Anastasio Jaguar

Anastasio Jaguar

Breve Biografía de ANASTASIO MÁRTIR AQUINO (1792-1833):

Único Prócer salvadoreño verdadero en siglo XIX. Nativo de Santiago Nonualco, La Paz. De raza nonualca pura. Se levantó en armas contra Estado salvadoreño mal gobernado por criollos y algunos serviles ladinos, descendientes, éstos, de aquéllos con mujeres mestizas de criollo o chapetón y amerindia; pues esclavitud inclemente contra: indígenas, negros, zambos y mulatos, era insoportable para el Prócer Aquino. Fue asesinado por el Estado salvadoreño en julio de 1833, —después calumniado hasta lo indecible, tratando de minusvalorar sus hazañas; así como hoy calumnian a Don Hugo Rafael Chávez Frías y, ayer, al aún vivo: Doctor Don Fidel Castro Ruz.

En honor a tan egregio ANASTASIO AQUINO, este blog se llama:

“A N A S T A S I O A Q U Í S Í”

viernes, 11 de mayo de 2012

ANASTASIO AQUISÍ, AVISA


               ANASTASIO AQUISÍ, AVISA:

Desde 19 de mayo hasta 16 de julio del corriente ─ambas fechas inclusive─, por razones ineludibles e impostergables, pero no de mala salud ni defunciones familiares,  estará fuera de El Salvador; pues irá hasta Vitoria, Euskadi, España, a entregar la mano de su cuarta y última hija; luego, a visitar a sus otras dos hijas casadas y residentes en Eisslingen, Alemania y Roskilde, Dinamarca.

Procuraremos enviar, desde alguno de esos dos reinados y país, algunos breves artículos sobre nuestra cotidianidad salvadoreña o mundial enviados por nuestros colaboradores, también opiniones al respecto; asimismo, algunos poemas filosóficos… ¡Hasta pronto!
       
        San Salvador, 11 de mayo en 2012.-

domingo, 6 de mayo de 2012

MIS PERSONAJES,,, 2ª ENTREGA


      
    MIS PERSONAJES INOLVIDABLES
 Del libro “Historias Escondidas de Tecoluca”
                Por Ramón F Chávez Cañas
                         (Segunda Entrega)
                    
         TECOLUCA, en 1951, aún estaba aislada, por vía terrestre, de ciudades San Vicente y Zacatecoluca (Virola). Aquella carretera, desde antiguos tiempos coloniales permanecía encharcada imposibilitando tránsito automotor. Sólo carretas a semovientes, bestias caballares y mulares podían, con gran dificultad, hacer viajes a una u otra de ambas cabeceras departamentales, pues pegadizos lodazales, en especial aquellos localizados en empinadas cuestas en caracol del Río Frío, hacían que carretas fuesen remolcadas hasta por tres yuntas de bueyes, halando en sincronía. Escasos “jeep” se miraban a palitos en esos obstáculos. Con frecuencia se recurría al remolque por semovientes; asimismo, los entonces flamantes taxis del punto sanvicentino: ─inmensos automóviles éstos de marcas norteamericanas famosas de las cuales, algunos todavía funcionan─. Durante estación seca o verano tropical, esos profundos lodazales se convertían en también profundas polvaredas o médanos, tan malignos para el tránsito, cual los primeros.
        
        En ese mismo año, don Juan de la Cruz Chávez Rodríguez, ─“ortopeda-cirujano hecho a cuma” y “tinterillo de buena fe” en el Pueblito─, enfermó de ántrax cutáneo  por haber cargado sobre de sus añejos hombros el cuero de una res de su propiedad. Agonizó durante una semana. Don Lino Parras y don Felipe de Jesús Ayala, médicos internistas primitivos del conglomerado, —colegas del infectado—, echaron ases, dándose por vencidos. Doña Carmen Chávez de Orantes, hermana del moribundo, se dirigió a oficinas telefónicas pretéritas para exponer el caso al afamado médico vicentino: Doctor Marco Antonio Miranda. Tres horas más tarde, a eso de 01:00pm, apareció el mencionado galeno. Llegó transportado por enorme taxi chevrolet manejado por don Tiberio… Vestido todo de blanco, dicho doctor bajó del automotor. La figura del DOCTOR MARCO ANTONIO MIRANDA era impresionante: delgado, pero macizo; de 1.90mts de estatura; de tez blanca rosada con anteojos claros resaltando su elegancia; de sonrisa afable dirigida a todos los circunstantes y, de gran seguridad en sus conocimientos profesionales.
        
         Inmenso clan Chávez-Henríquez y anexos, amigos y vecinos del anciano con ántrax, hicieron valla al Doctor Miranda cuando éste se dirigía desde el taxi hasta aposento de aquél. Aposento provisional estaba instalado en una de amplias habitaciones interiores de enorme casa pueblerina céntrica de doña Carmen Chávez de Orantes. 25mins después, doctor Marco Antonio Miranda abordaba el taxi para su retorno a ciudad San Vicente.
         
        Dejó la receta. El también sanvicentino: don Manuel de Jesús Argueta Henríquez, —Meme Argueta o “Zapatilla”—, enfermero hechizo, sobrino por afinidad del anciano infectado por ántrax bovino, se encargó del cumplimiento de la misma, habiéndole inyectado, en tan seniles venas, a su tío político, millonadas de unidades internacionales de penicilina sódica cristalina, en lapso de ocho días.
        
         Aquel acertado médico-cirujano cobró el equivalente actual a ¢700ºº (US $80ºº = ¢200ºº de esos tiempos). El taxista, la mitad de esa cifra.
        
         Don Juan de la Cruz Chávez Rodríguez se curó y recuperó sus nonagenarias fuerzas. Durante todos los días de años restantes a su larga vida, este ancianito recordaba, con gratitud infinita, al DOCTOR MARCO ANTONIO MIRANDA.
                                 *****
                                                  IV
        Allá por 1956, doña Elba Cañas  Henríquez se convirtió, in artículo mortis, en viuda del bachiller Luís Roberto Artiga (El Indio Artiga). Doña Elba, tía paterna mía, era una  de pocas modistas al servicio de la “flor y nata”  femenina sanvicentina. Su taller de alta costura, con decena de operarias, marcaba el ritmo de la moda en ciudad de Austria y Lorenzana. Entre su selecta clientela estaba la esposa de DON SALVADOR MIRANDA, cuya residencia se ubicaba al poniente, casi frente del desaparecido Parque Infantil, —esquina norponiente de la manzana ocupada por un cuartel regimental—. Don Salvador Miranda era viejo bonachón, algo obeso, con estatura inferior a la mediana sin llegar al enanismo. Vivía de la agricultura trabajada en su hacienda “Ismendia” jurisdicción de Tecoluca, siempre en mismo departamento de San Vicente. Su esposa era hija de acaudalado terrateniente tecoluquense. Ambos, tal vez, estaban en dinteles de la ahora llamada tercera edad.
         
        Cierta tarde de un mes cualquiera, casi noche, a mediados de esa quinta década del siglo recién pasado, esposos Miranda-Molina llegaron al afamado taller ya citado. Don Salvador Miranda tomó asiento sobre de una silla haragana de madera con forma de abanico; empezó a hojear para leer diversos artículos ofrecidos por revistas internacionales: Bohemia, Carteles, Life en Español, y otras; mientras, su esposa repasaba, repasaba numerosos nuevos figurines femeninos al respecto, enterándose así de últimos gritos de la moda francesa, italiana, española y más; pues el traje a ser probado en su cuerpo no tan joven, aún estaba siendo hilvanado por la experimentada operaria de nombre Margó, —joven, esbelta y simpática mujer esposa de “Gato Seco”, quien, dicho sea de paso, era secretario privado perpetuo del abogado Julio Alfredo Samayoa hijo—. Terminado el hilván, doña Elba llevó a su distinguida clienta hasta sala de pruebas: cuatro paredes tapizadas con espejos de piso a techo. Señora Molina de Miranda ordenaba: “Pon un alfiler aquí; pon otro alfiler allá; haz un recorte en esta parte; súbele un poquito más al peto”, etc., etc.
        
         Esta sencilla operación casi llevaba 45mins. Ya era noche. Mientras, señor Miranda, se había repasado todas aquellas revistas, hasta haber llenado algunos crucigramas de las mismas. De súbito, con alguna pequeña delicada violencia, lanzó todas las  revistas contra metálico mueble revistero adyacente. Púsose en pie. Con voz de furioso desconsuelo, dijo: “¡¡No son  las modas, mujer…: son…  los cuerpos!!”.  Abrió la persiana hacia la calle. Más desanimado, fue a sentarse en la acera de enfrente, bajo tenue luz de  bombillo eléctrico amarillento, similar a yemas de huevos indios. La charra metálica acanalada en forma de sombrilla y  pantalla sobre del bombillo, siempre vivirá en mi recuerdo.
                                                                            11 de octubre en 2001                                          *****
                                    V
        Entre años 1956-57 fue, en Instituto Nacional Doctor Sarbelio Navarrete de ciudad San Vicente, nuestro profesor del idioma francés. Era hombre delgado, blanco, alto, tal vez pálido sin estar anémico ni palúdico; de palabras suaves y de singular compresión para con los más jóvenes de ese bienio; pues él era varón académico también joven, quizás frisando en treinta abriles. Su figura, en general, dábale cierto aire al poeta José Martí, prócer cubano. Era auténtico profesional en medicina humana. Doctorado en Francia o en España. Originario del cantón San Antonio de Caminos, jurisdicción al sur del municipio sanvicentino. Hermano de doña Marina Rodríguez de Quezada, —auténtica primera Ministra de Educación  salvadoreña desde aquellos tiempos (1960) en Junta de Gobierno Revolucionario del Honorable Sabio, Filósofo, Profesor, Doctor Don Fabio Castillo Figueroa.
        
         Cuando quien esto relata llegó a la clínica privada de ese privilegiado médico sanvicentino, para obtener algunos de los requisitos exigidos por Facultad de Medicina de Universidad de El Salvador, después de rigurosos exámenes de admisión; este valor salvadoreño lo atendió con esmerada atención: le extendió la requerida constancia de buena conducta, y respectiva certificación médica de buena salud física y mental, sin costo monetario alguno. Al final de tal audiencia, aquel galeno profesor  de francés le dijo con palabras casi textuales:
        Chávez Cañas: esa carrera universitaria a la  cual usted ha optado, es  profesión de humanismo con sabiduría… Nadie, ni aun los calificados con altas notas a través de su formación legal puede, si no posee esas cualidades filosóficas básicas antiquísimas, ser eficiente sanador o mitigador de tantas desgracias humanas en área de salud. Nunca, Chávez Cañas, vaya a creerse superior intelectual a los demás, sólo porque usted ha tenido la dicha, no suerte, del acceso a esa sagrada casa de estudios científicos y filosóficos; pues la medicina es una de tantas ramas en la Filosofía. Recuerde siempre, —prosiguió el humilde, pero sabio médico profesor de francés—: todo don viene de Dios, sin importar  diversas concepciones tenidas sobre de Él. Nosotros deberemos ser ejecutores positivos de esos dones divinos pertenecientes a toda la Humanidad.
         
        Tal ex alumno del idioma galo se retiró compungido rumiando aquellas frases tan sagradas oídas de labios de tan singular maestro… Ahora, cuarenta y tantos años después, duda haber dado cabal cumplimiento a esas profundas reflexiones.
        
         Este pontífice hipocrático sanvicentino falleció atropellado por automotor desenfrenado, cuando él era peatón en una calle urbana de Estados Unidos de Norteamérica. Su nombre fue: DOCTOR DOMINGO AUGUSTO   RODRÍGUEZ.      
                            *****
                                           
                                                     VI
        BACHILLER LUÍS ROBERTO ARTIGA (INDIO ARTIGA), era esposo de doña Elba Cañas Henríquez. Ésta, tía de quien esto cuenta. Artiga había sido  avanzado estudiante de leyes en la entonces única Universidad de El Salvador. Fue, —tal cual se decía entonces—: pasante en Derecho o doctor “in fieri”. Hombre cuarentón, sobrepasado en peso hasta obesidad. De carácter jovial, por cuya razón le abundaban buenas amistades; admiración de todo el conglomerado sanvicentino, urbano y rural, y más allá. Alto dirigente del club futbolístico “Independiente” cuando éste militaba en máxima categoría del fútbol nacional; fue, además, un báquico devoto (aficionado exagerado al licor); orador político, opositor de trepidantes rayos contra de malos o ladrones gobernantes nacionales y locales, desde, con desprecio, recordado  partido Pro Patria del sátrapa tirano Maximiliano Hernández Martínez, hasta el otro similar: el hondureño José María Lemus, último testaferro del “partido de unificación democrática”—prud—.
        
         Entre numerosos devotos báquicos amigos del bachiller Indio Artiga encontrábamos a los siguientes señores: don Alirio “Palabicho”, don “Gato Seco”, don “Mincho” Jovel, don Leonardo Morazán (doctor “in fieri” en medicina), don Meme Argueta o “Zapatilla” y don Nicolás “Pato” Bayona, entre muchas decenas más. Época cuando este último mencionado señor, descollara como real luminaria futbolística del antes citado club.
         
         Cierto mediodía del año escolar en 1954, este atrevido relator ¿historiador? regresaba del Instituto Nacional Doctor Sarbelio Navarrete, pues en casa  Artiga-Cañas se hospedaba durante período lectivo. Con su impecable uniforme colegial de color caqui mangas largas, tela dril; con su gorra tipo II guerra mundial de la misma tela adornada con cintita oscura; con su corbata negra marca “Wembley”; con ancho cinturón cuero-baqueta azabache de hebilla metálica dorada, logogrifo referente al colegio, —hebilla que, en estos actuales difíciles tiempos violentos, sería arma mortal en manos de  estudiantes “mareros”—; con zapatos lustrados y tres estrellas azules bordadas a perfección en bolsa izquierda de la camisa, simbolizando tercer curso de Plan Básico, —ahora noveno grado—, ingresó esbelto al área del comedor-bar Artiga-Cañas.

   Alrededor de esa mesa estaba sentada la mayoría báquica mencionada celebrando un triunfo reciente del equipo futbolístico local y, o, el gane, por  Indio Artiga, de algún pleito legal. Ante súbita presencia del adolescente uniformado, “Palabicho” tomó un vaso limpio y vacío; sirvió trago “tacón alto” de güisqui escocés Caballo Blanco; le agregó 4 cubitos de hielo. Dirigiéndose al imberbe estudiante, preguntó: “¿Cómo lo querés, Monchito, con agua o con soda?”. De inmediato, El Indio Artiga llevó a sus manos el trago de licor servido… Se puso en pie. Con gesto adusto dijo: “No, Palabicho, no… Monchito no ha nacido para estas vergonzosas cosas. Él tiene destino brillante por delante… Para no confundir mis palabras con tacañería… miren esto”. El bachiller Luís Roberto Artiga, acto seguido, arrojó el licor servido, con todo y vaso, contra engramado del patiecito central… Palabicho dobló el cuello para esconder su rostro. Larguirucho jovenzuelo continuó su camino hacia amplio traspatio en donde estaba su habitación.
         
          ¡¡Lástima grande!!... Dos años más tarde, en mayo de 1956, el venerable Luís Roberto Artiga, mal aconsejado por Baco, dios romano del vino, y atacado por el entonces microbio desconocido llamado ahora “Helicobécter pillory”, se fue en sangre a causa de hemorragia gastro-esofágica o gastro-duodenal masiva, aun con asistencia hospitalaria privada.   
                                                                             31 de octubre en 2001

C O N T I N U A R Á.-