ya habían cobrado sus emolumentos y quienes se burlaron de mí llamándome árbitro maleta. Debí salir, otra vez, a la carrera, porque también ellos trataron de agredirme. Por eso, mi querido doctor, —terminó de hablar el dulcero con cierto deje de melancolía—, le ruego, le suplico, le ordeno, ¡le exijo!: no mencionarme, nunca, jamás, nada relacionado con esa porquería llamada fútbol. Mejor volvamos a conversar, como en aquellos mejores tiempos, de: Guiseppe Verdi, con sus óperas estrellas: Nabucco, Oberto, Aída, Baile de Máscaras,  Rigoleto, Otelo, Simón Bocanegra,  La Traviata,  Juana de Arco, Alzira, Ernani, Fuerza del Destino, y muchas otras. De César Vallejo con sus inhumanos “Poemas Humanos”, y con su” Trilce”, difícil de entender. De los Tres Pablo: Picasso, Casals, y Neruda. De Francisco Morazán con su célebre Batalla de Perulapán. De la corrompida política gubernamental llevada a cabo por su coterráneo presidente salvadoreño,  coronel Molina. Asimismo, de la crisis económica e intelectual, endémicas en nuestro país.
                                             F I N
                         30 de agosto en 1995                            

miércoles, 27 de julio de 2011

Herejías, 10ima entrega

        H  E  R  E  J  Í  A  S
           Por Ramón F Chávez Cañas
                 Décima entrega

LV
 Pronto La Educación/ será bien orientada
a conocer Verdades/ del cielo y de la Tierra;
a repudiar clarines/ y tambores de guerra
para vivir la Paz/ que hasta ayer fue negada.

Dios nos rescatará/ la Ciencia conculcada
por hijastros infames, / sucios hijos de perra
porque en todas las Ciencias/ casi siempre se encierra
Bondades y maldad. / Ésta no superada.

Las Pinturas y Músicas; / el Ballet y Poesía,
deleite inmenso causan/ en ÉL, Gran Policía,
ordenador del cosmos/  y de conciencia humana.

De las Filosofías, / Dios es Rector Magnánimo;
a las Ciencias Sociales, / ÉL infunde más ánimo
haciendo así efectiva/ la caridad hermana.

LVI
Las almas inmortales/ jamás han existido.
Son cuentos de camino/ para todo ambicioso;
para todo egoísta/ parodiado de hermoso,
incapaz de soltar/ el plátano cogido45.

Sólo ÉL es Inmortal, / ¡quede bien definido!
Quien se crea su par, / es torvo codicioso,
mejor dicho: ladrón, / embustero asqueroso.
Inmortal sólo es ÉL, / el Ser Enternecido.

Lo mismo Humanidad, / junto a todo lo creado,
desde la inmensidad, / hasta el átomo puro,
gozan de eternidad/ relativa a su estado.

Pero la impunidad/ del bellaco terrestre
con su ensoberbecido/ corazón siempre duro
quiere inmortalizarse... / ¡Ni en pintura rupestre!



6 PLÁTANO COGIDO: el primate, por no aflojar el puño para soltar la fruta, con facilidad es capturado por el humano.


LVII

En los tiempos actuales/ machismo está abolido.
Mujeres esforzándose/ para romper cadenas
de esclavitud perversa, / superando mil penas.
No es ya objeto sexual/ del macho pervertido.

Ese tiempo ha pasado, / pero no es del olvido.
Ella fue ninguneada, / servidora de cenas;
paridora y guardiana/ de niños y de nenas;
casi una musulmana/ con presente perdido.

Y su futuro incierto, / mejor dicho anulado,
pues era programada/ para  macho taimado:
lustrar sucios zapatos/ y aliviarle las gomas46;

parir dieciocho hijos/ y ser abandonada;
sufrir de malos tratos, / sintiéndose humillada,
marchándose a llorar/ rumbo a llanos y lomas.

 

LVIII 

Pero poco a poquito, / patriarcas de estas niñas

les han dado su puesto, —se habla de clase media—.
No obstante, en la de abajo, / pobre hembra no remedia
mal bíblico machismo/ coronado con riñas;

en reclamos injustos, / pues el hombre con tiñas
adquirida en burdeles, / llega haciendo comedia
reclamando a esposa/ por tan sucia tragedia
provocada por él/ al contactar rapiñas.

Tímidas abuelitas/ basadas en la biblia
contra viento y marea/ conservaban familia
por guardar apariencia/ de marido decente.

Sus fiestecitas “rosa”/ fue exhibir en vitrinas
carnitas quinceañeras/ y unas caritas finas
ofrecida al gañán/ de conducta insolente.


47GOMAS: estado poscrapular o cruda, pea, resaca.
 

                       
 LIX
Desde hace medio siglo, / en forma progresiva,
féminas cuzcatlecas/ ya se están liberando
de aquel complejo absurdo: / ¡trenes te están dejando
y vestirás los santos/ junto a Tránsito Oliva!

¡Pobres tatarabuelas/ sin presente en sus vidas
con un corto pasado, / de muñecas, jugando;
con futuro sombrío, / frente al comal torteando
y en décimo parto, / morir envejecidas!

Abuelitas tuvieron/ sólo cinco caminos:
matrimonio precoz/ o vestir sanantonios;
ingresar en conventos/ con inciertos destinos;

hacerse costureras/ y usar planchas de brasas;
un puesto en el mercado, / con calor de demonios
o la prostitución, / muy lejos de sus casas.

LX
Esta fue cruel cultura/  impuesta desde Europa:
cristiana–musulmana, / con ribete judía
vergüenza en nuestra América. / Tal vez, y todavía
faltarán pocos lustros/ para romper cruel copa.

El machismo llegó/ de España, viento en popa,
a desflorar las vírgenes/ nuestras, con cobardía
y a heredarnos la sífilis, / un mal de porquería,
portada por inmunda/ salvajísima tropa.

En nombre de Jesús, /  llamado Salvador,
nos vino sifilítico/ soldado violador
liberado de ergástulas/ donde purgaba crímenes.

Y llegó a nuestras tierras/ donde nativas vírgenes
se bañaban desnudas/ con su clan de aborígenes;
pero vino energúmeno/ para estropear sus hímenes.

 C o n t i n u a r á

lunes, 25 de julio de 2011

Pao: El petate del muerto

Pao: El petate del muerto

Este adiós no maquilla un hasta luego
Este nunca no esconde un ojalá
Estas cenizas no juegan con fuego
Este ciego no mira para atrás

Este notario firma lo que escribo
Esta letra no la protestaré
Estas vísperas son las de después.

A este ruido tan huérfano de padre
No voy a permitir que taladre
Un corazón podrido de latir.

                                                         Joaquín Sabina 

(Últimas palabras a mi padre en el cementerio, el día que se fue)

                          El momento no era conformado solo por el tiempo. Había en ese instante un encuentro con las cosas y su materia, un hálito de dulzura que venía de los recuerdos de objetos como bien podría ser una taza, una toalla o una carta jamás leída. Los hechos conjuntándose unos sobre otros  no diferenciaban el pasado ni el futuro, no era un sueño donde se puede evadir el tiempo. Era el momento supremo, cuando el alma abandona el cuerpo. La velocidad con que ocurre es tan vertiginosa y basta que se siente en el ambiente una presión de vacío. Una fuerza centrífuga que se centra en los ojos hechos de luz y sombras. Es una eclosión de materia  profunda en su último segundo, presagiando el vuelo hacia otro encuentro en un impacto inevitable. El yaciente inerme y pálido ha cerrado sus ojos y crispado sus manos. Los caminos se desandan sin él,  las palabras van perdiendo sus habituales sonidos, su piel se desombra y va quedando mínimo en un desierto  inmenso de silencios. Han venido hasta el, las últimas preguntas de nosotros, los que los rodeamos; no sabemos que lleva en sus costados. ¿A qué horas llegará al sol? ¿Qué edad usará para vivir en la eternidad? ¿Qué quiere que hagamos de su última camisa? Los más dolientes nos miramos… las palabras se adhieren a la nostalgia  del último recuerdo de cuando sonreía. El alma va emergiendo poco a poco, como una oruga de luz saca la cabeza entre las sabanas, sus dientes  brillan y expande un extraño olor a tomillo muy parecido a la canela. Cualquiera esperaría una irrupción  de trompetas doradas, cánticos de ángeles entonando   cantos gregorianos o un réquiem beethoviano ambientando el sublime instante de la ascensión del alma y la aparición del torrente de polvo entre los labios. Quién diría que esta escena  había sido ensayada hace muchos años, los mismos protagonistas;  el mismo argumento de la muerte arguyendo  la precariedad celular y su desgaste. Claro que no basto el anhelo y la fe. Solo el privilegio de nacer fue ganancia, vasallos de un designio nunca se le permitió elegir el día y la hora. Condenado a la incertidumbre helo aquí,  cumpliendo la voluntad de a saber quién. Es mejor el brillo de la razón que las elucubraciones nebulosas de la esperanza, el precio de ser mortal lacera  la memoria de los afligidos y torna anti histórico el cadáver que nació. No es un viaje de fantasía, tampoco es el vuelo de un itinerante que olvidó su fantasma en el baño. Es un habitante del planeta que se va para siempre como cualquier otro de otro país, de otra religión, de otra raza. Pasaron más de setenta años para que suspendiera tu cara la sonrisa y la congoja, para darnos cuenta que un pedazo de hierro dure más que tu carne.   Cómo es posible que los monumentos y las piedras queden intactas en su tránsito por el fuego. Que larga será la vida de una flor  si la midiéramos por el peso del rocío sobre uno de sus pétalos, si el sigilo del gorrión  suspendido en su pistilo la eternice sin que nadie le mida ese  instante tan hermoso de la naturaleza. Así que en este viaje se vale ser una flor en la eternidad para que se impregne la galaxia de  naderías. Soy tu espejo a solas en la oscuridad. Viendo lo indefenso de tu cuerpo no me queda más que llamar al ángel   más grande que está hipando en una desvencijada gruta de peregrinos ex socialistas. Claro que no oír el rumor  de la Quinta Sinfonía es fundamentalmente melancólico,  más si aquella etérea visión de ver el football sin machetes  y juego limpio expuso a riesgos domingueros  tu orquesta oncena. Se valía dudar de tus rodillas dobladas  sobre alfombra de tus arrepentimientos;  pero tu sinceridad fortalecía  tus debilidades  frente a nosotros de vez en cuando acompasado por un tango o un bolero de Leo Marini. Hasta al último momento me enseñaste algo finito, te lo tenías bien escondido para asustarme con tu petate: ese silencio característico que tienes hoy que estás muerto, que no es ausencia de sonido, no más parece la prolongación del tiempo rosando tus pupilas oscuras mientras duermes. Morirse es dormir despacio diría yo, hoy te veo con los ojos cerrados. Circunspecto, tan callado que no hablas, tan inerme que no vas ni vienes, tan muerto en tu cadáver difícil de resucitarte,  tan redondo en tu partida entre una mancha de sinfonías rodeando  tus oídos clausurados. Presiento que después de este tiempo que llevas  calzando ese cadáver exquisito, si te dieran  elegir  levantarte como a Lázaro, no lo harías; no sé por qué; pero heredé de tus necedades  cierta terquedad, y estoy seguro de tu terquedad. También hablo de una antigua lucidez intelectual  que alguna vez adornó tus herejías. Alguna recia desfachatez se cobró algún clavo, dudo que para el escarmiento; más bien diríamos que es para ilustrarnos a nosotros que vivir es una larga y  espera poesía  clásica en versos de pie quebrado. Hoy nos dejamos mutuamente,  cada quien en su afán. Es mejor así, alejados de cualquier verdad es más fácil escapar de la tristeza, ni justos ni beduinos, sólo jactanciosos de una herencia estelar  incapaz de despertar envidias. Del reino, la joya de una corona de huesos en tu frente que a falta de territorios conquistados, quedan los hermosos recuerdos indestructibles porque quedan bien adentro. Sé que respiras despacio y  en secreto donde solo te ven las raíces del tiempo, un pájaro de fuego se ha posado en ese árbol inventado que ayer sembré en el laurel en tu nombre. Ya no respires, la hora se ha llegado y puede ser que alguna lágrima loca nos arruine el vino que reposa en el viejo odre escondido entre las piedras de un rio. Buen viaje Pao. Aunque no necesitas  cumbos viejos para tu viaje, hay te dejo el “Marinero de Ulises en alba del tiempo perdido” para que no te aburras. (Y deje el poemario sobre el ataúd.)
Adiós Pao.                          


                                                   Wilfredo López.                                                 

sábado, 23 de julio de 2011

Herejías, 9ena entrega

            H  E  R  E  J  Í  A  S
                 Por Ramón F Chávez Cañas
                           Novena entrega

XLIX
Existencia de Dios/ no está sujeta a credo.
Se crëe lo intangible, / lo superfluo e incongruente.
Débese estar seguro/ de esa Fuerza Prudente,
clarísima a la vez,/ sin permitir enredo.

Majestad del Supremo, / en mente del aedo37,
de profundos filósofos, / y todo inteligente:
físicos, matemáticos, / en pro del Medio Ambiente,
es una Verdad Pura/ contra todo torpedo.

El hecho de crëer/ nos acarrea duda:
¿mentiras o verdades?/ Sólo una mente ruda,
otoñal hoja muerta / dudará del concepto.

Duda es un punto clave/ para engendrar crëencia.
Ésta dominó al mundo; / pero vino la Ciencia
a confirmar a Dios./ ¡Eso era lo correcto! 

L
Esa Fuerza Prudente, / del alfa hasta el omega,
pensantes la han sentido/ con Sol, Luna o sin ellos;
con giros de planetas/ y múltiples destellos
de azules firmamentos... /¡El vate38, a Dios, no niega!

No acepta religiones. / Éstas con credos ciegan
a quien nunca ha querido,/ bajo de sus cabellos,
Luces de gran Verdad/ no dada a los camellos
jineteados por hombres/ de ilusión palaciega.

Y al no obrar con Verdad/ confunden la Razón
con tales dogmatismos/ lanzando humillación:
¡este macho es tu mula!, / si no, ¡vete al infierno!

El alma, para débiles, / es único tesoro.
En su afán por salvarla/ sufre y pierde el decoro
volviéndose piltrafa/ para clero y gobierno.
37AEDO: poeta; 38VATE: poeta. 

LI
Los sumos sacerdotes/ en palco junto a reyes
impropios y reinando/ con fraude o por espada
desde tiempos remotos/ partiendo de la nada,
han visto en mansas razas/ a genuflexos bueyes.

Las mancuernas de pícaros/ han impuesto sus leyes
basadas en patrañas/ lindas como el hada
madrina de nenitas./ Es mera marraneada
de papas, presidentes, / de patriarcas y beyes39.

Un filósofo dijo: / Farsas acabarán
cuando sea ahorcado/ último rey o zar
con la tripa delgada/ de último inquisidor.

Aceptar lo increíble/ por criminal y obsceno
mantiene a nuestra estirpe/ viviendo en el Eoceno40
en tan tierna centuria, / restándole esplendor.

LII
De la virgen María/ seremos respetuosos.
Dudamos de sus dogmas41/ y del parto indoloro.
No obstante, estudiaremos/ las mentiras en coro
gritadas desde Roma/ para sesos ociosos.

María nunca ha visto/ los parajes hermosos
en Cerro Tepeyac/ del México de oro.
Crónica clerical/ lo repite cual loro.
En siglo dieciséis, / ni escribas minuciosos

de aquella corte real, / ni del arzobispado,
registraron el magno/ momento imaginado.
Analicen anales/ de ese año42, ¡por favor!

Este mito comienza/ setenta años después,
año de la actual Era:/ en mil seiscientos dos.
De acuerdo con Raudales43: / la Historia está al revés.
39BEYES: monarcas del antiguo imperio turco-otomano.40EOCENO: Era geológica del planeta; 41DOGMAS DE MARIA: sin pecado original, concepción y parto virginales, asunción al cielo, madre de Dios; 42DE ESE AÑO: mil quinientos treinta y dos; 43RAUDALES, WALTER: poeta y novelista contemporáneo salvadoreño.




 LIII

A nuestro Francis Fanci, / pensador nacional
cerráronle programas/ de radiodifusión
porque en uno de ellos,/ con estudio y razón,
develó tal mentira/ del Cerro Tepeyac.

En esas conferencias/ de audición colosal
Francis Fanci vertía/ toda su erudición
deshaciendo tabúes/ de falsa educación
con respecto a doctrinas/ de corte espiritual.

Castillo Figueroa44, / Doctor en Medicina,
es único Maestro, / seguidor de Galeno.
Frente a ambos Profesores, / todo mi ser se inclina.

En su cerebro inmenso/ vive la patria entera.
Castillo, gran Doctor, / parece un Nazareno;
pero esta sociedad/ prefiere la quimera. 

LIV
Castillo Figueroa, / gran Fabio iluminado
con sencillez, decoro, / verdad y democracia.
Por ello al Mero-Mero/ le cae en mucha gracia
mirar a tan grandioso/ filósofo laureado.

Por ser un redentor/ casi crucificado
con la muerte civil, / dada por plutocracia45,
nuestro insomne país/ seguirá en vil desgracia
hasta cuando el Saber/ nos haya liberado.

Entonces, desde allá, / Castillo Figueroa,
tierno se apiadará/ del cerebro de boa
y hasta perdonará/ su rastrero desdén.

Mientras tanto, Don Fabio, / mil alumnos conscientes
siempre lo veneramos, / pues formó nuestras mentes
para servir al Dios/ de Hipócrates, también.
44DOCTOR FABIO CASTILLO FIGUEROA: graduado en la Universidad de El Salvador;  Profesor de Fisiología Renal especializado en Europa y E. U.;  Maestro de la materia en su Universidad, en E. U., Guatemala y Costa Rica;  Doctor H. C. de varias universidades; “Educador Meritísimo de El Salvador”, título otorgado por la Asamblea Legislativa. Electo Rector de su Universidad en dos períodos distintos; 45PLUTOCRACIA: gobierno de ladrones enriquecidos.
 
                          



                              C o n t i n u a r á

miércoles, 20 de julio de 2011

La Coyota Teodora

LA COYOTA  TEODORA
                      Por  Ramón F Chávez Cañas

        Don Ramón padre tendría la máxima edad terrenal de Jesucristo; y,  mi Pueblito, doblaría a Matusalén. Era  22 de enero en 1933. Es el mismo Pueblito prehispánico fundado por tribus Nonualcas. Capital del reino de las mismas cuando éstos se segregaron de las tribus Mayas asentadas en las ahora célebres Ruinas de Copán, Honduras; llegando a establecerse sobre faldas sur orientales y sur occidentales del majestuoso volcán Chinchontepec o Volcán de San Vicente. En la actualidad, sólo a  pueblos sur occidentales y occidentales al famoso volcán vicentino en el departamento de La Paz, se les conoce con el patronímico de Nonualcos. Mi Pueblito, insigne antigua capital de ese reinado o Nequepio, pertenece al departamento  San Vicente, 12kms al sur de aquella cabecera departamental.
         
          Esa noche enerina, por primera vez, en dirección poniente, más allá de la quebrada El Burro, a la altura de una bicentenaria ceiba de hacienda El Jiote, ahora propiedad del joven señor don José Ovidio Chávez Muñoz, se escucharon primeros aullidos de una bestia montaraz canina; aullidos agudos,  penetrantes, hasta lastimar  tímpanos de  bellos durmientes pueblerinos. El extraño concierto comenzó a 11 de esa noche para finalizar a 03 hrs en la madrugada del día siguiente. La gente no se alarmó, pues era bastante frecuente escuchar aullidos de coyotes en todas direcciones; pero con menor intensidad y menor frecuencia.
                                             *****
        Es el mismísimo caro Pueblito mío asentado sobre  faldas sur orientales y a media altura entre  base y cúspides de la montaña chichuda. Asentado en misma planicie ocupada antes por Tehuacán de Las Granadas, capital del Nequepio Nonualco,  una rama salvadoreña de los mayas, según lo afirmado por el historiador cuzcatleco: doctor Santiago Ignacio Barberena.
                                               *****
    
        Era 22 de enero… Un año exacto después de iniciada, hasta consumarse, aquella bárbara matanza de campesinos indefensos, quienes reclamaban mínimas condiciones vitales humanas allá en  occidente de nuestro pequeño e injusto país.
        
          La noche siguiente, mientras las cuatro o cinco familias principales del mistado Pueblito se cobijaban con gruesas mantas de lana chapina llamadas chivas, y los desheredados tiritaban, por el frío enerino, envueltos con sus sencillos perrajes batanecos, —fabricados en ciudad San Sebastián, departamento  San Vicente, con hilo de algodón de tercera o cuarta categoría—, el concierto se iniciaba,  terminando a las mismas horas; pero,  esta vez fue en otra dirección: al sur, por el largo cantón El Carao, cercano a casa de habitación y propiedades agrícolas ganaderas de don Buenaventura Alférez, (ahora de don Beto, su hijo). Eran aullidos profundos, largos y lastimeros; aullidos de un solo animal; aullidos incesantes, casi interminables, aullidos capaces de erizar la piel de las biatas más fanáticas y de los cortos de espíritu, pues se empezaba a creer en presencia diabólica o, transformación en coyotes de don Tino Sosa y/o de doña Estebana Patrulla: jóvenes estos aprendices de brujería con un maestro del vecino pueblo Analco, hoy barrio de Zacatecoluca. El tal maestro analqueño era apodado Coyote.
         
         Amaneció. El sacerdote Luís Pastor Argueta (cura párroco), doña Carlota Belloso v. de Fernández (la “biata” Carlota, decana), doña Onofre de Roque, doña Soledad Henríquez (2nda decana), doña Gregoria Calderón de Romero, don Buenaventura Alférez, don Moncho Chávez padre., don Enrique Garay y don Carlos Federico Molina II con don Jesús Orantes Vela, entre otros principales del acosado Pueblito; seguidos por multitud de quinientos vecinos más, de segunda y tercera categoría económica, emprendieron la peregrinación hasta el bicentenario árbol y hasta potreros de don Buenaventura, para presenciar y participar en exorcismos a realizar por el presbítero católico. El párroco Argueta inició la ceremonia auxiliado por don Luís González (don Luísito Burro) sacristán, y por ciertos jovencitos principales: José Gilberto Parras, Julio Asisclo Chávez, Paulita Rodríguez Molina, Tránsito Méndez Barahona, Melina Chávez, Estercita Cativo Hernández y Amalia Chávez Muñoz. El señor cura, luciendo su negra sotana, su casulla y estola blancas; su negro birrete sobre su cabeza calva; sus gruesos lentes montados sobre aros de también grueso carey; asiendo el recipiente del agua bendita con su mano izquierda, y con la derecha, sujetando el utensilio para el esparcimiento de la sagrada especie, se dispuso a rezar en latín unas oraciones sacras ininteligibles para el resto. La jerigonza se prolongó por varios minutos. Al final, el medio millar de miedosos, y contritos fieles, entonó el conocidísimo canto vernáculo religioso: Perdón oh, Dios mío; Dios mío,  perdón. Perdón Señor mío; perdón y piedad.
         
         La gente regresó contenta confiando en  efectividad de la recién pasada diligencia religiosa… Llegó la 3era noche… Nadie: ni adultos ni jóvenes; ni ancianos ni niños; ni hombres ni mujeres, esperaban, otra vez, aquella macabra sinfonía… Era primera noche de Luna llena… Las calles empedradas y heladas del asustado Pueblito, entre siete y nueve de esa noche, se veían colmadas por jovencitos y niños de uno y otro sexos. Los segundos jugando de: “Escondedero”, “Me regala fueguito”,”Esconde el anillo”, “Pizpirigaña”, “Arranca cebollas”, “Sin Marín”, “Casco de la rueda”, y más. Los jovencitos varones  mirando a jovencitas y suspirando por ellas, distantes a 50mtrs  desde ellos; pues en esos tiempos, y en casi todos los conglomerados humanos del país, era pecado mortal una tertulia entre mozalbetes de distinto sexo. 

         Las jovencitas torteaban popusas verdaderas para venderlas por pistos de China (obtenidos fragmentando más los platos rotos llamados de China), a toda la niñez. Aquellos adultos principales, apoltronados en sus sillas mecedoras, tanto en  portales exteriores, como en las aceras de sus respectivas residencias, compraban con dinero verdadero; charlaban con sus vecinos o invitados especiales para presenciar tranquilos, por tres o cuatro bellas noches consecutivas, en cada mes despejado, el lento, firme e incontenible ascenso de Sacra hostia argentina de luz que, al iluminar techos de arcilla rojiza, paredes blanqueadas con cal, aquellas grises callecitas empedradas, verdes copas de frondosos árboles, tenue amarillo de rastrojos y pastizales veraniegos, hacía, porque no había luz eléctrica, que aquellos dichosos seres humanos  se inspiraran con sus: guitarras, violines, acordeones y otros instrumentos musicales en manos, para cantar tangos argentinos, rancheras mexicanas, bambucos colombianos y románticos boleros cubanos; asimismo, valses de Strauss, y de salvadoreños: don José Granadino, don Felipe Soto, don Domingo Santos y don Napoleón Rodríguez. Poetas pueblerinos: don Juan Pablo Espinosa y don Pedro Berríos, ambos célebres bohemios locales, recitaban sus inspiraciones o poesías de don Anastasio Navas; éste, famoso ciudadano viroleño en apogeo al inicio de este moribundo siglo XX. El señor Espinosa recitaba un poema de Navas que al final decía: “Quisiera contemplarte cuando el Febo/ hace su despedida en Occidente/ ¡Es algo que a pintar yo no me atrevo/ porque nunca podría, aunque lo intente”.// Tal poema es un saludo al volcán Chinchontepec… Don Pedro Berríos, de su propia inspiración, recitaba: “Blanca Luna que asomas muy radiante/ por añil transparente de mi cielo/ Noctámbula vas en divino vuelo/ de luz clara y a mi amor tan desafiante//… /Cuando vuelvas a rieles, oh, ligera/ y sacra hostia argentina de luz/ te daré mi caricia, la postrera/por el amor que me has negado tú”//.
         
           Doña Segunda Henríquez vda. de Chávez y doña María Teresa Molina Chávez de Alférez, dos principales matriarcas del  mío Pueblito, servían café con pan dulce; tamales y tragos de licor para tan selecta concurrencia a los portales exteriores de sus respectivas vecinas mansiones. A las diez de esa misma noche, callecitas, aceras, y portales circundantes a  placita central y a iglesia parroquial, habían quedado desiertos; pues todos, grandes, medianos y pequeños, estaban recogidos sobre sus camastrones o sobre sus tapescos. Mientras, la inmensa Luna llena, semejando gigantesca antigua bamba de plata, continuaba su indetenible camino para llegar al cenit a media noche; luego descender, con más rapidez,  evitando ser alcanzada por el malvado Sol.
         
        Once horas de aquella tercera noche… Don Moncho padre, don Jesús Orantes padre, don Lino Parras, los dos poetas, todos los músicos,  cantantes y  los demás, comenzaban a roncar en sus respectivas camas… Once de esa tercera noche… El precioso silencio pueblerino es herido, otra vez, por prolongados y repetititivos lamentos de aquel ignoto animal; pero, ahora, el terror venía desde rumbo oriente, allá por  “Loma de  la Guerra” y quebrada “de la Muerte”, un kilómetro antes de llegar al llamado Río Grande local, en terrenos de doña María Teresa Chávez de Alférez. El cura tocó arrebato. De inmediato, adultos y jóvenes varones acudieron al convento parroquial. Llegaron armados desde coronillas hasta pezuñas. Don Moncho padre fue el primero en presentarse. Llegó acompañado de sus adolescentes hijos: Julio Asisclo y Jesús Alfredo; asimismo, de don Chus Orantes, su cuñado; y de sus hermanos: don Juan Cruz, don Carlos Antonio y don José María. En seguida, hizo presencia todo el puesto local de la sanguinaria “benemérita” guardia nacional o correyuda (ya prostituida por políticos genocidas del año anterior, 1932) y las  aguerridas voluntariosas patrullas civiles de diferentes barrios y cantones adyacentes. Don Buenaventura Alférez, enérgico señor alcalde, llegó por último para comandar a los patrulleros.
         
        Cuando la Luna estaba en su apogeo, aquellos aullidos parecían más fuertes, más consecutivos, más cercanos; pero en misma dirección, allá, en periferia oriental, cerca de la casa de don Juan Pacho, primohermano de don Moncho padre, ahí presente. Cien hombres reunidos en casa conventual estaban indecisos. Don Jesús Bonilla Chávez, otro primo lejano de don Moncho padre temblaba diciendo no tener miedo; sólo temor. Don Venturita, con su voz característica de tiple afónico, sugería esperar el nuevo día para organizarse mejor. Esta idea la secundaron: don Victoriano Alférez, esposo de María Teresa, y familiar de don Venturita, el señor alcalde. También la apoyaron don Moncho padre, con su comitiva. Por la emergencia, los más de cien hombres hicieron guardia hasta amanecer cuidando, tal cual cuidaban los toros salvajes al rebaño de vacas y terneros, para protegerles de un posible ataque gran felino. Así les amaneció, aun cuando  aullidos se habían suspendido a tres en punto de esa otra madrugada.
         
       El maishtro César, único (anciano) policía municipal, y don Miguel Tomás López, secretario, a diez de esa mañana, leyeron el bando firmado por el jefe edilicio. El bando fue leído en las cuatro esquinas centrales del municipio. El anciano maishtro César Hernández, golpeando con sus últimas fuerzas los platillos metálicos todavía sonoros heredados, quizás, de alguna banda musical regimental antigua o colonial, convocaba a la ciudadanía toda para escuchar el pronunciamiento municipal. El bando o edicto decía: “Buenaventura Alférez, alcalde municipal por la infalible gracia de mi general (Martínez), a todo el conglomerado de esta bella comprensión manifiesta: Durante las tres últimas noches,  la calma secular de este privilegiado municipio ha sido interrumpida por ladridos de perros salvajes, lobos o coyotes. El miedo o temor manifestado por el ciudadano don Jesús Bonilla Chávez,  es similar, tal vez  mayor, al manifestado por nuestras esposas y pequeños hijos. Las doñas: María Teresa Chávez de Alférez y Segunda Henríquez vda. de Chávez, las ‘meras, meras’, ofrecen recompensas consistentes en: dos yuntas de bueyes amansados; dos carretas completas; cuatro vacas paridas de veinte botellas diarias cada una; seis manzanas de tierra para cultivar granos básicos durante diez años consecutivos; un potro o corcel con su silla de montar nueva a cada valiente, sin exceder a diez; y, un mil colones en efectivo, para aquel ciudadano o grupo de vecinos, sin pasar de diez, que logren ahuyentar esa amenaza. Ofrecen el doble, si ese señor o señores, traen, hasta esta alcaldía, el cuerpo exánime de la bestia. Hasta el triple, si la fiera es traída viva. Para tal efecto, contaremos con balas y machetes 'curados y bendecidos' por el señor cura párroco Luís Pastor Argueta. El o los premios, serán entregados quince días después de haber cesado, por completo, los infernales alaridos. Para su cumplimiento, el señor alcalde, en uso de facultades otorgadas por constitución vigente, nombra coordinadores de la tal operación, a los señores: don Moncho Chávez Henríquez y don Jesús Orantes Vela, ambos cuñados entre sí; por ser ellos las dos personas más ecuánimes de este noble municipio. Dado en el Palacio Municipal del Pueblito, a veinticinco de enero de mil novecientos treinta y tres. Firmado: B. Alférez, alcalde municipal; Enrique Garay, síndico; ante mí: Tomás López Bonilla, secretario”.
         
        El bando o edicto causó cierta alegría en algunos; no obstante, en otros, en especial en  “biatas” y en timoratos, no hizo mella. Don Moncho padre, y su valiente cuñado Orantes Vela padre, dijeron: “¡Manos a la obra!” En efecto: organizaron ocho patrullas compuestas por veinticinco hombres cada una. Cada patrulla vigilaría uno de cuatro puntos cardinales conocidos, más otros cuatro puntos cardinales intermedios. Trabajarían desde diez de la noche hasta cuatro de la madrugada del día siguiente. Dormirían el resto de las horas. Las dos matriarcas, aprovisionarían de alimentos y de otros menesteres esenciales a las familias dependientes de los doscientos vigilantes. Don Jesús Bonilla Chávez, a ruegos del sacerdote, dio prestados cuarenta rifles, ochenta escopetas chachas, cien revólveres y doscientos machetes empeñados en su ilegal montepío pueblerino.
         
        Los dos cuñados coordinaban las ocho comisiones. Don Jesús Bonilla Chávez rehusó integrarse en algún pelotón. A seis de cada tarde, éste estaba ya encamado,  pidiéndole a las once mil vírgenes ser liberado de eso terrorífico. El señor cura, las “biatas” y algunos niños mayorcitos, entre siete y ocho de la misma noche, rezaban vía crucis en el atrio y al interior del templo. Las dos matriarcas, con sus incontables sirvientes, preparaban el abasto o chojín para  cena-desayuno de doscientos guerreros. El santo sacerdote Argueta “bendecía” escopetas, rifles, revólveres, cutachas y  balas de aquellos hombres valientes.
        
         Comenzó la cacería. Casi todos los miembros de aquellos pelotones estaban equipados, también, con lámparas frontales al respecto, cuyo energético era el carburo de tungsteno, pues lamparas de pilas no eran conocidas aún ahí. Adolescentes de cuatro o cinco familias reinantes en ese mini latifundio, diseminados entre batallones, se hacían acompañar de sus varios delicados, por ser legítimos, perros sabuesos caros. Aullidos de ignota fierecilla eran desconcertantes: Cinco minutos después de haber aullado por el puente El Burro, estaba haciendo lo mismo en dirección opuesta,  seis kilómetros al sur: por edénica hacienda Las Pampitas, —propiedad de dos primos-hermanos del famoso cuentista, pintor, novelista y poeta salvadoreño: “Salarrué”—. Cuatro minutos más tarde, el lamento era escuchado al occidente, por la otra estación ferrocarrilera IRCA, situada en hacienda Concepción de Cañas, —latifundio éste donde naciera el discutido, por dudoso, Libertador de esclavos centroamericanos—. Así, durante diez largas noches, la persecución fue inefectiva. Los pelotones rotaban. Sólo don Moncho padre,y don Chus padre, no pedían ni daban tregua. Tino Sosa y Estebana Patrulla, cumplían doce días de estar encarcelados, por fuertes sospechas de brujería recaídas, desde el principio, sobre de ellos.
         
        Quince días después de tanto cotidiano fracaso, ambos cuñados siempre estaban entusiasmados, aun cuando el ejército inicial se había reducido a tercera parte. Al décimo sexto día, por la mañana, se presentó, a casa de don Moncho padre, el joven señor don Antonio Miranda Jiménez, —ambos ex condiscípulos (1907-1917) en colegio Santo Tomás del canónigo Raymundo Lazo, en ciudad San Vicente—. Miranda Jiménez era dueño del tan extenso, como fértil latifundio pueblerino llamado Hacienda El Obrajuelo, cuyos límites de entonces los marcaban: Río Bajo Lempa, al oriente; Océano Pacífico, al sur; Estero Jaltepeque, más Río Los Amates, al poniente; en el lado norte, limitaba con los extinguidos ejidos pertenecientes al nunca bienamado Pueblito. Era una caballería por otra caballería de extensión (64mzs. x 64mzs.= cuatro mil noventa y seis manzanas), tierras que ni el propio dueño conocía en su totalidad—. Miranda Jiménez habló así:
     
          Oye, Moncho: allá en mi hacienda El Obrajuelo, están dos hombres recién llegados. Son forasteros… Dicen venir desde Usulután y dirigirse hacia San Salvador… Uno es de apellido Carpio; el otro, de apellido Mármol… Ambos afirman haber escapado de la muerte por fusilamiento, y ser fugitivos de la tiranía recién impuesta. Ellos conocen de mi amistad y parentesco con el General don Fernando Figueroa. Creen contar con mi protección, por haber sido, el General Figueroa, un presidente excelente de El Salvador, con grandes influencias político-militares aún después de muerto; pero tú, siendo tan amigo del “correyudo benemérito” mayor Morán, comandante local, les puedes proteger mejor; pues en la campiña, tú bien lo sabes, las inspecciones y cateos están a la orden del día… Tráelos a tu molienda… Documéntalos por medio de don Buenaventura, el señor alcalde. Móntalos al ferrocarril en la vecina estación  Tehuacán… Ellos y yo te lo agradeceremos… ¡Dios te pagará!”
          
           Don Moncho padre,  aceptó. A seis de esa oscura tarde, los dos hombres estaban hospedados bajo un tibio “iglú”, fabricado con bagazos de caña de azúcar, en patios de la molienda suburbana propiedad de doña Segunda, madre de don Moncho padre. Éste les entregó agua potable, comida, batidos de una panela especial y chicha. A diez de esa misma noche, al iniciarse la enésima batida contra del canino problemático, don Moncho padre visitó a sus fugitivos huéspedes. Les narró detalles al respecto del coyote llorón y escurridizo. Mármol, un muchacho frisando entre los veinticinco y veintiocho años, le dijo:
      Oiga, don Moncho: yo era activista comunista al  iniciarse la persecución contra indígenas de Occidente. Indígenas no eran comunistas: yo, ¡sí! Indígenas y mestizos campesinos, jornaleros del occidente, pedían mejores salarios y escasas prestaciones sociales no existentes. Yo, en Izalco, presencié cuando un tal general de apellido Calderón convocó, al parque central, a todos los varones: adultos, jóvenes y adolescentes, para dirigirles un mensaje de paz, y entregarles el respectivo salvoconducto liberador de la persecución genocida. Al momento de  estar reunida aquella miríada masculina, la salvajísima Guardia Nacional o “benemérita-correyuda”, más soldadesca de otros cuarteles, taparon bocacalles y corredores naturales. En seguida, las 'tartamudas' dieron cuenta de aquellos indefensos, engañados por el mentado Calderón. Una mujer de mediana edad, —prosiguió Mármol con voz entrecortada y con ojos anegados en lágrimas sentimentales—, lloraba y gritaba enloquecida, pues su esposo y sus cuatro muchachos, el menor de trece años, habían sido masacrados por esbirros de la tiranía martinista; mas, no encontró sus cuerpos, porque camiones seudo militares, habían recogido cadáveres para enterrarlos en fosas comunes en otras campiñas lejanas. Ella juró convertirse en Coyota. No descansar hasta encontrar a sus seres queridos o, al menos, encontrar sus tumbas. Esta mujer se llamaba Teodora. Ruégole, don Moncho, —terminó de hablar el fugitivo sobreviviente —, guardarme esta conversación en secreto. No contarla ni a doña Segunda, su honorable madre, pues cualquier indiscreción no mal intencionada, puede costarnos la vida. Al día siguiente, don Moncho padre arregló las falsas pero necesarias documentaciones. En el prieto tren vespertino IRCA, los perseguidos prosiguieron su camino hasta la capital salvadoreña.
                                               *****        

        La inconsolable Coyota siguió llorando. Don Moncho padre había perdido todo interés en tal objetivo. Escasas patrullas continuaron su accionar. Don Chus Orantes Vela p., ignorando lo revelado por Mármol, también continuó en el empeño. Tres meses después, el día de santa Cruz, a medianoche, mientras caía la primera tormenta formal de aquel invierno tropical o estación lluviosa,  Sordo Rafay, Nacho Roque, Fernando Villegas y José María Peñate, —todos ellos peones carreteros al servicio de doña Segunda, y de jovencita señorita Carmen Chávez Henríquez, recién casada con don Jesús Orantes Vela, quien llegara al exquisito Pueblito como telegrafista jefe—, abatieron, con balas curadas por Coyote analqueño y por alumnos de éste: Tino Sosa y Estebana Patrulla, a la pobre Coyota Teodora. La abatieron bajo el frondoso follaje de la ceiba mencionada al principio; ceiba desde la cual,  Coyota Teodora había debutado en el Pueblito, después de haber rastreado todos los campos rurales occidentales, por más de un año.
          
         Don Moncho padre pidió se le donara aquel espécimen. Ello fue hecho así con previa autorización del alcalde y del señor cura. Don Moncho p., un recién viudo, joven bohemio, la trasladó a su casa de habitación… Llamó a  Encarnación Roque (Chón de a Medio) y a Simona Gálvez, jóvenes brujas blancas, bisoñas. Les explicó todo lo sabido por él con respecto a esa Coyota. Ambas hechiceras invocaron a espíritus buenos: a don Francisco, padre de don Moncho; al General de División, Carlos Federico Molina I, héroe en Batalla de Coatepeque contra tropas invasoras chapinas, General de División oriundo del lugar, padre de doña Juanita Molina de Ayala, una santa mujer; a José Simeón Cañas Villacorta, con olor a prócer libertador de esclavos, también nativo del oloroso Pueblito. Este discutido prócer ha sido usurpado por la ciudad de Zacatecoluca.
         
          Mientras aquellas dos jóvenes brujas blancas permanecían arrodilladas invocando a veintena de buenos espíritus locales, don Moncho p., acostado en su hamaca de pitas retorcidas y devanadas por artesanos del pueblo Cacaopera, sorbía su tibio coñac y fumaba su habano Partagás, leyendo el enésimo número de la revista Estrella Roja, enviada por Mármol en correo clandestino. A tres de la madrugada, brujas blancas encontraron la clave. Don Moncho p., el Quijote criollo, alumbrado por un débil quinqué, disponíase a reanudar la lectura de “El Capital”. Chón de a Medio, jubilosa lo interrumpió: “Don Moncho, don Moncho…Por favor, ¡venga a ver!... ¡Esta Coyota se está transformando!... ¡Mire, pues!...¡¡Está tomando  forma de mujer!!” En efecto, la ex bestia había tomado forma de una hembra cincuentañera… Aborigen de cabellera larga, lisa y negra; de labios protuberantes no exagerados; de pestañas rectas tal cual alero de rancho pajizo; de pantorrillas similares a tlamemes. En fin, de características propias de abnegada madre indígena universal. Don Moncho acudió al santo Cura Argueta y a don Luisito Burro, el sacristán. Les narró todos los pormenores respectivos. Al final, entre todos, cavaron, sudorosos, una cristiana sepultura con  dimensiones reglamentarias. En el interior depositaron los restos mortales de aquella desventurada e ignorada madre de mártires. La sepultaron en traspatio de la casa mencionada, sin ataúd  para evitar más escándalos. Durante nueve días, tarde a tarde, los cinco personajes se reunían para rogar por el descanso eterno de tan sufrida mujer.
       
        Don Moncho p., ya sin bohemias alcohólicas, cada noche platicaba con los espíritus queridos de esa infortunada fémina, y con el de ella misma. Estos, paso a paso, le indicaban cuánto él debería hacer. Fue así cómo, don Moncho p., supo escoger a la actual segunda esposa: Doña Carmela Cañas de Chávez, Santa, Sabia, Fiel segunda esposa, aun en viudez; pues don Moncho falleció en marzo cuatro de 1988. ¡Dios debe tenerle en paz!
                                                       F I N
                                             09 de marzo en 1996

Tomado del libro "HISTORIAS ESCONDIDAS DE TECOLUCA"

lunes, 18 de julio de 2011

Herejías, 8ava entrega

         H  E  R  E  R  E  J  Í  A  S
                Por Ramón F Chávez Cañas
                       Octava entrega
  XLIII
Estudiemos atentos/ las historias sagradas:
caldeas y asirias; / egipcias y hebreas;
helénicas, niponas, / hindúes y arameas,
desde cuando iniciaron/ falaces alboradas.

No evitemos lecturas/ de obras parcializadas,
para así comparar/ truculentas ideas
con tan Justa Razón, / no envasada en obleas.
Entonces, nuestras mentes/ serán bien despejadas.

En el nombre de DIOS/ hay miles diosecitos
—se repite este verso, / perdonen si fatiga
pues sobre esta cuestión/ hay millones de escritos.

Enanas teosofías/ carecen de valor.
Dios Inconmensurable/ ya tiene quien lo diga:
Ciencias con la Verdad, / con Artes y Amor.
 XLIV 
Mentiras tëosóficas/  nunca han sido imparciales. 
Son escritas por hombres/ con tan crasa ignorancia
y por ese motivo, / también con arrogancia,
se creen muy superiores/ al resto de mortales.

Dioses del Bello Amor/ no están en catedrales,
ni en Salones del Reino/ do reina la jactancia;
tampoco en Tabernáculos/ Bíblicos de elegancia
donde obesos pastores/ carroñan cual chacales.

Escribanos  conscientes/ jamás escribirían
sobre el Inmenso Dios,/ Dios Inconmensurable.
Cerebros Honestísimos/ nunca se atreverían.

Imposible a simiescos, / también a extraterrestres
dictar leyes divinas. / Y dice el miserable:
Este macho es mi mula. / ¡Somos buenos ecuestres!

 XLV
Catedrales arcaicas/ de judíos bautistas
exhiben diez banderas/ y un escudo en el medio.
Glotón pasease orondo, / dando falso remedio
a tanto aburguesado, / quienes pierden las pistas.

Cambiando ese canal, / de interminable lista,
aparece otro “teósofo”/ repartiendo su tedio
a humildes suburbanos, / ofreciéndoles predio
en celestial  mansión. / ¡Qué absurdo evangelista!

Si esos son mis amigos, —dice el Omnipotente—,
prescindo de enemigos, / pues me basto con ellos;
pero me indigna al máximo/ mentirle a pobre gente.

Yo resido en la Ciencia, /  la Paz y en la Cultura;
en Sublimes Amores/ más en Cerebros Bellos;
y no en vocabularios/ de miedo y calentura.
 
XLVI
La Reforma nació/ con Lutero y Calvino.
El Mundo Occidental, / ya cansado de Roma,
pensó con reformismo/ tener nueva paloma
para reorientar/ vidas de oro y vino.

Pero esta humanidad/ no cambió su destino
porque esos nuevos amos/ del credo sin aroma
fueron seres fanáticos/ con una mente roma
para seguir quemando/ defendiendo al divino.

El rey de los ingleses/ llamado Enrique Octavo
fabricó diosecillos/ a su gusto y medida,
pues él quería ser/ señor de poligamia.

El rey del Vaticano, / soberbio cual real pavo,
lanzándole anatemas/ por disoluta vida,
perdió a viejo compinche;/ pero siguió la infamia.
 
XLVII
En el barco May Flowers, / ingleses puritanos,
a ese tal diosecillo/ trajeron hasta América
a través del Atlántico,/ fue en peripecia homérica,
para sembrar terror/ a nativos humanos.

Los disfrazados lobos/ con ropajes cristianos,
mataron aborígenes/ para robar emérita
tierra de ensoñación;/ asimismo quimérica
riqueza cultural/ de esos dignos hermanos.

Fue tan Pérfida Albión32, —saqueadora de Australia,
del África del Sur/ y otros doce confines—,
quien impuso al diosillo/ cual un Dios Verdadero.

Al continuar leyendo/ se sufre una dislalia33
porque allá en Nueva Orleáns,/ feudo de los Delfines34,
llevaron dios francés;/ mas, siempre carnicero.

XLVIII
Tan falsos paladines/ de oprobiosa anti ciencia
en nuestro pedacito/ de tierra: El Salvador,
quisieran imponer/ por fuerza del terror,
los papiros hebraicos,/ rectores de inconsciencia.

¿Dónde hallarán mentores/ con Verdad y Paciencia
para explicar al niño/ quién es el violador
de la bella Tamara,/ hija de un rey de Sión,
y los concubinatos/ y la concupiscencia?

¿Quién les explicará,/ sin salir por tangente,
crímenes del Josué,/ del David, Salomón;
del Simeón, del Moisés,/ y más bíblica gente35?

¿Cómo decirle a jóvenes,/ para justificar,
el incesto de Lot36,/ venganza de Absalón?
¡¡La juventud entera/ podríase arruinar!!

32PÉRFIDA ALBIÓN: Inglaterra; 33DISLALIA: tartamudez; 34DELFINES: herederos del desaparecido reino de Francia = príncipes; 35BÍBLICA GENTE: ver bibliografía de sonetos anteriores; 36LOT: Génesis 19, 30-38. Ningún hombre, mucho menos un anciano como Lot en estado de borrachera profunda, alcanza la erección ni, mucho menos, la eyaculación; pero el fanático dice: “todo lo puede Dios”.

CONTINUARÁ