Anastasio Jaguar

Anastasio Jaguar

Breve Biografía de ANASTASIO MÁRTIR AQUINO (1792-1833):

Único Prócer salvadoreño verdadero en siglo XIX. Nativo de Santiago Nonualco, La Paz. De raza nonualca pura. Se levantó en armas contra Estado salvadoreño mal gobernado por criollos y algunos serviles ladinos, descendientes, éstos, de aquéllos con mujeres mestizas de criollo o chapetón y amerindia; pues esclavitud inclemente contra: indígenas, negros, zambos y mulatos, era insoportable para el Prócer Aquino. Fue asesinado por el Estado salvadoreño en julio de 1833, —después calumniado hasta lo indecible, tratando de minusvalorar sus hazañas; así como hoy calumnian a Don Hugo Rafael Chávez Frías y, ayer, al aún vivo: Doctor Don Fidel Castro Ruz.

En honor a tan egregio ANASTASIO AQUINO, este blog se llama:

“A N A S T A S I O A Q U Í S Í”

viernes, 18 de mayo de 2012

VICISITUDES DE UN ESTUDIANTE...


VICISITUDES DE UN ESTUDIANTE UNIVERSITARIO                               TECOLUQUENSE
        Del libro “Historias Escondidas de Tecoluca”
               Escrito por Ramón F Chávez Cañas
        
                                Al conocerse que este muchacho había sido aceptado en Universidad de El Salvador, decenas de  “biatas” pueblerinas se escandalizaron. Durante 30 ó más días, éstas desfilaron a diario por el hogar de doña Carmela Cañas de Chávez, tratando de disuadirla de ese mal paso a dar. “Beata” doña Carlota era la principal. No obstante, su piadosa pero errada intención era sincera. Doña Carlota Belloso viuda de Fernández, argumentaba así: “En esa Universidad de El Salvador se corrompe a jovencitos, de manera especial a nuestra juventud pueblerina. A don fulano de tal ahí lo hicieron bolo; a don zutanito, lo hicieron comunista, ateo y masón. ¡No! ¡No!, Carmelita: todavía estás a tiempo para evitar tan magna tragedia en tu joven hogar. Además, si monseñor Pedro Arnoldo Aparicio y Quintanilla (Tamagás) llegase a enterarse, de inmediato lanzaría excomunión para ti y para todo tu grupo familiar. ¡¡Dios les guarde de semejante anatema!!”
      
          Joven madre del flaco bachiller la escuchaba con atención silenciosa y respetuosa. Cuando dicha infatigable anciana beata viuda de Fernández había agotado argumentos y “juelgos”, esposa de don Ramón, madre del bachiller Ramoncito, con dulzura característica de familia Cañas-Merino, le respondió:
    
          Usted habla con sabiduría, doña Carlota; pero único camino posible para mi hijo querido, es nuestra Universidad. Si no se hace así, él y mis futuras generaciones, o sea: mis nietos y mis bisnietos, estarán condenados, hasta  final de los siglos, a ser burdos iletrados campesinos o pueblerinos; porque nuestro refundido Pueblito, aún con postizo título de ciudad, “concedido” por politicastros electoreros de ayer, de ahora, y siempre, no ofrecerá mejores niveles de vida. Titulillo dado al Pueblito Tecoluca allá por 1930.  San Vicente y Zacatecoluca (Virola), otras falsas grandes ciudades, no reúnen requisitos internacionales para ello. En Centroamérica, sólo las cinco o seis ciudades capitales, en especial Ciudad de Guatemala, reúnen, raspadas, mínimas condiciones para ostentar  el título de Ciudad. En vista de sus cariñosas y sinceras intenciones, yo suplicaría a Usted; también al resto de buenas personas interesadas en  feliz porvenir y en salvación del alma de mi pobre e inocente hijo, acompañarme a diario en oraciones para que él no vaya a torcer el camino ejemplar marcado por cristianos católicos habitantes de este piadoso Pueblito.
       
          Doña Carlota, terca o tozuda,  repostaba  así:
   
        —No Carmelita, no. El diablo de la capital superará a todas nuestras oraciones. Es más: sólo el ser bachiller, es suficiente motivo para no dejarse engañar por estafadores o rufianes luteranos enquistados en esa pérfida Universidad de El Salvador. Con terrenitos agrícolas o guatales y hortalizas, más ganadito vacuno de ustedes, es suficiente, hasta sobra, para que este casto imberbe permanezca entretenido. Además, Nicolás Cañas Merino, tu único hermanito varón, le puede enseñar a tocar guitarra, mandolina o violín. Don Chepe Montes Argueta, telegrafista jubilado, le pudiese enseñar la clave de Morse para que nunca llegase a morirse de hambre. El profesor don José Ricardo Chávez Cruz, me ha dicho tu cuñada, doña Carmen Chávez viuda de Orantes, le puede conseguir beca en “Escuela Normal de Maestros Alberto Masferrer”, para evitarle a tu hijo caer en fauces de comunistas-ateos-masones-luteranos de tan malvada universidad”.
          
         —Oiga, doña Carlota, —respondía sumisa la madre del bachillercito—: yo estoy en total acuerdo con Usted; pero, no tengo  autoridad suficiente para cambiar ese buen o mal destino hasta ahora trazado para mi hijo. Hable Usted y sus compañeras, con mi esposo. Sólo él puede poner marcha atrás.
         
          —¡¡Ave María Purísima!! ¡Cállate Carmelita! Tu esposo es tan terco, superior a mula. Él nos mandaría al carajo en un dos por tres. …(¿…?)... ¡Claro que sí! Hace diez o doce años, tu esposo mandó al carajo al reverendo padre don Iñigo Martínez Pescador, español, nuestro dignísimo señor cura-párroco, cuando vinieron por primera vez aquellos satánicos predicadores de la mal llamada “Iglesia evangélica misión centroamericana”, dirigida por cierto luterano de apellido Abrego, ¿recuerdas?... No, niña, no. Preferimos la perdición de tu muchacho a enfrentarnos contra la fiera atea de tu esposo.
                                              ******
       
         
        En 1960, tal pescuezón tecoluquense cursaba tercer año lectivo de carrera universitaria médica en pacientes humanos. Mal gobernaba o desgobernaba el país, la camarilla comandada por falso presidente-poeta-escritor, de origen hondureño, milico José María Lemus.
       
          A mediados de aquel mes de agosto en citado año, masiva concentración estudiantil universitaria, frente portón principal de  antigua Facultad de Medicina y de hospitales: José Rosales, antiguo Benjamín Bloom y Hospital de Maternidad, se estaban organizando para marchar hasta Centro Histórico de San Salvador, para protestar allí, contra desgobierno del falso poeta-escritor, milico-hondureño coronel José María Lemus. Joven bachiller, después doctor Rodolfo Paniagua (Popo†) —verdadero, moderno y genuino “ilustre” sanvicentino—, presidente de “SEMEA” (Sociedad de Estudiantes de Medicina doctor Emilio Álvarez), entre otros representantes legales de AGEUS (Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños), dirigían aquella marcha patriótica. Caminarían libres hasta Paraninfo o Rectoría Universitaria (antiquísimo local del colegio de señoritas “popof” llamado Sagrado Corazón); en cercanías del otro local de ANTEL Centro (ahora privatizado por neoliberales).
      
        Tal marcha de protesta se desplazaba por Calle Arce, frente a  iglesia católica Basílica Sagrado Corazón de Jesús. El bachiller Chávez de súbito fue interceptado por otro muchacho tecoluquense “benemérito o correyudo” vestido de civil: Antonio Salinas Molina (Toñito Pepa), quien le dijo:
        
         —Yo estoy con licencia militar temporal. De inmediato voy para el cuartel central de la GN. a uniformarme y ponerme, ahora mismo, a disposición. Mira Monchito: tenemos orden de tirar a matar. Además, acabo de encontrarme con Luis Alejo o “Chucha-cuta”, te acuerdas de él, ¿verdad?  Pues él también es tecoluquense del cantón Agua Caliente. Me ha dicho: “A ese bachillercito Chávez Cañas le llevo hambre. Hasta balas curadas le he puesto a mi fusil. Sólo espero tenerlo a tiro para acabármelo”.
       
        Luís Alejo o Chucha-cuta, servía a la otra criminal “policía de hacienda” que, junto con la guardia nacional, la policía de “línea” y  cuerpos para-militares represivos, defendían, asesinando, los injustos privilegios de las bien llamadas catorce familias ladronas desde la conquista y colonización, constituyentes de la oligarquía salvadoreña.
         
         El correyudo coterráneo Toñito Pepa se retiró de prisa. En menor tiempo del cantar de gallos, policías nacionales urbanos y policías municipales capitalinos (1960), estaban aporreando con garrotes “topekas”; (topeka: en referencia burlesca al nombre de un buque militar gringo en el cual venían millares de garrotes de tosca madera para reprimir a protestantes en contra del falso presidente-escritor-poeta, milico hondureño Lemus).
        
         El desamparado joven tecoluquense, tal vez valiente estudiante universitario de medicina humana a nivel del tercer año de Áreas Básicas, recibió fuerte bastonazo de hule, (no topeka), en plena media frente, —donde empezaba su cuero cabelludo de entonces, ahora visible en su mediana calva—. Sangrante fue esposado. Luego metido al interior de la ambulancia municipal o “palomita” (1960), para ser llevado, junto con docena más, a bartolinas del cuartel general de la PN (no civil), cerca de la Cuesta del Palo Verde. Ahí fueron fotografiados de frente, de perfil y fichados con sus huellas digitales. —Roque Dalton tenía meses de estar guardando prisión en antigua Penitenciaria Central, ahora oficinas del Fondo Social para la Vivienda, FSV,-já, já, já, frente al parque Simón Bolívar.
         
        Por no haber atendido sugerencias de “be-a-ta” Carlota, este infeliz tecoluquense estaba “disfrutando” por primera y única vez, de una “suite” de 60m2 (10mx06m.), con más de cien estudiantes universitarios dentro quienes, por hacinamiento, ni siquiera podían ponerse en cuclillas. Había cierto agravante: cada 15mins, un cuilio o su relevo, les bombardeaba con agua helada, similar a cuando el aprendiz de brujo, patas peladas o chuña, en otro episodio de estas Historias Escondidas de Tecoluca, bombardeaba al zacapín Peñate.
         
         ¡Siempre hay un Ángel Guardián!
        
         A 05:00am siguientes, incierto policía nacional (1960) de aproximados 50años de edad, se aproximó a rejas. Por fortuna, el preso tecoluquense estaba inmediato frente a aquellos barrotes. Dicho Ángel Guardián preguntó:

        —Jóvenes: díganme a quiénes debo telefonear para que vengan a abogar por ustedes.
         
         Varios dieron nombres con respectivos números telefónicos. El abandonado bachiller tecoluquense dio nombre de don Rafael Melgar (Don Lito). Don Lito era jefe del telégrafo en barrio Santa Lucía de  capital salvadoreña, (calle Roosevelt, cercano al hospital militar antiguo, a la Escuela Nacional de Enfermería, ya desaparecida, y al parque Cuscatlán aún existente). Este noble varón salvador era  padre biológico ejemplar de la encantadora, por bella e inteligente, señorita Rosario Melgar Meléndez, ahora de Varela. Chayito es, en la actualidad, alta autoridad y catedrática en Universidad Francisco Gavidia. Ena y Rafaelito, eran los otros dos hijos de Don Rafael Melgar. Tenía una nietecita llamada Lupita, hija de Rafaelito.
         
        A 08:00am de aquella mañana, Don Rafael Melgar padre, estaba presente en oficinas de aquella jauría despreciable. Se hacía acompañar de dos abogados democráticos. Éstos hicieron cambiar el parte policiaco de “subversivo comunista”, por otro nuevo: “ebrio escandaloso”.
         
          El Viejo Don Rafael Melgar pagó la multa. Esperó le fuese entregado el subversivo-comunista o ebrio escandaloso. Contrató taxi para llevar al fichado hasta pieza-habitación de su pupilaje. Llamó al viejo bachiller Luís Felipe Torres (sanvicentino), quien suturó, a domicilio, aquella herida frontal corto-contundente. Ocho días más tarde, el Negro Torres llegó a retirar los puntos. En ese ínterin, Doña Isabelita Meléndez de Melgar, curaba la herida y suturada frente del tecoluquense, pues no era prudente acudir a servicios públicos de salud porque la jauría lemusiana estaba rabiosa. Doña Isabelita no le tenía fe al yodo, ni al agua oxigenada. Ella curaba a diario al bachiller “bochinchero” con cierta masa fresca de hojas de arbusto medicinal: el chichipince. Santo remedio. Apenas se le nota la cicatriz.
         
        Gracias a vuestros angelicales padres, Chayito, Ena y Rafaelito, ahora se puede contar esa desagradable historieta.
                            F1 N
                           8 de diciembre en 2006.        

domingo, 13 de mayo de 2012

PERSONAJES INOLVIDABLES, 3era ENTREGA


PERSONAJES   
INOLVIDABLES                                  
     De
“Historias Escondidas de Tecoluca"
    Por Ramón F Chávez Cañas                                       
               Tercera Entrega
                             
                               VII
        En semana santa de 1973, tal era nuestra costumbre, con mi esposa y nuestras dos primeras nenas visitamos a mi suegro, padre y abuelo respectivo, allá en la señorial ciudad San Vicente de Austria y Lorenzana. Mi suegro, don Carlos Joaquín Cornejo Merino, después de intercambiar saludos respectivos, me dijo: “Mira, Moncho, este libro lo ha escrito y me lo ha obsequiado un mi pariente. Está muy interesante. Yo lo he leído tres veces. Ahora te lo regalo; pues conozco tu gran gusto por la buena lectura”… “¿Quién es él?”, inquirí con normal curiosidad. Me dio el nombre, pero no me sonó. Guardé tal libro en baulito del coche. Todos, ese día, partimos para El Cuco. Estando en esa playa, después de baños, libaciones y comidas de rigor, al día siguiente, acostado sobre hermosa hamaca de mezcal cacaoperense, dispuse abrir, para hojear el referido ejemplar. En segunda o tercera página aparecía la fotografía del autor: foto de medio cuerpo tamaño pasaporte con saco y corbata; cejas negras espesas con patillas pobladas y largas; bigote negro, también espeso y delgado, muy bien trabajado por algún experto fígaro, dije en mi interior; de frente amplia, sin asomos de calvicie; cabellera abundante, no cana. Mi primera no manifestada impresión, hasta ahora fue: “¡Ve!, este señor cincuentón le da un aire a algunos campesinos palomareños de Tecoluca”.
        Después de hojearlo por lapso de quince minutos, comencé la lectura formal. Primero leí rasgos biográficos del autor: ¡maravillosa redacción desde principios hasta finales, escrita en dobleces de portada y contraportada! De pasta a pasta, este escritor nos transporta, con pulcra y clara pluma, hasta aquellos remotos momentos de alegrías y tristezas vividos por él. Penetra en nuestro intelecto y en nuestra conciencia con bellos giros idiomáticos de profundo humanismo filosófico sencillo hasta para nosotros, los menos letrados. Se advierte, en todos esos rasgos biográficos, su inmensa gratitud y amor para: El Orfebre Infinito, sus padres, sus hermanos, parientes y amigos; sus profesores, benefactores y su burrito “Pepeto”. En seguida, me extasié con aquella prosa descriptiva, donde resalta bondades maravillosas de su terruño: ciudad San Vicente. Al mismo tiempo, se lamenta, cual patriarca Job, de tantas desgracias naturales y artificiales sufridas por la misma ciudad desde aquel terremoto decembrino en 1936.
        Crónicas de este patilludo señor, —dije para mí—: no envidian nada a las de Arturo Ambrogi, ni a las del guatemalteco famoso: Enrique Gómez Carrillo. De regreso a mi hogar, ya con más concentración, releo todo el texto. Cada vez quedo más convencido de su hermoso natural numen. Poemas del mismo libro están elaborados con clara expresión y enmarcados en métrica española. Estro poético profundo de este vate se adivina desde primeras estrofas. Este señor escritor-poeta sanvicentino, desde su adolescencia ha vivido en San Salvador.
        Pasaron quince años. Tal vez por la guerra civil nuestra de casi dos décadas, no volví a saber más de él hasta cuando, Indira Berlina, mi primera nena, extasiada tal cual yo, llevó dicho libro a la universidad, donde los cacos rompieron un vidrio de su auto y lo robaron. Entonces, por guía telefónica contacté con las tantas veces no mencionado autor. Éste, con gran gentileza me hizo llegar otro ejemplar. Así nació gran amistad entre él y yo. El título del libro: “P U N T O S”. Su autor: el Personaje Inolvidable de ahora: DON  MANUEL AMANCIO CORNEJO GARAY. En la actualidad, DON MANUEL AMANCIO edita una revista sanvicentina: “EL CORREO DEL ARTE”, la cual va por tercero o cuarto número anual; además, tiene en prensa dos o tres libros de sus poemas y prosas refinadas, sencillas y sublimes.
                        *****
                                  VIII
        Había tan enorme distancia generacional, intelectual y social entre este Personaje Inolvidable con este relator; pues aquél pudo haber sido abuelo un tanto joven del mismo relator. Además, su famosísima “fama” de intelectual sanvicentino impedía, por timidez e ignorancia de quien esto escribe, el acercamiento a él; porque nosotros éramos “chorreados zagales” estudiantes del primer curso de Plan Básico (ahora séptimo grado) del Instituto Navarrete sanvicentino a principios de años 50’s del siglo XX. Este Personaje Inolvidable a describir, recién  había regresado del Norte, donde había obtenido, con notas altas, doctorado en matemáticas de cierta prestigiosa universidad neoyorkina. Además, era famoso por ser poliglota, —inglés, francés, italiano, portugués, alemán y castellano—; por  meticulosa filología del idioma español, filosofía humanística y vastos conocimientos técnicos en agronomía. Vivía en ciudad San Vicente en  casa colonial antigua, —calle de por medio—, frente al viejo caserón ocupado desde su fundación y durante muchos años por el Instituto Navarrete, ya citado. Este viejo caserón fue adquirido más tarde por un colegio de monjitas católicas. Ahora, aplastado por el fuerte terremoto del trece de febrero del corriente año (2001). Tal casa de habitación del matemático-políglota se ubicaba sobre calle principal terminada frente a un templo católico del barrio El Calvario; vivía junto a su hermana: señorita solterona, profesora emérita en educación primaria.
        Desde esa dimensión y vecindad por breves horas, este jovenzuelo pueblerino de Tecoluca, observaba con atención los pasos de aquel sabio sanvicentino. A diario era visitado por la crema intelectual, política y económica local: Don Baltasar Carballo, gobernador; don Paco Velasco, diputado; don Leoncio Amaya, alcalde; don Chepito Monzón Herrera, director del Navarrete; los bachilleres: Adalberto Miranda y Luís Roberto Artiga (el Indio Artiga): ambos, férreos opositores políticos a los des gobernantes regímenes militaristas de aquellas tristes décadas; don Miguel Ángel Zamora, filosófico subdirector del mismo instituto; don Francisco Paniagua, doctor en medicina, con su hermana: señorita Mariíta Clementina; lozanas señoritas jovencitas: Juanita Ávalos, Luisita Acevedo, Angelita Martínez (hermana del cabezón Luís Felipe Martínez); Telma y Rosa Elena Artiga; Rosa Aura Aguilar Pacas y, decenas, por no decir centenas más.
        Durante su corta estancia en esos lares, este Personaje Inolvidable era asiduo visitante en la “Casa de Cultura” donde, con el señor delegado escolar (¿don Crisanto Lemus?) y, pléyade mencionada, trataban de actualizar y aumentar la escasa y obsoleta bibliografía existente. Estos señores encabezaban principales desfiles cívicos por aquellas calles con delicadezas empedradas. Tres o cuatro de ellos, incluyendo a nuestro Personaje Inolvidable en turno, hacían vibrar a  inmensas concurrencias en el parque Antonio José Cañas (la torre) con fogosos discursos alusivos a la conmemoración en turno.
        Este doctor matemático siempre vestía con impecables trajes enteros de casimir, cáñamo o lino; con sombreros de pelo (fieltro) o de Panamá (Jipijapa). Sombreros acordes con el color de los trajes. Su estampa mediana y robusta, concordaba con su mediana edad (¿cincuenta primaveras?)
        Después de algunos cortos meses,  — ¿veinticuatro?—, la euforia cultural de esa ciudad volvió a su crónico letargo; pues el políglota filólogo había regresado al Norte en calidad de cónsul en Nueva York o en San Francisco California. Durante dos lustros, ya estando quien esto relata cursando fabulosos años en Facultad de Medicina en UES, se encontraba, una vez por semana, con cierta crónica en Prensa Gráfica firmada por el señor tantas veces loado, pero no mencionado.
Con el correr de muchos años, el joven Oscarito Miranda, —hijo del doctor Marco Antonio Miranda—, visitador médico de una famosa firma francesa, se presentó a la clínica privada de este ¿historiador a medias? Del baúl de su auto bajó tres voluminosos paquetes; los depositó, sudoroso, sobre escritorio y mesa de exámenes clínicos; luego, con voz entrecortada se expresó casi así: “Doctor Chávez Cañas: tal cual lo habíamos acordado, aquí le entrego una mínima parte del legado cultural y científico perteneciente a mi difunto tío… Lloré lágrimas vivas cuando encontré este legado abandonado, humedecido y apolillado en  último rincón de última bodega de aquella bicentenaria casa de mis tatarabuelos… Recíbalo, doctor, porque sólo usted tendrá capacidades de apreciarlo, después de leerlo”.
        En efecto, este ¿cronista? leyó y rumió múltiples recortes periodísticos publicados en prensa nacional y extranjera especializada; tanto en español como en inglés; más unos pocos en francés e italiano. Asimismo: algunos ensayos culturales y filosóficos escritos en rudimentaria máquina de escribir, hoy sustituida por la computadora.

Este Personaje falleció de muerte natural en la capital salvadoreña. Su nombre: SEÑOR  LICENCIADO   ERNANI*   MIRANDA.
*Ernani es nombre propio italiano. No puede modificarse.
                          08 de noviembre de 2001
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                                            IX
Estatura, blancura de su tez ladina; pero, sobre todo, enorme prestancia de este nuevo Personaje Inolvidable, fueron formidables: 1.90cms; 100kgrs., y ¿65 años?... Todo, menos enorme prestancia y edad, era similar a la de este narrador; pues éste sería quince años menor.
        Ambos se encontraron, por azar, en un pequeño espacio para meditación espiritual. Aquél, terminando de confesar a feligresía de esa comunidad numerosa. Este relator, después de algunas diligencias personales ahí mismo, dándole gracias al Amo Universal por tantas bondades para con sus 4 pequeñas hijas… Se encontraron cara a cara…, casi en privado en mencionado recinto… Quien esto relata, tomó mano derecha del Personaje para besar la sortija: joya representativa de aquella autoridad moral… El Inolvidable de ahora, con sabia humildad, retiró su sagrada mano volviéndola hacia uno de los hombros de este medio arrodillado, diciéndole con paternales palabras: “Levántate… Sólo tu intención basta… Tú eres tecoluquense, ¿verdad?”… “Sí, Excelencia”, respondió con inmensa alegría aquel insignificante interlocutor… “Entonces”…, prosiguió aquel democrático santo varón…, “Tú eres de los Chávez, ¿verdad?”… “Sí, su Señoría”.  Acto seguido hizo movimientos manuales para darle la bendición cristiana católica; luego, agregó:…”Salúdamelos a todos, en especial a don Moncho, tu padre, ¿verdad? Sonriendo cual hombre de bien, se alejó.
        La fecha fue: 28 ó 29 de octubre en 1986. Lugar: capilla del Instituto Betania en Santa Tecla, donde estudiaban aquellas cuatro nenas de este atolondrado “escribidor”. Personaje Inolvidable era: el Ilustre vicentino nacido en pueblito llamado San Esteban Catarina, departamento de San Vicente. Sacerdote salesiano íntegro y, Señor Arzobispo Metropolitano de San Salvador, Su Excelencia Reverendísima: Monseñor Doctor Don JERÓNIMO ARTURO RIVERA Y DAMAS.
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C O N T I N U A R Á                                       


viernes, 11 de mayo de 2012

ANASTASIO AQUISÍ, AVISA


               ANASTASIO AQUISÍ, AVISA:

Desde 19 de mayo hasta 16 de julio del corriente ─ambas fechas inclusive─, por razones ineludibles e impostergables, pero no de mala salud ni defunciones familiares,  estará fuera de El Salvador; pues irá hasta Vitoria, Euskadi, España, a entregar la mano de su cuarta y última hija; luego, a visitar a sus otras dos hijas casadas y residentes en Eisslingen, Alemania y Roskilde, Dinamarca.

Procuraremos enviar, desde alguno de esos dos reinados y país, algunos breves artículos sobre nuestra cotidianidad salvadoreña o mundial enviados por nuestros colaboradores, también opiniones al respecto; asimismo, algunos poemas filosóficos… ¡Hasta pronto!
       
        San Salvador, 11 de mayo en 2012.-

domingo, 6 de mayo de 2012

MIS PERSONAJES,,, 2ª ENTREGA


      
    MIS PERSONAJES INOLVIDABLES
 Del libro “Historias Escondidas de Tecoluca”
                Por Ramón F Chávez Cañas
                         (Segunda Entrega)
                    
         TECOLUCA, en 1951, aún estaba aislada, por vía terrestre, de ciudades San Vicente y Zacatecoluca (Virola). Aquella carretera, desde antiguos tiempos coloniales permanecía encharcada imposibilitando tránsito automotor. Sólo carretas a semovientes, bestias caballares y mulares podían, con gran dificultad, hacer viajes a una u otra de ambas cabeceras departamentales, pues pegadizos lodazales, en especial aquellos localizados en empinadas cuestas en caracol del Río Frío, hacían que carretas fuesen remolcadas hasta por tres yuntas de bueyes, halando en sincronía. Escasos “jeep” se miraban a palitos en esos obstáculos. Con frecuencia se recurría al remolque por semovientes; asimismo, los entonces flamantes taxis del punto sanvicentino: ─inmensos automóviles éstos de marcas norteamericanas famosas de las cuales, algunos todavía funcionan─. Durante estación seca o verano tropical, esos profundos lodazales se convertían en también profundas polvaredas o médanos, tan malignos para el tránsito, cual los primeros.
        
        En ese mismo año, don Juan de la Cruz Chávez Rodríguez, ─“ortopeda-cirujano hecho a cuma” y “tinterillo de buena fe” en el Pueblito─, enfermó de ántrax cutáneo  por haber cargado sobre de sus añejos hombros el cuero de una res de su propiedad. Agonizó durante una semana. Don Lino Parras y don Felipe de Jesús Ayala, médicos internistas primitivos del conglomerado, —colegas del infectado—, echaron ases, dándose por vencidos. Doña Carmen Chávez de Orantes, hermana del moribundo, se dirigió a oficinas telefónicas pretéritas para exponer el caso al afamado médico vicentino: Doctor Marco Antonio Miranda. Tres horas más tarde, a eso de 01:00pm, apareció el mencionado galeno. Llegó transportado por enorme taxi chevrolet manejado por don Tiberio… Vestido todo de blanco, dicho doctor bajó del automotor. La figura del DOCTOR MARCO ANTONIO MIRANDA era impresionante: delgado, pero macizo; de 1.90mts de estatura; de tez blanca rosada con anteojos claros resaltando su elegancia; de sonrisa afable dirigida a todos los circunstantes y, de gran seguridad en sus conocimientos profesionales.
        
         Inmenso clan Chávez-Henríquez y anexos, amigos y vecinos del anciano con ántrax, hicieron valla al Doctor Miranda cuando éste se dirigía desde el taxi hasta aposento de aquél. Aposento provisional estaba instalado en una de amplias habitaciones interiores de enorme casa pueblerina céntrica de doña Carmen Chávez de Orantes. 25mins después, doctor Marco Antonio Miranda abordaba el taxi para su retorno a ciudad San Vicente.
         
        Dejó la receta. El también sanvicentino: don Manuel de Jesús Argueta Henríquez, —Meme Argueta o “Zapatilla”—, enfermero hechizo, sobrino por afinidad del anciano infectado por ántrax bovino, se encargó del cumplimiento de la misma, habiéndole inyectado, en tan seniles venas, a su tío político, millonadas de unidades internacionales de penicilina sódica cristalina, en lapso de ocho días.
        
         Aquel acertado médico-cirujano cobró el equivalente actual a ¢700ºº (US $80ºº = ¢200ºº de esos tiempos). El taxista, la mitad de esa cifra.
        
         Don Juan de la Cruz Chávez Rodríguez se curó y recuperó sus nonagenarias fuerzas. Durante todos los días de años restantes a su larga vida, este ancianito recordaba, con gratitud infinita, al DOCTOR MARCO ANTONIO MIRANDA.
                                 *****
                                                  IV
        Allá por 1956, doña Elba Cañas  Henríquez se convirtió, in artículo mortis, en viuda del bachiller Luís Roberto Artiga (El Indio Artiga). Doña Elba, tía paterna mía, era una  de pocas modistas al servicio de la “flor y nata”  femenina sanvicentina. Su taller de alta costura, con decena de operarias, marcaba el ritmo de la moda en ciudad de Austria y Lorenzana. Entre su selecta clientela estaba la esposa de DON SALVADOR MIRANDA, cuya residencia se ubicaba al poniente, casi frente del desaparecido Parque Infantil, —esquina norponiente de la manzana ocupada por un cuartel regimental—. Don Salvador Miranda era viejo bonachón, algo obeso, con estatura inferior a la mediana sin llegar al enanismo. Vivía de la agricultura trabajada en su hacienda “Ismendia” jurisdicción de Tecoluca, siempre en mismo departamento de San Vicente. Su esposa era hija de acaudalado terrateniente tecoluquense. Ambos, tal vez, estaban en dinteles de la ahora llamada tercera edad.
         
        Cierta tarde de un mes cualquiera, casi noche, a mediados de esa quinta década del siglo recién pasado, esposos Miranda-Molina llegaron al afamado taller ya citado. Don Salvador Miranda tomó asiento sobre de una silla haragana de madera con forma de abanico; empezó a hojear para leer diversos artículos ofrecidos por revistas internacionales: Bohemia, Carteles, Life en Español, y otras; mientras, su esposa repasaba, repasaba numerosos nuevos figurines femeninos al respecto, enterándose así de últimos gritos de la moda francesa, italiana, española y más; pues el traje a ser probado en su cuerpo no tan joven, aún estaba siendo hilvanado por la experimentada operaria de nombre Margó, —joven, esbelta y simpática mujer esposa de “Gato Seco”, quien, dicho sea de paso, era secretario privado perpetuo del abogado Julio Alfredo Samayoa hijo—. Terminado el hilván, doña Elba llevó a su distinguida clienta hasta sala de pruebas: cuatro paredes tapizadas con espejos de piso a techo. Señora Molina de Miranda ordenaba: “Pon un alfiler aquí; pon otro alfiler allá; haz un recorte en esta parte; súbele un poquito más al peto”, etc., etc.
        
         Esta sencilla operación casi llevaba 45mins. Ya era noche. Mientras, señor Miranda, se había repasado todas aquellas revistas, hasta haber llenado algunos crucigramas de las mismas. De súbito, con alguna pequeña delicada violencia, lanzó todas las  revistas contra metálico mueble revistero adyacente. Púsose en pie. Con voz de furioso desconsuelo, dijo: “¡¡No son  las modas, mujer…: son…  los cuerpos!!”.  Abrió la persiana hacia la calle. Más desanimado, fue a sentarse en la acera de enfrente, bajo tenue luz de  bombillo eléctrico amarillento, similar a yemas de huevos indios. La charra metálica acanalada en forma de sombrilla y  pantalla sobre del bombillo, siempre vivirá en mi recuerdo.
                                                                            11 de octubre en 2001                                          *****
                                    V
        Entre años 1956-57 fue, en Instituto Nacional Doctor Sarbelio Navarrete de ciudad San Vicente, nuestro profesor del idioma francés. Era hombre delgado, blanco, alto, tal vez pálido sin estar anémico ni palúdico; de palabras suaves y de singular compresión para con los más jóvenes de ese bienio; pues él era varón académico también joven, quizás frisando en treinta abriles. Su figura, en general, dábale cierto aire al poeta José Martí, prócer cubano. Era auténtico profesional en medicina humana. Doctorado en Francia o en España. Originario del cantón San Antonio de Caminos, jurisdicción al sur del municipio sanvicentino. Hermano de doña Marina Rodríguez de Quezada, —auténtica primera Ministra de Educación  salvadoreña desde aquellos tiempos (1960) en Junta de Gobierno Revolucionario del Honorable Sabio, Filósofo, Profesor, Doctor Don Fabio Castillo Figueroa.
        
         Cuando quien esto relata llegó a la clínica privada de ese privilegiado médico sanvicentino, para obtener algunos de los requisitos exigidos por Facultad de Medicina de Universidad de El Salvador, después de rigurosos exámenes de admisión; este valor salvadoreño lo atendió con esmerada atención: le extendió la requerida constancia de buena conducta, y respectiva certificación médica de buena salud física y mental, sin costo monetario alguno. Al final de tal audiencia, aquel galeno profesor  de francés le dijo con palabras casi textuales:
        Chávez Cañas: esa carrera universitaria a la  cual usted ha optado, es  profesión de humanismo con sabiduría… Nadie, ni aun los calificados con altas notas a través de su formación legal puede, si no posee esas cualidades filosóficas básicas antiquísimas, ser eficiente sanador o mitigador de tantas desgracias humanas en área de salud. Nunca, Chávez Cañas, vaya a creerse superior intelectual a los demás, sólo porque usted ha tenido la dicha, no suerte, del acceso a esa sagrada casa de estudios científicos y filosóficos; pues la medicina es una de tantas ramas en la Filosofía. Recuerde siempre, —prosiguió el humilde, pero sabio médico profesor de francés—: todo don viene de Dios, sin importar  diversas concepciones tenidas sobre de Él. Nosotros deberemos ser ejecutores positivos de esos dones divinos pertenecientes a toda la Humanidad.
         
        Tal ex alumno del idioma galo se retiró compungido rumiando aquellas frases tan sagradas oídas de labios de tan singular maestro… Ahora, cuarenta y tantos años después, duda haber dado cabal cumplimiento a esas profundas reflexiones.
        
         Este pontífice hipocrático sanvicentino falleció atropellado por automotor desenfrenado, cuando él era peatón en una calle urbana de Estados Unidos de Norteamérica. Su nombre fue: DOCTOR DOMINGO AUGUSTO   RODRÍGUEZ.      
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                                                     VI
        BACHILLER LUÍS ROBERTO ARTIGA (INDIO ARTIGA), era esposo de doña Elba Cañas Henríquez. Ésta, tía de quien esto cuenta. Artiga había sido  avanzado estudiante de leyes en la entonces única Universidad de El Salvador. Fue, —tal cual se decía entonces—: pasante en Derecho o doctor “in fieri”. Hombre cuarentón, sobrepasado en peso hasta obesidad. De carácter jovial, por cuya razón le abundaban buenas amistades; admiración de todo el conglomerado sanvicentino, urbano y rural, y más allá. Alto dirigente del club futbolístico “Independiente” cuando éste militaba en máxima categoría del fútbol nacional; fue, además, un báquico devoto (aficionado exagerado al licor); orador político, opositor de trepidantes rayos contra de malos o ladrones gobernantes nacionales y locales, desde, con desprecio, recordado  partido Pro Patria del sátrapa tirano Maximiliano Hernández Martínez, hasta el otro similar: el hondureño José María Lemus, último testaferro del “partido de unificación democrática”—prud—.
        
         Entre numerosos devotos báquicos amigos del bachiller Indio Artiga encontrábamos a los siguientes señores: don Alirio “Palabicho”, don “Gato Seco”, don “Mincho” Jovel, don Leonardo Morazán (doctor “in fieri” en medicina), don Meme Argueta o “Zapatilla” y don Nicolás “Pato” Bayona, entre muchas decenas más. Época cuando este último mencionado señor, descollara como real luminaria futbolística del antes citado club.
         
         Cierto mediodía del año escolar en 1954, este atrevido relator ¿historiador? regresaba del Instituto Nacional Doctor Sarbelio Navarrete, pues en casa  Artiga-Cañas se hospedaba durante período lectivo. Con su impecable uniforme colegial de color caqui mangas largas, tela dril; con su gorra tipo II guerra mundial de la misma tela adornada con cintita oscura; con su corbata negra marca “Wembley”; con ancho cinturón cuero-baqueta azabache de hebilla metálica dorada, logogrifo referente al colegio, —hebilla que, en estos actuales difíciles tiempos violentos, sería arma mortal en manos de  estudiantes “mareros”—; con zapatos lustrados y tres estrellas azules bordadas a perfección en bolsa izquierda de la camisa, simbolizando tercer curso de Plan Básico, —ahora noveno grado—, ingresó esbelto al área del comedor-bar Artiga-Cañas.

   Alrededor de esa mesa estaba sentada la mayoría báquica mencionada celebrando un triunfo reciente del equipo futbolístico local y, o, el gane, por  Indio Artiga, de algún pleito legal. Ante súbita presencia del adolescente uniformado, “Palabicho” tomó un vaso limpio y vacío; sirvió trago “tacón alto” de güisqui escocés Caballo Blanco; le agregó 4 cubitos de hielo. Dirigiéndose al imberbe estudiante, preguntó: “¿Cómo lo querés, Monchito, con agua o con soda?”. De inmediato, El Indio Artiga llevó a sus manos el trago de licor servido… Se puso en pie. Con gesto adusto dijo: “No, Palabicho, no… Monchito no ha nacido para estas vergonzosas cosas. Él tiene destino brillante por delante… Para no confundir mis palabras con tacañería… miren esto”. El bachiller Luís Roberto Artiga, acto seguido, arrojó el licor servido, con todo y vaso, contra engramado del patiecito central… Palabicho dobló el cuello para esconder su rostro. Larguirucho jovenzuelo continuó su camino hacia amplio traspatio en donde estaba su habitación.
         
          ¡¡Lástima grande!!... Dos años más tarde, en mayo de 1956, el venerable Luís Roberto Artiga, mal aconsejado por Baco, dios romano del vino, y atacado por el entonces microbio desconocido llamado ahora “Helicobécter pillory”, se fue en sangre a causa de hemorragia gastro-esofágica o gastro-duodenal masiva, aun con asistencia hospitalaria privada.   
                                                                             31 de octubre en 2001

C O N T I N U A R Á.-