Anastasio Jaguar

Anastasio Jaguar

Breve Biografía de ANASTASIO MÁRTIR AQUINO (1792-1833):

Único Prócer salvadoreño verdadero en siglo XIX. Nativo de Santiago Nonualco, La Paz. De raza nonualca pura. Se levantó en armas contra Estado salvadoreño mal gobernado por criollos y algunos serviles ladinos, descendientes, éstos, de aquéllos con mujeres mestizas de criollo o chapetón y amerindia; pues esclavitud inclemente contra: indígenas, negros, zambos y mulatos, era insoportable para el Prócer Aquino. Fue asesinado por el Estado salvadoreño en julio de 1833, —después calumniado hasta lo indecible, tratando de minusvalorar sus hazañas; así como hoy calumnian a Don Hugo Rafael Chávez Frías y, ayer, al aún vivo: Doctor Don Fidel Castro Ruz.

En honor a tan egregio ANASTASIO AQUINO, este blog se llama:

“A N A S T A S I O A Q U Í S Í”

lunes, 12 de marzo de 2012

H E R E J Í A S, 34ª ENTREGA


H  E  R  E  R  E  J  Í  A  S
  Por Ramón F Chávez Cañas
   Trigésima cuarta entrega


CCXXVIII
Un tal don José María/ Escrivá de Balaguer
allá por año veintiocho/ del difunto siglo veinte
funda una congregación/ para cristero demente,
cuyo nombre es “Opus Dei”/ con ideas de ofender

al Inmenso Universal,/ Omnipotente por ser
Dios o dios de Matemáticas,/ de lo frío y lo caliente;
Dios o dios sin una imagen/ ni de animal ni de gente.
Dios o dios siempre sentido/ por su incalculable Ser.

Fue en tiempos de Pío XI, quien firmara aquel tratado
con gobernante italiano,/ o Tratado de Letrán—;
y de Primo de Rivera,/ otro español desalmado,

pues el tal José María/ era español medieval
enamorado hasta orgasmos/ del Franco, mal endiosado,
de Mussolini y de Hitler,/ ambos, Atila del mal.

CCXXIX
Opus Dei de Balaguer/ fue creado por decadencia
del Ignacio de Loyola,/ aquel sujeto creador
de una cierta compañía/ muy buena en El Salvador:
Compañía de Jesús/ o Jesuitas con decencia

desde Vaticano Dos/ de aquel Papa con clemencia
o Papa Juan Veintitrés,/ quien quiso ser salvador
de la debacle inminente/ de aquel católico dios.
Desde entonces los Jesuitas/ son filósofos de Ciencia.

Pero Chema Balaguer/ con cacareado Opus Dei
continuó sobre caminos/ de oscurantismo cristiano,
volviendo a especular/ cuando Franco destrozó

resistencia tan tenaz/ de la España del ayer
o del pueblo intelectual,/ pueblo muy republicano
quien salió hacia el extranjero/ donde su Saber donó.

CCXXX
Opus Dei está inmiscuido/ en escándalo bancario
de aquel banco vaticano/ mal llamado el Ambrosiano.
Por esa misma razón/ último papa italiano
llamado Albino Luciani/ fue llevado hasta calvario

 al ser éste envenenado/ con un digital falsario;
—medicamento precioso/ en manos del cirujano
o del médico cardiólogo/ cuando lo emplea con sano
criterio de compensar/ a un corazón estepario.

En el “Código da Vinci”,/ un libro jamás histórico,
se denigra al Opus Dei/ con razón exagerada
rayana en aquel lenguaje,/ aquel lenguaje retórico.

Debemos ser respetuosos/ de la Historia equilibrada.
No nos dejemos llevar/ por ningún escrito teórico.
Deberemos manejar/ nuestra idea despejada.

CCXXXI
Todos los santos y santas/ de la iglesia vaticana
aguardan hasta seiscientos/ años de paciente espera
hasta alcanzar los portones/ de aquella gloria en 
                                                                          quimera
y muchos santos no llegan/ ni siquiera a la ventana.

A San Romero de América/ le aplican esa macana  
para evitarle acceder/ a tan codiciada Era
manejada hoy tras telones/ por Opus Dei, cruda fiera.
Óscar Arnulfo Romero:/ ¡con Opus Dei no hay mañana!;

Pero aquel nazi-fascista:/ el Balaguer, vil creativo,
en menos de dos decenios/ fue llevado a los altares
por primer papa polaco, —as por tan vil propaganda—.

Este Chema Balaguer,/ cura cobarde y altivo,
hoy es “san” José María/ clamado en muchos lugares
de tanta extrema derecha/ cristera con mente panda.

CCXXXII
Tal palabra del Jehová/ en antiguo testamento
se dice ser verbo eterno/ hasta final de finales;
se dice ser “non plus ultra”/ al menos en los panales
de los judeocristianos,/ de esta humanidad, tormento.

Y la gente occidental/ codiciando el firmamento
quiere ganar ese cielo/ sin renunciar a los males
que su codicia le ordena;/ presto sacando puñales
para defender lo hurtado/ cual un perfecto violento.

También por miedo al infierno/ tantos cristeros impíos
con dolor de su bolsillo/ dan limosna al pordiosero.
Y lo hacen con arrogancia/ o soberbia manifiesta.

Con tan viles mascaradas/ ellos se vuelven más pillos
al tratar de avergonzar/ al ilota limosnero
abundante a millonadas/ en nuestra pobre floresta.

CCXXXIII
Palabras de Jëhová/ quizá nunca han sido eternas,
pues mismos judeocristianos/ durante veinte centurias
alteran viejos papiros/ y justifican espurias
conductas contra Natura, nuestra Madre/ y de  
                                                                            tiernas

criaturas de otros planetas/ y galaxias sempiternas.
Ellos, neoliberales,/ dominados por lujurias
en el mundo occidental/ llegando hasta las injurias
morirán ambicionando,/ viviendo en negras cavernas.

Si tantos siervos del dios/ adorado en Sinaí
tuviesen mucha paciencia/ para escudriñar las biblias
que mil ochocientas sectas/ adulteran cada día

para seguir estafando/ desde Roma a Chiriquí
a tanto menso cristero,/ vergüenza de las familias
honestas de este planeta/ con existencia sombría.

CCXXXIV
Si alguna indeterminada/ secta cristera te invita
a escudriñar, para ellos,/ tan zánganas escrituras,
muy pronto comprobarás/ que en esas burdas lecturas
de tres mil sectas o más,/ tal lectura nunca imita

a escrito greco-romano/ original, según cita
la versión Reyna-Valera/ y otros doctos de amarguras
que aún pretenden en vano/ meter en tantas oscuras
catacumbas de temores/ a nuestra mente finita.

Al hojear tales mil biblias/ decoradas hasta en oro
—de acuerdo a capacidades/ de vaticanos y gringos—,
encontraremos mismísimas/ incongruencias y respingos

del monoteísta libro/ sanguinario, sin decoro
embaucador del avaro/ con mente de hablantín loro
y no de aquellos norteños/ hombres llamados vikingos.

CCXXXV
Tales mil o cuatro mil/ sectas cristeras o más
confundiéndose en sus libros/ se hacen torre de Babel:
uno cita cien versículos,/ otro no puede saber
de qué les hablan o habla,/ volviéndose contumaz

de tanta vil jerigonza/ que al cuerdo hace vomitar.
El cuerdo nunca ambiciona/ inmerecido poder
ni en la Tierra ni en el cielo,/ ¡cuerdo no puede joder!
a su prójimo de al frente,/ ni a quien está más allá.

Por ello las religiones,/ al menos en Occidente,
son una serie o ensartas/ para dominar a gente
pobre o rica, nada importa,/ pero siempre es dominada

 por el astuto pastor/ quien con sencilla jornada,
desde al más rudo ladrón/ hasta al pobre más demente,
 mete mano en los bolsillos/ de gran masa hipnotizada.
C O N T I N U  A R Á


miércoles, 7 de marzo de 2012

LS CHINCHINTORAS


L A S     C H I N C H I N T O R A S1
Del libro “Historias Escondidas de Tecoluca”
Escrito por Ramón F Chávez Cañas

Sucedió en nuestro Tecoluca de 1910, cuando cometa Halley estaba en  glorioso apogeo. Nuestro ilustrado padre, ─ahora difunto don Moncho─, era niño Monchito de once años de edad, estudiante del quinto grado de educación primaria en colegio Santo Tomás, dirigido por canónigo Raimundo Lazo en ciudad San Vicente. Era “día de finados”. Niño Monchito iniciaba vacaciones escolares finales, feliz por haber ascendido al sexto grado.
Eficientes obrajes añileros de don Francisco Chávez Rivas, ─padre de niño Monchito─, estaban finalizando una de las últimas magníficas cosechas de la ya agonizante agroindustria añilera nacional: agonizante por culpa de química alemana descubridora, a finales del siglo XIX, de la anilina sintética. En cambio, trapiches movidos por bueyes, peroles de molienda azucarera y panelera operados con leña, propiedad del mismo don Francisco Chávez Rivas, empezaban a ser preparados para iniciar, a mediados de ese noviembre, tan larga molienda de caña azucarera para producir típicos, coloniales y morenos dulces de atado, envueltos con tuzas de maíz,  amarrados con mecates de plátano, y blancos pilones de fina azúcar artesanal. Tales operaciones agroindustriales primitivas finalizarían seis meses después o sea, en primera semana de mayo del año siguiente. Por supuesto, ese día de fieles difuntos aquellos obreros agrícolas gozaban de asueto para ir a enflorar a sus respectivos deudos; pero no lo gozaban los dos criados asignados a protección y cuidados de niño Monchito. Éste, acompañado por cierto adolescente de 17 primaveras, apodado Sordo Rafay, peoncito de casa grande, y del adulto José María Peñate, con 25 años, mayordomo al servicio del padre de niño Monchito, llegaron al fondo de profunda quebrada cuyo nombre es El Burro para cortar varillas de cierto arbusto llamado Huesito y ganchos de otro arbusto conocido con el nombre de Tizate. Objetivo inmediato era ir, ese mismo día de guardar, a manufacturar e instalar cimbras o trampas para atrapar migrantes palomas alas blancas, pues en arrozales de su padre recién habíase iniciado la cosecha o aporreo, y enormes bandadas de palomas, incluyendo las lis-lis o güisisilas, casi opacaban iniciales soles veraniegos tropicales de ese año. Esa liviana maderilla serviría para instalar, al menos, 60 trampas palomeras en treinta hectáreas ya aporreadas.
A la altura del ahora desaparecido puente ferrocarrilero también nominado El Burro, —tampoco existente en 1910—, niño Monchito, con  jovencito Rafay, avistaron enorme culebra no venenosa de aproximados 02.5mtrs de largo, más  10cms de diámetro en su parte más gruesa. Dicha sierpe, con parsimonia de un elegante ofidio, se introducía en estrecha cueva a pocos metros de altura con respecto al fondo del profundo acantilado o quebrada El Burro. Para llegar a entrada o boca de esa cueva, había cierta pendiente de 30º y distancia de 25mtrs hasta alcanzar al cauce del riachuelo. Tal quebrada nace en  donde anudan aquellas dos cúspides del imponente volcán Chinchontepec, para morir tranquila en planicie costera del Océano Pacífico en  para-central departamento o provincia San Vicente, a la altura del cantón Santa Cruz Porrillo, —feudo entonces propiedad de padres de don Isabel de Jesús Salinas Vasconcelos, (quien, 33años después, fue yerno de niño Monchito) —. Mayordomo Peñate sólo alcanzó a ver los últimos 50cms de tan acérrima enemiga bíblica de Eva. De inmediato, dijo: “Es culebra chinchintora…¡¡Cuidado!! No intenten taparle la cueva porque, entonces, esa mansa sierpe se volvería peligrosísima fiera en contra de cualquier persona que, tres o cuatro días después, la destape. Además, quien se enfrente a una chinchintora endemoniada, deberá poseer garrote de mongollano bendecido por señor cura, también haberse confesado y comulgado por lo menos 24hrs antes del desafío. Si la chinchintora es vencida, no asesinada, con el garrote sagrado, —terminó de hablarles el mayordomo—, ésta arroja una piedra negra, lisa  brillante, la cual, con pañuelo blanco y limpio debe ser recogida por el vencedor quien, al poseerla y portarla dentro de sus bolsillos o alforjas, estará protegido de todo maleficio diabólico o brujérico”. Dicho lo anterior, trío de tramperos continuaron cortando el material para elaborar sesenta cimbras flexibles, incluyendo palillos para hacer 60 bulinches, en donde se ata la pita de Manila, hecha gasa, para enlazar aquellas rosadas patitas de esas aves. 120 yardas de pita nueva, niño Monchito las portaba en su infantil doble mochila de mezcal, antes llamadas alforjas. Obtenido todos los materiales necesarios, retornaron subiendo a gatas aquellos empinados acantilados hasta alcanzar planicies orientales cultivadas de diversas gramíneas, leguminosas, forrajeras y más. Bajo sombra de frondosos amates aparrados, Peñate, ayudado por otros tres peones colonos en terrenos del patriarca Chávez Rivas, dispusiéronse a darle formas a flexibles brotones para luego, con ganchos, bulinches, falsas gradas y pitas de Manila, formar cimbras arqueadas, y, en seguida, sembrarlas repartidas en área arrocera aporreada.
Mientras esos cuatro adultos peones hacían tan paciente  y divertida tarea,  inquieto niño Monchito y mozalbete Rafay, a hurtadillas regresaron al fondo de la profunda quebrada en búsqueda de la famosa culebra. Eran 11:00hrs. A pesar del tupido follaje formado por altas copas de árboles de diferentes especies; pero casi todos de maderas preciosísimas (laurel, caoba, funera y más), con fabulosas, por bellas, parásitas o matapalos (orquídeas) y epifitas respectivas, aquel fondo del barrancón y estribaciones laterales estaban clarísimos porque ese dos de noviembre en 1910 era día soleado a plenitud. Los entonces puntuales vientos de octubre removían y secaban hojas muertas. Caminando con pasos de cuerda floja para evitar ruidos de hojarascas medio secas, niño y muchacho se aproximaron a la boca de tal cueva, llevando sendos trozos de madera para obstruir entrada o salida del ofidio animal. Faltándoles aproximados 06mts para llegar a  peligrosa meta, ruido sui géneris de otra serpiente de menor tamaño les llamó la atención. Les hizo ponerse, otra vez, los pelos de punta con carne de gallina. Pasado ese pequeño susto, ambos osados menores llegaron al objetivo. De inmediato procedieron a lo que iban. Regresaron ascendiendo rápidos hasta planicies vergeleras del padre del entonces niño Monchito y abuelo de quien esto relata.
A 02:00pm todas las trampas estaban sembradas y activadas. A 05:00pm, tres horas después, aquel ‘inocente’ niño, con sus dos fieles sirvientes llegaron a céntrica y nueva casona paterna, localizada en mero-mero centro portalino del macondiano2 pueblito, —inmensa casona de adobes, donde falleció y fue velada la protagonista principal del “Funeral Utópico”; y, 06meses más tarde, destruida por aquel terremoto del 13 de enero en 2001—; llegaron 150 alas blancas, 60 lis -lises, más 20 golornizas (codornices). Similares cantidades atraparon en días subsiguientes. Doña Segunda Henríquez viuda de Chávez, madre de niño Monchito y abuela paterna de este relator, repartía el silvestre manjar entre su servidumbre, vecindario y amistades; sin olvidarse de todo indigente a quienes, con palomas o sin ellas, siempre les socorría.
                                                       * * *
Cuatro días más tarde, ─uno después de aquella fecha del primer grito de  falsa independencia centroamericana─, rapazuelo Rafay con niño Monchito solos, a eso del mediodía, partieron rumbo a la cueva tapada por ellos. Sigilosos descendieron hasta atravesar cauce del límpido riachuelo, saltando sobre  dispersadas piedras superficiales; luego ascendieron por leve cuestecita de 25mts ya descrita, hasta llegar a la cueva. Allí  se inicia lo más escarpado del terreno: a ocho aproximados metros de altura con relación al cauce. En esa pared poniente del acantilado estaba la caja de Pandora3 tecoluquense. Sordo Rafay, con huisute (tosca herramienta agrícola), se dispuso a retirar el tapón vegetal colocado por ellos cuatro días antes; mientras, a dos metros distantes sobre mínima meseta del terraplén, niño Monchito observaba curioso e impaciente. Por varios golpes dados, aquellos tacos o tapones de madera se habían aflojado. Rafay alzó la herramienta por última vez para retirar el tapón. Al instante, de profundidades ignotas de aquella caverna emergió, impulsado, quizá por energía atómica diabólica, incontable número de sierpes de la misma familia, variando dimensiones entre uno y medio y dos metros. Tan veloces cual relámpago, tres de las más largas atacaron al pobre sordito Rafay. Éste sólo tuvo tiempo para exhalar par de destemplados guturales pujidos pidiendo auxilio antes de rodar, abatido por elásticas, prietas y duras colas, hasta el lecho del escaso pero cristalino riachuelo donde, aquellos tres ofidios, más furiosos, continuaron castigándolo; mientras tanto, niño Monchito había sido agredido, en similar forma, por cuatro reptiles de menor tamaño; pero no rodó hasta el agua: cayó sobre cráter de un  nido terrestre de bravas hormigas coloradas u hormigas de cachito, famosas por intenso dolor de sus picaduras.
Latigazos ofídicos fueron fugaces, pues dos o tres minutos más tarde, varios campesinos leñadores en quebrada El Burro, escucharon desesperados pujidos del imberbe, más desaforados gritos del niño, habiendo acudido en auxilio de ellos y habiendo destrozado a machetazos limpios a mayoría de agresores vertebrados rastreros. Por supuesto: aquellos ofendidos ofidios tenían  razón. Los dos imprudentes agredidos quedaron tendidos: el mayor, con el cuerpo sumergido en la débil, pero pura y superficial corriente acuática, con la cabeza recostada sobre de piedra pacha y sostenida, la cabeza, por fuertes brazos de dos leñadores. El menorcito, retirado por otros leñadores a tres metros distantes del cráter del hormiguero, había sido desvestido para quitarle incontables hormigas de piel y   ropas. Ambos imprudentes mostraban en pechos, espaldas, muslos, piernas, antebrazos y brazos, exagerados verdugones rojizos, tendiendo a violáceos, recuerdos de tremendos latigazos infligidos por ofendidas culebras. Otro grupo de campesinos leñadores, a prisa subió empinada y larga ladera para llevar tan mala nueva a padres de niño Monchito. Un tercer grupo, todavía anda buscando la, o las piedras vomitadas por aquellas vencidas culebras; pero no las encuentran, pues las sierpes no fueron vencidas con garrote bendito, por tanto: no echaron la piedra.
         Esposos Chávez-Henríquez, informados al pormenor sobre el asunto, ordenaron preparar dos carretas con dos yuntas de bueyes para posible viaje de emergencia médica hasta la entonces lejana ciudad de San Vicente (12kms) en procura de asistencia quirúrgico-hospitalaria. Don Francisco ordenó llevar dos hamacas, dos largas fuertes varas de bambú a manera de palancas, más 12 peones cargadores por si fuese necesario sacarles en ambulancias guzilandesas (Trucutú) de semejantes profundidades, partió a pie hasta el lugar escarpado de la tragedia, distante, en línea recta, a 01.50kms del centro del pijigüilítico (Miguel Ángel Asturias en “Hombres de Maíz”)  pueblito.
       Además de aquellos 12 peones cargadores, le acompañaba el joven (30 años)  Juan de la Cruz Chávez Rodríguez, hijo de don Francisco; pero del primer matrimonio, pues señor Chávez Rivas fue viudo y vuelto a casar con mamá de niño Monchito. Don Juan de la Cruz era el joven médico primitivo de aquel feliz conglomerado. Dirigía, en esos momentos, a la también primitiva e improvisada Cruz Roja tecoluquense.
En fondo de profunda hondonada, don Juan de la Cruz examinó ambas víctimas aporreadas, constatando varias fracturas costales  y claviculares en aquellos  imprudentes menores de edad; además de incontables laceraciones y contusiones cutáneo-musculares provocadas por látigos vivientes. De las mejores formas posibles fueron acomodados en hamacas. Con tres cargadores en cada punta de palanca buscaron hacia el sur otros senderos de ascenso menos abruptos, habiendo caminado 03kms río abajo, hasta encontrarlo en la llamada “Poza del Mango”, contiguo a calle real hacia Zacatecoluca; ambas, poza y calle, ya no existentes por modernismo asfáltico. Al momento de llegar las hamacas a casona patronal, ya estaban preparadas  esperando, dos “lujosas” carretas pegadas a sendas yuntas de bueyes; carretas con tapicería de cuero crudo de res en forma medio circular sirviéndoles de techos o bacas4;  colchón de bagacillo seco de caña azucarera aprisionado en largas bolsas de manta-dril, cual piso o lecho; fuerte bagazo prensado de la misma planta, a manera de costillares laterales. 12kms toscos hasta ciudad San Vicente fueron recorridos a pasos de “buey-tortuga” durante 03hrs. A 06:00pm aquellos “vergueados” por chinchintoras estaban siendo examinados por el doctor José Rivera, cercano tío materno de niño Monchito y director del hospital Santa Gertrudis de esa ciudad. 12 días después, los dos azotados, siempre transportados en carretas de semovientes, estaban de regreso al encantador Pueblito. Ambos parecían momias egipcias, pues traían torniquete en forma de ocho acostado o signo de infinito, entre ambos hombros, axilas y nuca; con tupido vendaje blanco alrededor de costillares; además de estar pálidos cuales papeles de empaque o candelas de sebo amarillento. Cuando el joven don Juan de la Cruz Chávez Rodríguez,  curandero, cambiaba vendajes, encontraba la piel tornasolada: entre negruzco, moraducho y amarillento, simulando a sinfonolas o cinqueras de años 50’s del siglo XX o, en forma tosca, al precioso pelaje del tigre real de Bengala, o al de nuestro desaparecido Jaguar.
                                               *****
En sus años adultos y seniles, el ya para entonces don Moncho abuelo, mi ilustrado padre, con vívido relato narraba lo recordado por él de aquel fenomenal ataque, decía: “Cabezas de tres primeras animalas terminaron de remover el tapón. Al levantar sordo Rafay el huisute para terminar la operación, las tres enormes diablas, en perfecta sincronía, medio enterraban sus cabezas en seca hojarasca y, al unísono, levantaban sus colas para dejarlas caer, primero: sobre pecho del pobre Rafay. Al tratar éste de huir, atacaban espaldas del indefenso sordo. En  lapso de 15 fugaces segundos, —antes de caer sobre riachuelo, donde continuó el ataque—, desconcertado muchacho recibió, al menos, 10 tríos de acialazos bien pegados…Después no miré ni oí más, pues empecé a ser atacado por cuatro ofidios más pequeños, hasta ser arrinconado sobre el montículo hormiguero. Grité,  grité. Luego perdí el sentido por golpes contundentes y por la ponzoña inyectada en mi cuerpo por malditas hormigas coloradas. Por tanto, mis queridos hijos, nietos, sobrinos, ahijados y amigos, —concluía aquel primer defensor de los derechos humanos de los más desheredados en el injusto Pueblito, cuando ni en sueños esos magnos derechos eran respetados—: nunca se atrevan a taparle el hoyo a una de esas fieras también llamadas ‘Zumbadoras’, porque, cuando están atacando, silban o zumban los latigazos”.

            1—CHINCHINTORA =  sierpe o culebra no venenosa; 2—MACONDIANO = Relativo a pueblito Macondo en libro “Cien Años de Soledad”;  3—CAJA DE PANDORA = Mitología griega: caja donde los dioses griegos guardaban todos los vicios y otras bajezas humanas; pero, al abrirla la diosa Pandora, esos crímenes se regaron por todo el mundo; 4—BACA = Techo o capota en parte superior de carruajes tirados por caballos o bueyes.                                                            
                                             FIN
                                             

                                      23 de septiembre en 2005.-

jueves, 1 de marzo de 2012

FUNERAL UTÓPICO


F  U  N  E  R  A  L     U  T  Ó  P  I  C  O1
Del libro “Historias Escondidas de Tecoluca”
    Escrito por Ramón F Chávez Cañas


        El Chelito Orlando Chávez Cañas estaría iniciando su sexta década en este planeta cuando murió, de muerte natural senil, la última tía paterna, quien concluyó 120 años del cacicazgo en tan paradisíaco Pueblito, de la casi sesquicentenaria2 dinastía  Chávez-Henríquez.
        Este lindo Pueblito está cimentado frente a las dos enormes tetas del majestuoso volcán Chinchontepec, —ambas tetas visibles a perfección desde lado sudoriental—. O, cimentado 02kms al sur de las “Ruinas de Tehuacán”, capital del Imperio Nonualco precolombino. Desde esas Ruinas se contempla el maravilloso litoral para-central y parte del oriental del diminuto país, con profundo Océano Pacífico sirviéndole de fondo.
Chelito Orlando, a sus 52 años bien vividos y bebidos, con su estampa de dos metros aproximados (1.94m.), más doscientas veinte libras libres y de atlética estructura muscular (100kgrs.) se parecía al mitológico Sansón bíblico o al Hércules helénico. Además, se distinguía por profesar profunda veneración a todos los mayores; sobre todo a sus consanguíneos maternos y paternos. Fiestas o lutos familiares, este enorme varón los gozaba o sufría ingiriendo cataratas de cerveza negra danesa Carlsberg, importada por él para su consumo cotidiano privado, sin llegar al mareo ni a perder la correcta compostura. La difunta tía del Chelito Orlando, quien entregó su alma al Creador a 95 años de edad, había sido elegante dama de estatura mediana y de complexión maciza sin sobrepeso; pero, por culpa de su excepcional longevidad, con  agravante de ser fémina, osteoporosis la había reducido a una talla-peso similares a los de una niña bajita, delgada de entre 10 a 12 años de vida. Su muerte fue algo súbita, pues 24hrs antes había estado en amena charla con otro de sus queridos sobrinos: Don José Ovidio Chávez,  hermano mayor del Chelito Orlando, hermano mayor propietario de la edénica hacienda El Jiote donde, en enero de 1933, por primera vez se escucharon aullidos de la desventurada Coyota Teodora. La tía falleció durante primeras horas de una madrugada, en último julio del siglo XX, ─06 meses antes del catastrófico terremoto del 13 de enero en 2001. De inmediato se dio tan infausta noticia a todos los numerosos familiares residentes, a causa de Guerra Civil nuestra recién pasada, en lo ancho y largo del pequeño país y en el extranjero. Al amanecer de ese lúgubre día, calles y avenidas aledañas a mansión fúnebre, estaban colmadas de automotores.  A 06:00pm del mismo, centenares de automóviles no encontraban adecuado sitio urbano para ser aparcados; habiéndose habilitado, para tal efecto, algunos terrenos agrícolas contiguos al Pueblito, propiedad de la dama yaciente, con la consecuente vigilancia efectiva ordenada a colonos. Vigilancia sufragada con dineros de las arcas dejados por la misma. Tiernos arrozales y milpas ya en jilotes, fueron arrasados para solucionar dicha emergencia automotriz. Fue necesario contratar a dos docenas de “valetparkins” para acomodar a tanto automotor,  evitándoles molestias a  dueños de los mismos.
Goliat familiar fue el primero de los sobrinos distantes en hacerse presentes. Llegó desde la próxima y colonial ciudad de Austria y Lorenzana (cabecera departamental) a eso de 04:00hrs. Junto con el hijo mayor de la finada, auxiliados por respectivas nietas de la misma, vistieron el fresco cadáver para esperar el correspondiente ataúd pedido de inmediato a ciudad cabecera ya mencionada. A 06:00am, tan venerada tía estaba siendo depositada al interior del recién llegado finísimo féretro. Dinásticos lejanos en distancia, pero cercanos en genética y cariño; asimismo, incontables amistades de éstos y de aquélla, desfilaron durante 48hrs frente a los casi centenarios despojos. Chelito Orlando, con similares horas de desvelo, parecía viejo pero fresco lirio, saludando con abrazos a quinimil3 parientes y a  centenares de amigos llegados para tales exequias. Por momentos, este sobrino derramaba abundantes lágrimas y copiosos mocos salídosles de ambas fosas nasales, los cuales él limpiaba con sus perfumados blanquísimos pañuelos de algodón peinado. Apesadumbrados sentimientos, medio los mitigaba con más Carlsberg, sin llegar a la ebriedad; y con rubios tabacos importados (habanos Cohíba o Partagás) hasta parecerse a una antigua prieta locomotora IRCA, movida por leña o por petróleo,  ya desaparecida.
¿Por qué Chelito Orlando, siendo sólo sobrino paterno carnal de la querida tía parecía uno de los principales anfitriones dolientes cuando, tal Chelito gozaba de sólida solvencia social, empresarial y económica?... Tal respuesta es fácil: cuando Chelito nació, esa tía le escogió los nombres. Así se llamó: Héctor Orlando. Junto con su esposo (muerto 45 años antes) lo llevaron a pila bautismal católica. Y, por otras cien mil buenas razones presentes a torrentes en memoria del gigante. Es más: apodo de Chelito le fue puesto por ella con benevolente complacencia de su distante finado esposo. Mentado Chelito tenía, además de a su legítima madre biológica viva, —otra singular positiva matriarca: Señora Doña Carmela Cañas de Chávez, aún saludable—, a su paterna tía-madrina a quien siempre le llamó “mamá”, seguido del primer nombre de ésta. Hijo mayor de la fenecida también le expresaba y le expresa particular aprecio  respetuoso. El querido padrino de don Orlando falleció a causa de accidente ecuestre cuando el ahijado frisaba entre 06 u 08 años de edad.
*       *      *
A 02:00pm de aquel tercer grisáceo día, las cuatro campanas católicas parroquiales empezaron a sonar con tristes primeros repiques o dobles para recordar irrefrenable carrera cotidiana del Sol; asimismo,  aproximación de la hora para concelebración, por tres ministros, incluyendo al obispo vicentino, de solemne misa fúnebre cantada y acompañada por calificada orquesta de cuerdas llegada expresa desde la ciudad capital del pequeño país; orquesta cuyos barítonos, tenores y sublimes sopranos, pondrían nostálgica emoción en toda aquella doliente concurrencia. Al sonar el tercer  repique o doble, o último, (02:30pm) los edecanes funerarios contratados, vistiendo rigorosos ropajes negros en trajes enteros tipo smoking, disponíanse a trasladar tan fina caja en forma de zeppelín, elaborada en maderas preciosas (caoba), con la inerte decana familiar en su afelpado interior, hasta compartimiento de la no menos lujosa limosina funeraria. Al momento de apresurarse aquellos elegantes oficiales servidores de pompas fúnebres,  a cerrar el ataúd con caóbica4 tapadera, de entre la multitud de acongojados presentes emergió aquella hercúlea figura de las tantas veces mencionado sobrino quien, entre sollozantes palabras educadas, retiró a los bien vestidos hombres, diciéndoles:
         Un momento, caballeros: mi tía-madrina no debe ser llevada, ni a la iglesia, ni al cementerio, en esa carroza mortuoria... En artefactos como ése, sólo viajan difuntos pobres, cuya única riqueza de su vida fue el dinero... Mi tía era más rica en bondad, en comprensión y en amor para con todos sus semejantes; por tanto: ella merece ser llevada sobre  brazos de este su humilde sobrino a quien ella tanto quiso—. (En realidad, no decía “mi tía-madrina”, sino: “mamá”... seguido del primer nombre de la inolvidable anciana).
        Dicho lo anterior, aquellos seis catrines enterradores, sin articular palabras e impotentes, perplejos miráronse unos a otros, cediéndole el espacio al gigante. Inmensa sala de casona luctuosa atestada de familiares y amigos, mantenía silencio sepulcral, expectante, prolongado. Hijo mayor de la fenecida estaba anonadado; pero complacido por inesperado extraño gesto de su primo-hermano menor. Éste, sin titubear, absorto retiró con delicadeza al Cristo Negro de la cabecera; a las coronas, candelabros y floreros más próximos; a las ocho ancianas quienes rezaban el último rosario, (no por la juzgada, sino por sus propios temores a la huesuda); luego desarticuló tan pesadísima tapadera; tomó con sus manotas aquella inanimada nonagenaria anatomía; la sacó del ataúd acomodándola horizontal entre sus musculosos brazos, caricaturizando a inmortal escultura vaticana “La Piedad”, esculpida por Miguel Ángel Buonarroti hace 400 ó más años. Con velo fino de seda natural la cubrió de cabeza a pies; abriose paso entre tan expectante multitud, saliendo al portal exterior de la céntrica colonial casona pueblerina de la difunta; ordenó al uniformado chofer de la negra limosina, recibir el vacío ataúd o zeppelín, colocarlo dentro del compartimiento respectivo y ponerse en segundo lugar del cortejo, porque él, el Chelito, chineando los livianos restos (100 ó 110 libras) iría en primer plano, o sea: encabezando luctuosa procesión para caminar, a pie, aquellas 15 ó 20 cuadras periféricas del singular Pueblito. Así llegar hasta iglesia parroquial. Ya en la calle, algunos otros cercanos parientes, incluyendo al hijo menor de la finada, no pudieron persuadir de lo contrario al gigantesco llorón, habiéndose ellos resignado a colocarse en primera fila del séquito, después del solitario ataúd llevado por la limosina. En seguida de carroza fúnebre vacía y de sollozantes dolientes más cercanos (plañideras no encontraron espacios para lucir sus artes), iban dos soberbias bandas musicales regimentales completas, llegadas éstas de las dos ciudades cabeceras departamentales más inmediatas al incomparable Pueblito. Estas bandas musicales se turnaban ejecutando diversas marchas fúnebres a cuales más sentidas, quizá para demostrar, a tan apesarada audiencia, la secular rivalidad mantenida entre ellas. Tales marchas no envidiaban nada a las tocadas durante viernes santos en: Antigua de Guatemala, Sevilla de España y en ciudad Sonsonate, El Salvador. Después, iba resto pedestre de otros consanguíneos, familiares afines, servidumbre neo-esclavizada pero tratada con justeza cristiana, más numerosas amistades. Por último, aquella doble fila de 200 ó más automóviles de modelos recientes llevando, sobre de parrillas, caperuzas y techos, infinidad de coronas, más arreglos florales respectivos.  Indigentes y bolitos5 pueblerinos quisieron aproximarse durante el recorrido para tocar, por vez postrera, restos de aquella querida y respetada matriarca llevada sobre fuertes largos brazos de su inconsolable sobrino; pero, 30 policías nacionales civiles antimotines, con gran esfuerzo, paciencia y cortesía, los retiraban. Mientras tanto, el Hércules llevaba empapado en sudor su impecable traje entero oscuro de legítimo casimir pakistaní de Cachemira, aunque la rosada blancura de su tez lucía fresca, pero consternada. Su altiva testa iba cubierta por sombrero fino de color negro, alas extendidas, fieltro italiano Barbissio; sus melancólicos ojos eran disimulados por lentes verde-gris de manufactura holandesa marca Baruch de Spinoza; su camisa blanca con corbata negra, ambas de exclusiva seda francesa Lacoste, destilaban sudor; calcetines de algodón egipcio fabricados en El Cairo, anegaban el delicado cuero de cabritilla charolado de sus zapatillas elaboradas a mano por eficientes operarios de don Paquito Cornejo; los tres mega diamantes anulares engarzados en oro de 21 quilates, heredados por él de próceres Cañas (1767-1840), junto con otros doce diamantes del genuino reloj pulsera Rólex montado en oro macizo del mismo quilataje, incluyendo brazalete, cegaban a: policías  antimotines, indigentes, cirineos y verónicas. Doña Lolita, esposa del Sansón, exhibiendo cara pedrería colonial heredada de sus antepasados: Merino, Quintanilla, Caminos, etc., y las tres hijas de ambos, le pedían al Santísimo no permitir, al esposo y padre respectivo, un traspiés sobre aquellas adoquinadas callecitas, evitándole así rodar por los suelos con la casi sagrada reliquia. En apesadumbrado trayecto, algunos simón cirineos le aligeraban la vía crucis mientras el Chelito descansaba por breves segundos para rehidratarse con más Carlsberg las cuales, enlatadas y en hielera portátil, eran suministradas por el Sancho Panza de don Orlando: Carlos Mendoza o, Mendoça, a secas. Mendoça marchaba paralelo a pocos metros de su Don Quijote, confundido con la plebe desheredada. Varias verónicas, al paso, secaban al Hércules el copioso sudor de su guapo y rosado rostro.
        Después de darle 02 ó 03 solemnes vueltas a periferia del utópico Pueblito, tan magno acontecimiento estaba por llegar frente al altar mayor de iglesia parroquial. Ahí ya se encontraba el soberbio zeppelín vacío esperando a su llorada dueña; los tres ministros católicos (luciendo sus mejores galas litúrgicas), desesperando por los restos terrenales de aquella magnífica difunta; orquesta de cuerdas, integrada por 44  filarmónicos, revisando partituras y colocándolas en atriles respectivos. La iglesia se estaba llenando y agotándose los reclinatorios. o5mins más tarde, por puerta principal de la fachada, don Héctor Orlando, con su preciosa carga, hizo regio ingreso: con paso firme marcial —casi un paso de ganso al estilo hitleriano en cámara lenta—, éste recorrió los 60 metros largos desde puerta principal hasta el altar mayor, donde depositó, dentro del mueble luctuoso, aquel querido despojo. Esto sucedía a 04:00pm o sea, 90mins después de iniciado lúgubre recorrido fabuloso. Misa cantada por tres ministros duró otra hora y media; habiéndose escuchado, por primera vez en tan fantástico Pueblito, el “Libérame Dómine” y  “Stabat Máter” compuestos hace cerca de 150 años por Giuseppe Verdi en honor al fenecido poeta Alessandro Mansoni; también se escuchó música sacra nacional parida por los nunca bien llorados maestros sanvicentinos: don Domingo Santos, don Esteban Servellón y don José Napoleón Rodríguez; además, réquiems originales de  fenecidos filarmónicos originarios del lírico Pueblito: don Rafael Villegas Chávez, don Emilio Martínez Molina y don Santiaguito Morales Quintanilla, (en iglesia y en cementerio hasta bien entrada aquella noche). A 05:30 de esa misma tarde, con cielo canicular azul, más calorcito de 38ºC a la sombra, Chelito retomó el cuerpo rígido. En similar forma, la “benjamina” de don Francisco y de doña Segunda (fundadores del clan Chávez-Henríquez allá por 1888), fue llevada a su morada final —a su sarcófago del mausoleo familiar—, en Cementerio Municipal del añorado Pueblito. Ahí, con cariño conmovedor y más llanto, (ya en penumbras vespertinas), tan elegante sobrino volvió a depositar, dentro del féretro, los residuos mortales de su incomparable tía-madrina o “mamá Carmela”, cuyo nombre legal completo fue: Doña Juana Francisca del Carmen Chávez Henríquez viuda de Orantes Vela; mientras, dulces sopranos, tenores y barítonos, en sublime coro entonaban melodías fúnebres, siempre acompañados por la antes mencionada orquesta.
Durante siguientes nueve días después del entierro, por las tardes, nuestro héroe cervecero-fumador, viajaba 12kms desde cabecera departamental hasta el ahora enlutado Pueblito, para acompañar, en l rezos respectivos, al huérfano hijo mayor, —primo hermano-compadre de quien esto relata— a nietos y bisnietos de aquélla... Por las mañanas, todos ellos marchaban hasta el camposanto para depositar, sobre la tumba en el mausoleo, frescas flores, más caras coronas recibidas el día anterior. En el cabo de nueve y de cuarenta días, el devoto sobrino hizo vela hasta el amanecer, acompañando a su primo-hermano mayor. Al presente, jamás ha faltado a una misa anual conmemorativa.
Y, colorín colorado, esta historia  ha terminado.
1—UTÓPICO = De utopía o ensoñación; 2-- SESQUICENTENARIO = 150años; 3—QUINIMIL =    Incontables; 4—CAÓBICA = De caoba, madera preciosa; 5—BOLITOS = Ebrios consuetudinarios pero inofensivos
                                                    F I N
                                           25 de enero en 2005.-